A beber (de nuevo) la Santa sangre

03.03.2015 10:06

Santa sangre (México/Italia, 1989, 120 min.). Dirección y guión: Alejandro Jodorowsky. Música: Simón Boswell. Fotografía: Daniele Nannuzzi. Con: Axel Jodorowsky, Blanca Guerra, Guy Stockwell, Thelma Tixou, Sabrina Dennison, Fabiola Elenka Tapia,  Adan Jodorowsky, Teo Jodorowsky.

 

Por Fausto J. Alfonso

 

El reciente paso por las pantallas chilenas de la excelente La danza de la realidad (2013) -última película de Alejandro Jodorowsky hasta aquí- además de resultar un placer en sí mismo, incita a la revisión de la obra de este eterno polemista y sorprendente realizador, dueño de una fantasía desbordada que destila tanta sabiduría como provocación. Quizás Santa sangre, film que realizara en México en 1989, sea una buena excusa como para comenzar a hacerlo.

En el marco de una narrativa más convencional o menos fragmentada (si se quiere) respecto de obras precedentes como El topo o La montaña sagrada, el cineasta prolonga en Santa sangre sus reflexiones psicoanalíticas, esta vez indagando en la dependencia psico-física entre una madre (Concha) y su hijo (Fénix). No es extraño que la historia se incube, y en parte desarrolle, bajo una carpa de circo. Es conocida su admiración por los artistas no identificados ni legitimados con y por la cultura burguesa. Esos que se mueven en un mundo colorido y mágico que, como pocos, puede virar de la alegría a la tragedia, del candor al patetismo, con apenas un fallido pase de magia o un salto mortal mal calculado.

La historia comienza en un presente que se retoma tras un gran flashback. Del Fénix adulto, internado en un neuropsiquiátrico, viajamos hacia el Fénix niño, pequeño mago en el Circo del Gringo, para retomar luego al primero. Bajo la carpa, su madre oficia de trapecista y su padre Orgo (también propietario) de lanzador de cuchillos. Fénix tiene como partenaire a una niña sordomuda que se llama Alma. Cuya madrastra –la Mujer Tatuada- es quien pone el cuerpo para que Orgo se luzca con sus cuchillos. Orgo engañará a Concha con la Mujer Tatuada y, de allí en más (y un poco antes también), ¡agarrate Catalina!

Se sabe. Jodorowsky utiliza el cine para invitar a una catarsis comunitaria, para desmitificar tanto la muerte como los cánones de la belleza, para exhibir las podredumbres sin ningún maquillaje, para levantar la alfombra, barrer y no volver a ponerla. Para jugar las fichas a un optimismo pensado y buscado, luego de que uno se ha iluminado a base de golpes y desgracias.

Por Santa sangre, por su cine, desfilan deformes varios, desnudos asombrosos, dementes queribles y animales en situaciones sospechosas. Todos y todas con su correspondiente carga simbólica. Un corso a contramano del establishment. Es cierto que también pululan algunos buenos cuerpos, pero se sugiere no poner las manos en el fuego por ellos. La belleza, en sentido tradicional, está infectada. Así pasaba en la legendaria Freaks (Tod Browning, 1932), película a la que Jodorowsky evidentemente le rinde homenaje y en donde la perfidia y el engaño portaban la mejor silueta del casting.

Pródiga en momentos crueles como en instancias poéticas, Santa sangre se vale de pulsiones y fundamentalismos para explicar y graficar el desencadenamiento de la/s tragedia/s. La sexualidad como instrumento de poder, en el caso de Orgo, lo conduce a la pérdida de la virilidad. En realidad, a la pérdida de la genitalidad, que transforma su vida en un sinsentido. Concha, fanática religiosa, se vuelve mártir a su pesar, al perder sus brazos del mismo modo que la santita a la que ella rendía devoción en una iglesia no reconocida, que las autoridades echan abajo con una topadora. La Mujer Tatuada, que prostituye a quien debería proteger, termina en un baño de sangre. Y otros “adultos” como los citados hacen todo aquello que no debería esperarse de ellos.

Fénix, huérfano y envuelto en un torbellino entre surreal y esquizofrénico, intentará sobrevivir a una herencia que incluye la culpa por la muerte de su madre pero también la soberbia fálica que su padre tatuó en él y que se expresa en el lanzamiento de cuchillos. Como en La danza de la realidad, para convertirse en hombre, hay un ritual a seguir. Por lo tanto, una dependencia telekinética lo conecta con Concha y otra un poco más sanguínea, en múltiples sentidos, con Orgo. En ese marco, las mujeres –todas- se transforman en virtuales blancos vivientes y el portador de la misoginia en una bomba de tiempo.

La película está plagada de curiosidades (y de vueltas de tuerca que conviene no revelar). A los homenajes -directos y no- al cine fantástico (El hombre insivible, 1933, de James Wahle; The unknown, 1927, también de Browning, entre otras); se suman la referencia a La creación del mundo, de Marcel Marceau (no olvidar que el director fue su discípulo), una bizarra escena entre luchadores transexuales (en México el catch ha sido pasión de multitudes) y otra no menos sorprendente de chicos down consumiendo cocaína. Chicos que comparten el psiquiátrico con Fénix (¿?).

La Mujer Tatuada no es otra que la argentina Thelma Tixou, otrora sex symbol de fines de los ’60 y comienzos de los ’70, cuando las revistas de la calle Corrientes la tenían como primera vedette y antes de que un ex esposo boxeador la usara de puching ball cuando la expresión violencia de género todavía no era habitual.

Lo popular, bien ilustrado desde la música con No volveré, Bésame mucho o el famoso Mambo n.8 de Pérez Prado (entre muchos temas más), se funde con lo místico/lírico, como los pájaros que brotan de los cadáveres, recordándonos que siempre hay que apostar a la “transformación de la muerte en vida”. Y la psicología, a su vez, se funde con la magia (¿o no es acaso psicomágica la penúltima escena?). Este mix permite la redención y también la liberación del cuerpo y el alma, acercando al personaje central a una religiosidad auténtica, personal. Desde otra perspectiva, el cuerpo de Fénix se libera gracias a Alma, ya mujer, mediante un acto mágico que los involucra a los dos, como en las viejas épocas.

Como en su último film, ya en Santa sangre el cineasta propiciaba una salida de escape a esa puesta en escena cíclica de sufrimientos y consuelos (léase, la vida). Si no definitiva, al menos una salida de escape transitoria. Pero artística, lo que no es poco.

Desmenuzar ésta, como cualquier otra obra de Alejandro Jodorowsky, puede demandar muchas y largas jornadas. Queda a criterio del lector/espectador asumir el reto o dedicarle el mismo tiempo y esfuerzo a Cincuenta sombras de Grey.