Aquellos buenos viejos tiempos

07.01.2014 10:22

El último sodero (Mendoza, Argentina, 2013, 25’). Cámara y fotografía: Carlos “Charly” Farina. Sonido: Gise Cornejo, Alex Dias y Alfredo Renón. Producción: Dora Hanna. Guión y dirección: Charly Farina.

 

En su cortometraje debut*, y a partir de un tema que le resulta literalmente familiar, Carlos “Charly” Farina pisa sobre seguro, sin dejarse tentar por las sirenas de la experimentación ni por un falso lenguaje innovador.

De ese modo, su búsqueda consiste en ir al encuentro de aquellos recursos narrativos que no por tradicionales dejan de ser eficaces. Es decir, una estructura que empuja siempre hacia delante, con tomas breves y escenas semánticamente transparentes, en correspondencia directa con las rutinas, la claridad y la simpleza del personaje a documentar: el sodero del pueblo.

El hombre en cuestión (que no es otro que el padre del director) representa a otros tantos que por los gajes de su oficio terminan siendo intérpretes, portavoces e intermediarios de una comunidad. No es extraño entonces que, a la hora de la jubilación, la nostalgia redimensione su valía en ese contexto.

Su lugar, el del sodero, bien lo podría ocupar un cartero de la vieja guardia o uno de esos agentes de policía que ya no quedan. O el locutor radial que, cada mañana, acompaña el despertar de la gente de Villa Atuel (lugar donde se ambienta el trabajo), por citar otro ejemplo y aún cuando éste suponga una mediación técnica, menos humana, si se quiere.

Fotografiar a un personaje (a una persona) de este perfil es, en buena medida, tomar registro del espíritu de una sociedad. De su cultura, sus modos, su ética. Objetivo que Farina cumple al atender a los detalles del pueblo chico, al colocar en igual protagonismo sonoro/visual al picoteo de las gallinas y el rumor del escaso tránsito, al respetar el habla de compadres y comadres, la cargada amigable, el humor inocente, el chiste pícaro pero nunca hiriente.

La alternancia de una anécdota de la niñez (evocada verbalmente) y una acción diaria del presente (plasmada en imágenes) nos introduce en el mundo de este trabajador, el último en su especialidad, para pesar de sus vecinos. Previamente, un amanecer policromático (como aquéllos del Moreira de Favio) nos ha sumergido en un auténtico día de esos pagos. De allí en más, lo que cuenta es la sinceridad del recorrido por la vida y el oficio de don Farina, al ritmo de su camión de reparto. Trayecto alimentado por varios testimonios y algunos cruces verbales que, entre otras cosas, reivindican algo ya en vías de extinción: la palabra empeñada. Tan en extinción como el sacar a bailar a alguien con un ligero cabeceo. Esto es, a lo Farina. / F.J.A.

 

* Segundo premio en el MENDOC 2013.