60 / 90 / 2015

22.01.2015 19:37

Un repaso por 60 films de los años ’90 que convendría rever en este 2015. Los hay independientes e industriales. De latitudes habituales y de lugares exóticos. O del imperio y las colonias. Graciosos, irónicos, intelectuales y terribles. Obscenos y de buenos modales. De autor y comerciales. Sobrevaluados y subvaluados. De animación y de carne y hueso. Con efectos y sin ellos. Premiados y obviados. Sin orden de mérito, éstos son y aquí están.

 

 

Por Fausto J. Alfonso

 

1. S.O.S. Verano infernal. (Foto de apertura) EEUU, 1999. De Spike Lee. Con Mira Sorvino y John Leguizamo. Cruda historia de un tipo que se niega a sacrificar sus hábitos; y de otro tipo, muy loco, que modifica los hábitos de toda una población. Inspirada en un hecho real del ´77, ocurrido en New York. Referencias a la fiebre por la música disco en contrapunto con los postulados punks. Un auténtico Spike, donde no faltan el calor agobiante, la radio, los restoranes, las encrucijadas sexuales, extrañas alusiones a Dios, humor racista y buenas dosis de cámara en mano.

2. Intriga en la calle Arlington. EEUU, 1999. De Mark Pellington. Con Tim Robbins y Jeff Bridges. Suspenso del mejor en una de ¨malos vecinos¨ con actuaciones irreprochables. El interés pasa por dos meridianos: la necesidad de encontrar un culpable para devolvernos la seguridad, tras un episodio trágico; y las grietas de la inteligencia estatal que permiten suponer que el encontrado es la persona que corresponde. Y en torno de esto: la relativa valía del heroísmo, la culpa como calvario y obstáculo para reinsertarse socialmente y la perversa lectura insinuada desde un personaje: respetar la privacidad de un vecino aún éste esté por hacer detonar el mundo.

3. El rey de las máscaras. China, 1998. De Wu Tian Ming. Con Chu Yuk y Chao Yim Yin. Un anciano artista callejero no divisa a un heredero para su arte milenario, que se apoya en un truco solo revelable a un hijo varón. El sucesor termina siendo una niña (travestida) y ése es el disparador para que Ming reflexione –con auténtica emoción, belleza y creatividad- sobre dos puntos: la condición femenina y los códigos de los artistas. También, y entra muchas cosas más, sobre ciertas tradiciones que tienen tanto de hechizo natural como de superchería barata y prejuicios. Un mono -El General- es más que una curiosidad y se integra activamente en ciertos pasajes intimistas.

4. La nodriza. Italia, 2000. De Marco Bellocchio. Con Fabrizio Ventiboglio y Valeria Bruni- Tedeschi. Una historia en la que la soledad y la demencia no se vociferan. Simplemente, se expresan con sutiles miradas sin rumbo, rostros extrañados, sonrisas disparadas por la ignorancia, llantos a medio ejercer. Es decir, se expresan en un gran intento por eludir los lugares comunes de la locura chillada y puesta en personajes a fuerza de morisquetas. Una joven nodriza debe amamantar a la hija de un matrimonio que vive en una casa hermosa, pero desangelada. Nada de relaciones previsibles. Todo pasa por otro lado.

5. Snatch, cerdos y diamantes. Inglaterra, 2005. De Guy Ritchie. Con Jason Staham y Brad Pitt. La segunda del ex de Madonna, ratifica su estilo: personajes coloridos, reacciones desmedidas, frases ingeniosas y un montaje hecho sobre la base de perfectos sablazos. La acción se ambiente en el terreno del box ilegal y todo lo que de arbitrario tiene termina cerrando hábilmente. Apostando al permanente cruce de géneros, el director saca humor de la tragedia y viste de prestancia a lo desagradable. Un elenco enorme –en cantidad y calidad- se saca chispas en permanentes amenazas cruzadas al estilo: “Están sobre un hielo muy delgado y yo estaré abajo cuando se rompa”.

6. El hijo adoptivo. Kirguizistán, 2000. De Aktan Abdikalikov. Con Miriam Abdikalikov y Albina Imasheva. Primer film de Kirguizistán y de Abdikalikov, quien da una vuelta de tuerca por demás interesante al tema de la adopción, alimentándolo de las tradiciones y rituales propios de la sociedad en la que creció (como hijo adoptivo, justamente). Juega con la idea del “engaño” como “secreto” y centra el relato (sencillo, de narración clásica) en el período adolescente del protagonista (que es su propio hijo). Olores, colores, sabores, sonidos y texturas de una instancia que se eclipsa, retratada en hermoso blanco y negro, con destellos de color.

7. Tesis. España, 1995. De Alejandro Amenábar. Con Ana Torrent y Fele Martínez. La multipremiada ópera prima de Alejandro Amenábar se mete con el snuff, género cinematográfico clandestino que muestra asesinatos reales, entre otros desbordes. Una estudiante de Comunicación Social prepara su tesis sobre la violencia audiovisual. No sabe en qué se mete. Con pocos recursos, usados muy hábilmente, el director aborda la seducción que ejerce la violencia, ya sea como entretenido alimento visual o como objeto de estudio. Y parece indicar que tanto desde una u otra óptica, el poder de las imágenes puede ser mortal, si la innata debilidad voyeurista del humano no es educada en el ejercicio de la discriminación y la actitud crítica.

8. El idiota. República Checa, 1999. De Sasa Gedeon. Con Pavel Liska y Anna Gesilerová. Película modesta inspirada en la historia homónima de Dostoieviski, aunque ambientada en la actualidad. Pone el acento en el costumbrismo y las acciones pequeñas, con una que otra pincelada onírica. Frantisek es un muchacho que retorna para las fiestas familiares de fin de año luego de un período en un psiquiátrico. Está bien, no tiene miedo, pero ahora su presencia se transforma en el miedo ajeno. Es un “ignorante” que, no obstante, puede desarticular todo un sistema de relaciones donde la hipocresía es moneda corriente.

9. La ducha. China, 1999. De Zhang Yang. Con Zhu Xu y Pu Cun Xin. Fiel a su título, el film apela a la frescura o a la calidez siempre en el momento apropiado. La trama gira en torno de un padre y sus dos hijos (dueños de una ducha pública), pero dadas las características del ambiente en que se desarrolla, por momentos se transforma en un relato coral donde se confiesan aficiones y broncas varias. En ese templo masculino, hay tiempo para reflexionar sobre el progreso, las mujeres y la familia. Pero lo que más procura subrayar Yang es la importancia de tomar la vida como una filosofía donde priman la amistad, el respeto por el otro y el trabajo bien habido.

10. Flores de fuego. Japón, 1997. De Takeshi Kitano. Con Takeshi Kitano y Ka Yoko Kishimoto. Nishi, un policía a punto de retirarse, llega hasta una chatarrería y pregunta por el precio de un taxi ya desahuciado. El vendedor le dice que para qué lo quiere. “Para asaltar un banco”, dispara Nishi. “Entonces se lo regalo”, dice el tipo. Ese humor, parco y subversivo, es uno de los tonos que marca el séptimo film del notable Kitano. El otro, es el de la melancolía del protagonista, el de la desdicha que lo lleva a explorar la anti-ética, a echar mano del recurso de la defensa propia hasta las últimas consecuencias.

11. La fuga. Argentina/España, 2001. De Eduardo Mignogna. Con Miguel Ángel Solá y Patricio Contreras. Siete reclusos se fugan de un penal. Mignogna no arriesga parrafadas sobre teorías de clase o cuestiones ideológicas. Se dedica, con abnegación, al individuo y su lucha en solitario frente a sus broncas, debilidades y aspiraciones. Basándose en su propia novela, le saca jugo al lenguaje cinematográfico. La alternancia de tiempos, lugares y subtramas responde a criterios claros y creativos. La complejidad nunca deviene en confusión y cada relato se va independizando con peso propio, sin perder jamás su anclaje en la historia común que les dio origen. Excelente todo el elenco.

12. Todo comienza hoy. Francia, 1999. De Bertrand Tavernier. Con Philippe Torreton y Maria Pitarresi. Daniel dirige un jardín de infantes de una pequeña ciudad. Por él pasan muchos sinsabores y pocas alegrías que caracterizan a su comunidad. Como en muchas de sus obras, Tavernier nos muestra con tal claridad y agudeza lo cotidiano que casi sin darnos cuenta quedamos prendados de la situación como si de algo mágico y desconocido se tratara. Arbitrariedades culturales en un mundo distraído por la burocracia y la violencia física y/o psicológica. Un film ideal para espectadores sensibles y comprometidos.

13. El tigre y el dragón. China, 2000. De Ang Lee. Con Chow Yun-Fat y Michelle Yeoh. De cómo conciliar el deber con el amor y hasta cuándo demorar lo segundo a causa de lo primero. De eso trata ésta como muchas otras películas. Pero aquí, donde tallan espadas, guerreros y artes marciales, el remanido tópico está alimentado por una energía visual irresistible hasta para los más arraigados detractores del género. Lee ha logrado una puesta en escena donde lo arquitectónico ingresa en la dimensión Escher: escaleras, techos, pisos y paredes son todo eso al mismo tiempo y la ley de gravedad queda interrumpida para dar paso a un formidable despliegue donde los efectos especiales están al servicio del encanto, aún tratándose de peleas a muerte. Una maravilla.

14. El círculo. Irán/Italia, 2000. De Jafar Panahi. Con Fereshteh Sadr Orafal y Maryam Parvin Almani. Un testimonio, un documento y una tragedia nacional. Todo eso, ni más ni menos, es este film ganador del León de Oro en Venecia. El título alude al nefasto panorama en el que se ven envueltas una y otra vez las mujeres iraníes a causa de la mirada hiriente que en su país se posa sobre ellas y que acusa, abusa y encarcela. El relato se centra en tres de ellas, y es plasmado con una cámara que no busca imágenes y encuadres, sino que los va encontrando. El sonido nunca deja de ser ambiente ni abandona el murmullo. La acciones, no necesariamente buscan una resolución. “Esto es lo que tenemos”, parece que nos dice el artista, sin suplicar ayuda, simplemente pidiendo un poco de atención. En Irán, una mujer ruega no parir una niña. Todo dicho.

15. Dioses y monstruos. EEUU, 1998. De Bill Condon. Con Ian McKellen y Brendan Fraser. Esta magnífica evocación de James Whale se ambienta –de manera impecable- en los años ´50 y cuenta el último tramo de la vida del director de Frankenstein. Admirador de Cézanne y Rembrandt, amante de la buena vida, algo taciturno y proclive a la automarginación, Whale también fue un homosexual confeso que despertó la ira del Hollywood más pacato. Condon concreta una semblanza conmovedora, recurriendo a flashbacks oportunos, además de imágenes oníricas y subjetivas. El cuerpo masculino bien torneado frente a la mirada de una vida que se apaga recuerda, sin dudas, a Muerte en Venecia.

16. Una historia de entonces. España, 2000. De José Luis Garci. Con Lydia Bosch y Juan Diego. Filmada en blanco y negro y ambientada en el ´42, esta película sencilla y emotiva, es al menos dos cosas: la historia de una mujer que viaja a su pueblito de la infancia, en las afueras de Asturias, a procesar la muerte de su ser querido; y un homenaje sentido a la pasión por el cine, hecho desde la mirada de un niño. Entre una y otra cuestión, el ambiente parroquiano, con sus arquetipos y costumbres. La ley, la iglesia, la fidelidad y el mundo del espectáculo son temas que el director pone sobre el tapete para que se discutan sin exabruptos, aunque sí, con algunas frases excesivamente literarias. Nominado al Oscar como Mejor Film en Idioma Extranjero.

17. Pasión de amor. Francia/Canadá, 1999. De Patrice Leconte. Con Juliette Binoche y Daniel Auteuil. En una remota isla cerca de la costa de Canadá, un preso espera ser ejecutado vía guillotina. La mujer del oficial a cargo está convencida de que es inocente. Y su esposo también. Pero siempre hay alguien más arriba. Alguien malo, claro. Leconte se enfrasca en una serie de planteos elaborados con solvencia que abordan temas que van desde la reinserción social de un preso a cómo los gobernantes extorsionan a los pobres. Estamos en 1850; el relato conjuga calidez y bravura. Además, es una buena oportunidad para ver a Emir Kusturica como actor (es el preso en cuestión).  

18. Brillo de luna. Alemania/Austria/Rusia/Suiza/Francia/Tadjikistán, 1999. De Bakhtiar Khudojnazarov. Con Chulpan Khamatova y Moritz Bleitreu. Los amantes de Kusturica, el realismo mágico y el cine periférico se pueden dar una panzada con este film que reúne todo aquello a partir de una deliciosa historia donde lo costumbrista y lo fantástico conviven armónicamente. La anécdota es sencilla pero plena de peripecias en su desarrollo: el embarazo de una joven y la esperpéntica búsqueda de su padre y su aturdido hermano para dar con el paradero del papá de la criatura. Lo más interesante del film es el puro instinto con el que se mueven sus personajes. El paisaje: alucinante. Atiborrado de objetos, animales y peculiares seres humanos.

19. American History X. EEUU, 1998. De Tony Kaye. Con Edward Norton y Edward Furlong. El tema es contundente: los rebrotes neonazis organizados y cómo éstos estimulan la pérdida de la individualidad y la falta de una actitud crítica en los jóvenes. Los personajes: un skinhead que va del mesianismo a la redención, y su hermano, víctima de un padre racista y falsamente democrático. La apuesta es brava y sin concesiones. Reflexiona de modo inteligente sobre la familia y el sistema educativo, pero deja un margen de desesperanza importante, donde agazapada se advierte la ley del talión.

20. Prisionero del peligro. EEUU, 1997. De David Mamet. Con Campbell Scott y Steve Martin. “El prisionero español”, tal el título original de la película, es una versión sofisticada del cuento del tío. La historia transcurre en el mundo empresarial y tiene como protagonista a un muchacho que aún cree en la ética y la fidelidad, pero que se transforma en víctima de sus buenas intenciones. Mamet opta por un estilo duro, seco, que subraya la frialdad de las transacciones y los diálogos. Un juego intrigante en el que todas las posibilidades de sospecha caben. Hay complejidad y entretenimiento en iguales dosis.

21. El mismo amor, la misma lluvia. Argentina, 1999. De Juan José Campanella. Con Ricardo Darín y Soledad Villamil. Lo que podría haberse estancado en una comedia romántica más, se abre hacia la pintura de toda una época –de principios de los ´80 a bien entrados los ´90- en la que los efectos del devenir político se dibujan en los rostros de cada hombre que lucha por sostener su integridad y su laburo de la manera más digna posible. El humor y la reflexión melancólica surgen en el guión, de modo fluído, como contrapeso de los masazos de la realidad. El montaje es virtuoso y las actuaciones excelentes.

22. El visitante. Argentina, 1999. De Javier Olivera. Con Julio Chávez y Valentina Bassi. Lo que podría haber derivado en un bodrio, aquí resulta una aguda y poética reflexión sobre las secuelas de la guerra y las escasas posibilidades de real reinserción de quienes tuvieron la suerte de volver. Un ex combatiente sufre alucinaciones recurrentes: su amigo muerto en combate le reclama su cuerpo para tener relaciones con una mujer. Una asignatura pendiente, una vivencia que la guerra le tronchó. El visitante deja margen para la ternura y el goce de las cosas simples y nos pone en contacto con gente pobre que se resiste a ser pobre gente. Chávez, impecable.  

23. La anguila. Japón, 1997. De Shohei Imamura. Con Koji Yakusho y Misa Shimizu. Potencia narrativa y perfección formal en esta obra que obtuvo la Palma de Oro en Cannes ’97. Takura mata a su mujer cuando la encuentra con otro en la cama. Ocho años de cárcel mediante, abre una peluquería y se confiesa a diario, sin temor a ser reprochado, frente a una anguila. La culpa es el tema central y el temor a la reincidencia, ya no en los fatales hechos, sino en el tipo de relaciones, en los afectos. Imamura no filosofa. Conmueve y conmina a la reflexión con serenidad –es inevitable decirlo- oriental. Y lo logra sobradamente.

24. Marius y Jeannette. Francia, 1997. De Robert Guediguian. Con Gérard Meylan y Ariane Ascaride. Con talento, pocos recursos y mucha sensibilidad. Así trabaja habitualmente Guediguian. Aquí, llevando adelante una deliciosa comedia romántica y de costumbres, que nos ilustra sobre la Marsella obrera y pintoresca en un explícito homenaje. Una cajera de supermercados y el guardián de una fábrica protagonizan un romance en el que el optimismo siempre está por sobre la estrechez económica. El vecindario acompaña haciendo culto de la amistad. Claro, nadie es perfecto, pero todos ostentan una dignidad envidiable.

25. Vampiros. EEUU, 1998. De John Carpenter. Con James Woods y Daniel Baldwin. No es una más de vampires vs. cazavampiros. Las numerosas y fantásticas escenas de lucha se ensamblan con reflexiones sobre la fe, la maldad, la amistad y la vocación. Hay un amor contrariado por la cultura y lo sobrenatural; alguien que entra en crisis de fidelidad con su trabajo; una nueva vuelta de tuerca al pacto fáustico y un masazo a la Iglesia Católica y de cómo algunos miembros se aprovechan de aquello mismo que dicen combatir. El film tiene hasta un agradable aroma a western, aunque los caballos han sido desplazados por sofisticados vehículos.

26. La camarera del Titanic. Francia/España/Italia, 1998. De Juan José Bigas Luna. Con Aitana Sánchez-Gijón y Olivier Martinez. El creador de Caniche y Jamón, jamón, entre muchas más, se aparta de lo explícito y hechiza con una farsa elegante y pueblerina, vestida con la mejor lencería de principios de siglo y perfumada por los malolientes alientos de los obreros de una fundición. Éstos, se juntan en una taberna para escuchar al supuesto amante de una camarera del Titanic. Un homenaje a la narración oral, al barón de Münchaussen y a los artistas itinerantes, en clave erótica y muy entretenida. La presencia del tango Los mareados supone una cuantas lecturas y es otro acertado aporte en este cóctel de humor, amor y fantasía.

27. Estación central. Brasil, 1998. De Walter Salles. Con Fernanda Montenegro y Vinicius De Oliveira. Una maestra retirada, hosca y deslucida, se gana la vida en la Estación Central de Río gestionándole cartas a los analfabetos. Su rutina se quiebra cuando, de muy mala gana, debe hacerse cargo de un niño y compartir con él un extenso viaje para encontrar al padre de la criatura. El film es un ensayo sobre la soledad, pero también un homenaje a la madre tierra y a un pueblo trabajador e igualmente castigado. Un pueblo, también, devoto de sus santos, que Salles retrata en una escena de peregrinación dramáticamente arrolladora. El trabajo de Montenegro es inolvidable.

28. Juha. Finlandia, 1998. De Aki Kaurismäki. Con Sakari Kousmanen y Cati Outinen. Siguiendo los patrones del cine mudo, Kaurismäki construye un impecable melodrama que juega con la indefinición temporal. Una película que trabaja todo el tiempo sobre convenciones, pero que al espectador le genera todo el tiempo extrañeza. Una pareja que lleva una vida ideal en el campo, se ve sacudida cuando un muchacho urbano deja anonadada a la chica protagonista. De técnica irreprochable, actuaciones ampulosas y musicalización irónica, Juha garantiza disfrute a lo largo de 78 minutos. Basada en la novela homónima de 1911 escrita por Juhani Aho.

29. La novia de Chucky. EEUU, 1998. De Ronny Yu. Con Jennifer Tilly y Brad Dourif (voz de Chucky). La tercera secuela del muñeco de ojos azules derrocha humor corrosivo e insolente; y es ideal para el fan de las comedias de terror y para todo aquel que acepte que detrás de un juguete puede existir un corazón. Satánico, pero corazón al fin. Un buen homenaje a La novia de Frankenstein, de James Whale, y la posibilidad de ver al muñeco en un perfil desconocido: su condición erótico-sentimental. Chucky y su novia son muy carismáticos. El espectador se las pasa perdonando cuanta barbaridad llevan a cabo.   

30. Antz. EEUU, 1998. De Eric Damell y Tim Johnson. Con Woody Allen y Sharon Stone (voces). Una hormiga obrera está hastiada del sistema encorsetado en el que le toca vivir. Accidentalmente se transforma en héroe y despertador de conciencias, lo que será también el inicio de sus problemas. La animación por computación está al servicio del relato y el lenguaje cinematográfico. No faltan ingredientes para convertirlo en un film familiar. Se pueden objetar aspectos del guión, pero el entretenimiento está garantizado. Ver Antz doblada al castellano es un pecado, ya que a nivel voces originales se luce hasta Stallone.

31. La chica del puente. Francia, 1990. De Patrice Leconte. Con Daniel Auteuil y Vanessa Paradis. Una joven que cree tener buenos fundamentos para el suicidio, conoce a un lanzador de cuchillos que la adopta como partenaire. Leconte escarba minuciosamente en los rostros de la pareja, extrayendo cuanto  de desconcierto, devoción y desconfianza generan el uno en el otro. Mientras, promueve oblicuas reflexiones sobre  la fidelidad, la vida vertiginosa y las vocaciones errantes. Filmada en precioso blanco y negro, con pasajes en Limoges, Estambul y otros sitios, La chica del puente es un cuento apasionado que alienta a vivir, aunque siempre sea al filo de las circunstancias.

32. Estigma. EEUU, 1999. De Rupert Wainwrigth. Con Patricia Arquette y Gabriel Byrne. Una bella peluquera sufre una serie de alteraciones psico-físicas que la emparentan con un nuevo Jesús. Pero hay un detalle: a diferencia de otros estigmatizados, ella es atea. Entonces, ¿es un ángel, un demonio o la excepción a la regla? Eso deberá resolver un cura enviado que, aunque enviado por el Vaticano, se las va a ver negras con las autoridades de la Iglesia. Buenos efectos, sobresaltos, reflexiones… Todo en su justa medida. Estigma se inspira en un texto hallado en el ’45 que se presume contiene palabras que salieron de boca del propio Jesús y que los distintos evangelios interpretaron con mayor o menor acierto.

33. El camino del samurai. EEUU, 1999. De Jim Jarmusch. Con Forrest Whitaker y John Tormey. Aunque de lo más comercial de Jarmusch, no deja de ser interesante. Un asesino a sueldo que vive con palomas en una azotea, fracasa en un trabajo y su vida se transforma en un “uno contra todos”. Lo más interesante es el notable trabajo de Whitaker, con un personaje de una tremenda complejidad moral, un tipo entre místico y científico. Aunque de ritmo moroso, el film está tupido de incidentes y textos explicativos del abc samurai que nos permiten comprender mejor a Ghost Dog. Muchas referencias a la literatura y a la tv. Acción correctamente dosificada y un planteo general que nos apura a tomar partido.   

34. Fuckland. Argentina, 2000. De José Luis Marqués. Con Fabián Stratas y Camila Heaney. Filmada de modo clandestino en las Islas Malvinas, esta extraña propuesta molestó mucho a la crítica capitalina, tal vez por mostrar un personaje central que no hace quedar muy bien parado al porteño medio. Canchero y avasallador, el hombre decide visitar las islas para seducir mujeres y especular con un futuro “más argentino” para el lugar. En realidad, esa absurda línea argumental es lo de menos. Lo interesante es el experimento fílmico en sí, cruza de documental testimonial, ensayo (satírico) político, docu-drama, picaresca criolla, contrapublicidad, drama romántico y film propagandístico de aventuras. Todo ello unificado por el método de la cámara oculta. Único film argentino del movimiento Dogma ’95.

35. Ojos de serpiente. EEUU, 1998. De Brian De Palma. Con Nicholas Cage y Gary Sinise. Para muchos una obra menor de De Palma, para otros lo contrario. Arranca con una toma secuencia de 15 minutos prodigiosa con la que el director presenta todos los personajes, los escenarios, el enigma a resolver y un manojo de dudas nada desdeñable. El marco es un match boxístico, donde ni la pelea es pelea ni la seguridad segura. No hay ningún personaje enteramente positivo ni heróico y la investigación está planteada de modo cubista, tanto por los testimonios de los personajes como por las distintas versiones  recogidas por las cámaras de video del Estadio de Atlantic City.

36. La escuela de la carne. Francia, 1998. De Benoit Jacquot. Con Isabelle Huppert y Vincent Martinez. Partiendo de un texto del japonés Yukio Mishima, el film explora la relación entre una mujer madura y un joven bisexual, barman y boxeador aficionado. Lo que comienza como un impactante choque erótico, se va complejizando con matices de todo tipo y un juego de dependencia mutua planteado desde el guión de modo muy inteligente. Tono equilibrado y firme; diálogos tensos y elegantes; afectos absorbentes pero también difusos… Lo que en manos de otro podría haber sido muy riesgoso, camino al bochorno, Jacquot lo transforma en cine de alto rango. Hay que ensayar elogios inéditos para Huppert.

37. Psicópata americano. EEUU, 2000. De Mary Harron. Con Christian Bale y Willem Dafoe. Hay muchos modos de abordar Psicópata Americano. Aunque ninguno tan saludable como interpretar el film como un buen entretenimiento en el que un tipo totalmente desquiciado ensaya formas posmodernas de liquidar –porque sí- gente. Claro que la directora Harron quiere ir más allá y se pregunta por la obscenidad del dinero, el hedonismo exacerbado, la doble personalidad y otras cuestiones. Hasta ensaya tiros por elevación a la derecha yanqui (aparece una mascota que es un cerdito… “vietnamita”). En uno de sus primeros trabajos importantes, se luce Bale como un maestro yuppie en el arte de asesinar, que apela a procedimientos clásicos pero los reviste de un falso glamour ochentoso. 

38. Los que me aman tomarán el tren. Francia, 1998. De Patrice Chéreau. Con Jean-Louis Trintignant y Vincent Perez. A priori pretencioso y exacerbadamente intelectual, el film de Chéreau se empieza a disfrutar a medida que pasan las horas. Un pintor importante, que ha ejercido influencia en mucha gente, muere. Será sepultado en Limoges y hacia allá se trasladan todos. En tren, claro. Miradas recelosas, sonrisas nerviosas, clima de pre-histeria. Ya en el lugar, en una casona y tras el acto de sepultura, se pone sobre el tapete la verdadera naturaleza de los afectos. Una película de actuación y atmósfera, donde algunos alcanzarán la paz interior. Aznavour, The Doors, Björk y otros se cruzan en la banda sonora.

39. La reina de la noche. México, 1994. De Arturo Ripstein. Con Patricia Reyes Spíndola y Alonso Echanove. La vida de Lucha Reyes, reina de las rancheras, no fue nada fácil. Y Ripstein, durísimo como siempre, no ayuda a atenuar su dolor. Penurias y traiciones son abordadas con perversa habilidad y se multiplican a lo largo del film. Los ambientes sórdidos, retratados a la perfección, contribuyen a profundizar la tragedia. La ignorancia y la desprotección son moneda corriente. En un mundo donde todo está perdido, queda la música, la sexualidad desbordante, algún gesto de inocencia… Y el talento enorme de un director que cuenta lo que quiere y como quiere, fiel a aquello del “cine de autor”.

40. El viaje de Julia. Gran Bretaña/Francia, 1998. De Gilles Mackinnon. Con Kate Winslet y Said Taghmaoui. Una joven mujer llega a Marrakech negándose como esposa de un poeta inglés (como ella). Junto a sus pequeñas hijas encontrará un remanso en un lugareño llamado Bilal, moreno sufrido y seductor. Sereno y bello en la superficie, el film tiene un subentramado dificultoso y amargo. Los espectadores inquietos por temas existencialistas, cruzados éstos por las diagonales de la fe y la educación, seguro le sacarán el jugo. No es una más sobre el choque de culturas. Y sí, entre otras cosas, una reivindicación del desprejuicio y la inteligencia de los niños, a veces verdaderas brújulas para los adultos con sensación de orfandad.

41. El telegrafista. Noruega, 1993. De Erik Gustavson. Con Bjon Floberg y Marie Richardson. En un pequeño pueblo costero, hay odios enquistados y moral dudosa revestida de buenos atuendos y lustrosos mobiliarios. Un telegrafista (e inventor) donjuán, pícaro y rebelde va a poner todo patas para arriba con tal de conquistar a la hija de un acaudalado. El protagonista es heroico, romántico y voluntarioso y sus ingeniosas ideas hacen que el guión dé marchas y contramarchas permanentes sin perder verosimilitud. Paisajes estupendamente fotografiados, atractivas actuaciones y mucha pasión para una historia entretenida que reivindica las ideas propias y el desprejuicio.

42. Juegos peligrosos. EEUU, 1994. De Abel Ferrara. Con Madonna y Harvey Keitel. Fiel a su despiadado estilo, el director de El rey de Nueva York se vale del cine en el cine para describir con lacerante crudeza el rodaje de una película sobre la disolución de un matrimonio de clase media. El director de la ficción que vemos irá perdiendo las riendas hasta caer en un abismo creativo y Ferrara organizará una espiral de confusión basada en las debilidades de la vida privada de cada personaje y cada actor. De exasperante naturalismo, la película va volviéndose un espejo maldito y también una propuesta incómoda –pero atrapante- para el espectador. Madonna en su mejor papel.

43. Kalifornia. EEUU, 1993. De Dominique Sena. Con Brad Pitt y Juliette Lewis. Dos parejas lo más contrapuestas posibles comparten auto en esta road-movie que mantiene todo el tiempo a los sobresaltos. Sena explora el tema de la violencia individual en el marco de paisajes desolados, una lluvia irritante y climas que sugieren una desprotección total. También habla de la fascinación por el crimen, como práctica y como objeto de estudio; la mímesis y la admiración; y la reserva asesina que, según parece, todos llevamos dentro. Muy bien Pitt, en modalidad asesino serial, y excelente Lewis haciendo de una tremenda estúpida.

44. Orlando. Gran Bretaña, 1992. De Sally Potter. Con Tilda Swinton y Billy Zane. Potter sale airosa de un desafío mayúsculo: trasladar al cine la novela de Virginia Woolf sobre un personaje que vive 400 años alternando su apariencia y su sexualidad. El poder de síntesis es la mayor virtud de la cineasta, pero también, lo bien que pinta las épocas, cómo resuelve el costado fantástico, cómo administra las frases sabias o más reflexivas y de qué modo conjuga el aspecto formal con los latidos internos del relato. Orlando, este/a joven a cuyo lado todo es perecedero, nos invita a recorrer la intensidad del amor, el placer de viajar y ser reconocido, el dolor de la guerra, el ejercicio de la poesía y el rechazo de oportunidades. No sin poco narcisismo, pero otro tanto de melancolía.

45. Perros de la calle. EEUU, 1992. De Quentin Tarantino. Con Harvey Keitel y Tim Roth. En su debut como director, Tarantino alterna presente y pasado para contar la historia de un delito fallido y la búsqueda del soplón que contribuyó a que así fuera. Un relato descarnado -por momentos teatral y por otros estrictamente cinematográfico- donde el horror y el humor bien pueden ir de la mano. Se puede discurrir sobre el significado de Como una virgen, de Madonna, con la misma liviandad con que se mutila una oreja policial. Traición, cinismo y rencor a niveles de saturación y guionados con precisión matemática.

46. Y la banda siguió tocando. EEUU, 1993. De Roger Spottiswoode. Con Matthew Modine y Alan Alda. Rigurosa crónica de nuestro tiempo, trasvasada del lenguaje periodístico al cinematográfico, sin sacrificar datos reales pero contextualizándolos en historias ficcionadas. El sida –su origen, su avance, la lucha por combatirlo- encuentra en este film una de las mejores aproximaciones. A lo largo de inquietantes 141 minutos se lanzan filosísimos dardos hacia la comunidad médica y el ámbito político (estamos en la era Reagan). La propuesta es cruda. Aunque no apela a una falsa piedad, tampoco hace una proyección fatalista. El enorme valor testimonial de este film va contra toda pretensión intelectualizada y sus historias –tanto individuales como colectivas- apuntan al desprejuicio y la solidaridad.

47. El amante bilingüe. España, 1992. De Vicente Aranda. Con Imanol Arias y Ornella Mutti. Una historia de alter ego, contada de modo entretenido, sugestivo y con atisbos de culebrón. De una tragedia, surge una comedia que se entremezcla con suspenso. Aranda juega con un erotismo al filo, explota al máximo la ambigüedad del título, y pone en ridículo la idea del destino. El film se basa en una novela de Juan Marsé que plantea algo muy extraño: cómo hacer que la propia mujer lo engañe con uno mismo, sin que ella se dé cuenta. Para saberlo, hay que ver necesariamente la cinta. Además de Arias y Mutti, se luce Loles León.

48. Jamón, jamón. España, 1994. De Juan José Bigas Luna. Con Penélope Cruz y Jordi Molla. La promoción del film decía que los hombres se comen el jamón y las mujeres se comen los hombres. Cualquiera sea el caso, el menú es tentador. Bigas Luna juega al melodrama acalorado, de amores cruzados y marcadas diferencias generacionales. Rodado principalmente en un paraje denominado Los Monegros, el film actúa como metáfora de ciertos aspectos culturales y tradicionales de España, pero también como polémica sobre apuntes morales, incluidos los sexistas. Mucha irreverencia y desfachatez, pero sobre todo pasión.

49. Chaplin. EEUU, 1992. De Richard Attenborough. Con Robert Downey Jr. y Dan Aykroyd. Un acabado retrato del multifacético artista, empresario sagaz, caza-adolescentes sensible y agudo pensador. El director va más allá del personaje y se adentra en las tinieblas de la censura y la persecución, los embates del resentimiento, la revolución del sonido en el séptimo arte, la intolerancia y el etiquetamiento, la fabricación de starlets... Alterna las confesiones de un Charlotte anciano con la sucesión cronológica de su vida, y apela a pequeños lujos visuales sólo en momentos precisos y justificados. Rodeado de un elenco interminable, la actuación de Downey Jr. Es enooooooooorme.

50. Lo que queda del día. EEUU, 1993. De James Ivory. Con Anthony Hopkins y Emma Thompson. Mientras en la residencia de su amo se cuecen decisiones políticas poco democráticas, un mayordomo impecable e infalible lleva una vida donde no caben los sentimientos amorosos. Stevens es un abnegado trabajador y sus días se reducen solo a eso. Ni la muerte de su padre puede alterar sus rutinas. La notabilísima película de Ivory se basa en una novela de Kazuo Ishiguro y propone un universo de gente de cuello duro, jardines prolijos, balaustradas lustrosas, conspiraciones varias y modales al tono. Bajo todo ello, reina la fragilidad y el vacío emocional. Y apuntes patéticos que entran en contrapunto con la elegancia. Un lujo cinematográfico.

51. Mi estación preferida. Francia, 1992. De André Téchiné. Con Catherine Deneuve y Daniel Auteuil. Película refinada, sobre incómodas temáticas familiares, en torno de dos hermanos que se reencuentran luego de mucho tiempo a raíz de la enfermedad de su madre. Trabajando sobre las contradicciones de cada uno de los personajes, Téchiné escarba serenamente tratando de sacar alguna conclusión. En esa búsqueda, se cruza con la cosificación del ser humano a instancias de su propia familia, con la invalidez sentimental, la incapacidad para volverse adulto, los sentimientos de culpa (justificados y no), la necesidad de imaginar, y el recurso teatral de fingir los encantos de la vida familiar.

52. The Doors. EEUU, 1991. De Oliver Stone. Con Val Kilmer y Meg Ryan. El primer acierto del film es demostrar que Morrison nació para crear en forma consciente su mito. Pero además, Stone retrata con rigor la necrofilia y el sexismo del personaje, muestra el desplazamiento veloz del nombre del grupo hacia el vocalista, ingresa a los planos del inconsciente con una cámara que parece serpentear en el cerebro de Jim, exalta la idea de generar ideologías, apunta a los productores de sonrisas impostadas, pondera lo excitable de cualquier experiencia en libertad, regala una banda de sonido orgiástica, describe hábilmente su relación con su musa-novia-adorno, también su cruce con Warhol, etc., etc., etc. Val Kilmer nunca más supo tener una oportunidad como ésta.

53. Trauma. De Dario Argento. Con Christophr Rydell y Asia Argento. Una adolescente indómita y anoréxica queda huérfana. Un joven responsable le da amparo en su casa. Entre los dos intentarán dar con un psicópata decapitador que no pone freno a sus andanzas. Maestro de la truculencia, Argento se regodea en lo espeluznante sin descuidar en ningún momento el guión. Y pese a la presencia de espiritismo y alucinaciones, hay un terror concreto que paraliza. Mucha cámara subjetiva y una lluvia para nada gratuita alimentan el susto.

54. Camino de Retorno. EEUU, 1990. De Alan Smithee. Con Jodie Foster y Dennis Hopper. Una chica de vida apacible resulta accidentalmente testigo de un asunto mafioso. Un asesino a sueldo, muy hábil y con sonrisa sin sonido, la atrapa para evitar la delación. Juntos se involucran en un juego de seducción y especulación, en el marco de un film que mezcla el cine negro, el thriller psicológico y la película de carretera. Hay un humor negrísimo y más de una ironía. Y más suspenso que sorpresa, aunque el nivel de entretención nunca disminuye. El verdadero director es Hooper, pero no conforme con el corte final optó por el tradicional seudónimo de uso colectivo.

55. ¿Soy linda? Alemania, 1998. De Doris Dörrie. Con Senta Berger y Franka Potente. La trama enfoca el presente afectivo/amoroso de tres hermanas. Cada historia, a su vez, es intervenida por episodios protagonizados por desconcertantes seres. A caballo entre España y Alemania, y con una notable banda sonora en la que despunta Tomatito, el film avanza como un glosario de conductas afectadas por los males de fin de siglo, aunque no indague demasiado en sus orígenes. Los personajes no están conformes con sí mismos y tienen cierta voluntad de cambio, aunque nunca vemos un accionar concreto. Poder de observación y puesta criteriosa. Si indefectiblemente hay que responder a la pregunta del título (asumiéndolo como referido a la película) habría que contestar que sí. Es linda.

56. Tres es multitud. EEUU, 1999. De Wes Anderson. Con Jason Schwartzman y Olivia Williams. Comedia chiquita y amable con un nerd como personaje principal. Max es una especie de Forrest Gump virado a lo creíble, un antihéroe que a fuerza de empecinamiento consigue “casi” todo lo que quiere, pero en función de lo que le dicta su libertad creadora y no a partir de las recetas avaladas por el sistema. Con un curioso triángulo amoroso de por medio, el film avanza sin ser previsible en ningún momento y sin premiar a sus personajes para aminorarles las frustraciones. Al final feliz se llega, pero sin transar.

57. El misterio Von Bülow. EEUU/Japón, 1990. De Barbet Schroeder. Con Glenn Close y Jeremy Irons. Una de las mejores interpretaciones de Irons (ganó el Oscar), en la piel del Von Bülow del título, un ricachón al que se acusa de haber sumergido en un coma perpetuo a su mujer. La historia realmente ocurrió y el hombre fue sometido a dos juicios: del primero salió culpable y del segundo absuelto. El descascaramiento de esta criatura enigmática –sobre la cual el film, en definitiva no abre juicios taxativos- magnetiza al espectador. El guión de Nicholas Kazan trabaja perfectamente la cuerda de lo ambiguo, del misterio; y Schroeder hace lo suyo usando con inteligencia los flashbacks.

58. Henry: retrato de un asesino. EEUU, 1990. De John McNaughton. Con Michael Rooker y Mary Demas. Feroz documento sobre un asesino serial, con una fotografía violenta y granulada, y una narración aproximada a una crónica despiadada. La actuación de Rooker, en el papel de su vida, es antológica. Las relaciones entre los escasos personajes están planteadas desde un naturalismo descarnado, sin velos de ningún tipo, y los diálogos apuntan en el mismo sentido. Muy recomendable, aunque para cinéfilos de estómagos fuertes. Basado, aunque con libertades, en la verdadera historia del criminal de Henry Lee Lucas, el film es un típico “de bajo presupuesto” y excelentes resultados.

59. Chungking Express. Hong Kong, 1994. De Wong Kar-Wai. Con Brigitte Lin y Tony Leung. Con esta película, Kar-Wai consolidó su nombre y su estilo. Son como dos películas en una y al mismo tiempo un solo retrato de lo que implica el amor contemporáneo en las grandes urbes. La melancolía, las casualidades, los desencuentros y la belleza van todo el tiempo de la mano. La estructura es libre y súper vital, así como la banda sonora, aspecto al que el hongkongnés siempre le presta atención y le aporta toda su creatividad. Recursos como el step-printing y una fascinante exuberancia fotográfica serían de aquí en más constantes en su obra.

60. Los idiotas. Francia/Italia/Dinamarca/Holanda, 1998. De Lars Von Trier. Con Bodil Jorgensen y Jens Albinus. Uno de los primeros platos fuertes del Dogma 95, movimiento creado por Von Trier y Thomas Vintenberg. Sigue las andanzas de un grupo de spassers (falsos perturbados mentales) que se inmiscuyen en la cotidianidad de la gente acorralándola hacia los límites de la paciencia, la violencia y la moral convencional. Reveladora, mezcla elementos de tragedia y comedia de modo muy original y perturbador. Hay mucho de broma, pero no al estilo Tinelli. Si hay niños circundando por ahí, enviarlos bien lejos de la pantalla. A los idiotas les gusta el sexo explícito. ¡Oh!