Asesinatos periodísticos

03.11.2013 19:47

En 1988, nada menos que el diario Le Monde dio por muerta a la actriz Monica Vitti, argumentando que se había suicidado con barbitúricos. Podríamos arriesgar que, comparado con eso, cualquier desliz o traspié del Periodismo de Espectáculos puede que parezca nada.

Pero, en realidad, la cantidad de pequeños asesinatos que se cometen a diario desde el Periodismo de Espectáculos, desde nuestro Periodismo de Espectáculos, debería alarmarnos. Claro que, como todo lo que se vuelve costumbre, ha dejado de sorprendernos (hoy se dice: “se ha naturalizado”). Por pequeños y por cotidianos, esos cadáveres se van acumulando sin que nadie reclame por ellos.

Esos “asesinatos” tienen raíces de distinta índole, que atañen tanto a la responsabilidad de los medios como a la de los periodistas, entendidos éstos como seres cuya formación, criterio y ética se cultivan y fortalecen independientemente del medio en el que ocasionalmente se desempeñen.

Esos “asesinatos” son, también, de distinta especie. Algunos tienen que ver con el descuido en la edición. Otros con la falta de información. Otros con la falta de formación. Otros con problemas de redacción. Otros con el desinterés. Otros con un sospechoso interés por algo. Otros lisas y llanamente con la ignorancia; y algunos más con la mala intención.

Sobre los intereses y objetivos de los grandes medios se ha hablado y se habla hasta el hartazgo. Pero no está mal insistir. Aquel Periodismo de Espectáculos que informaba, interpretaba y opinaba sobre el mundo del espectáculo va camino a su desaparición.

Paulatinamente ha ido siendo desplazado por lo que antiguamente era una brisa curiosa, liviana, pícara y hasta necesaria (esto es, en los tiempos de la Tía Valentina). Me refiero al Periodismo de Farándula. Un subgénero que, si bien existe desde los orígenes del Periodismo de Espectáculos, hoy ha dejado de ser un apéndice para transformarse en el corazón del asunto.

No queda duda que los grandes medios son los responsables de haber desplazado al Periodismo de Espectáculos e instalado el Periodismo de Farándula. Y no me refiero justamente a medios como Paparazzi, por ejemplo, que abiertamente hace lo suyo. Bajo el argumento -siempre absolutamente discutible- que tal o cual cosa es lo que la gente quiere, lo superficial ha pasado a ocupar el 90% de la superficie periodística. Hoy, un periodista novato y poco formado, que ingresa a un medio grande, tranquilamente puede pensar que de eso se trata el Periodismo de Espectáculos.

Es decir que uno de los factores a considerar es el exceso de farandulización. Pero, obviamente, no lo es todo. Hay otros aspectos contra los cuales es difícil remar. Uno de ellos tiene que ver con la intervención de los medios como productores o sponsors de los espectáculos, actividad que condiciona la actividad periodística de una manera brutal. Una nota puede estar perfectamente escrita, con los mejores datos y fundamentaciones, pero si el periodista omitió que el espectáculo tenía auspicio de, por ejemplo, Radio Nihuil, queda al borde del despido.

Por otro lado, el periodista debe considerar, a la hora de sentarse ante el teclado o de enfrentarse a un micrófono, todo el gran tejido de relaciones que existe entre los medios. Si no, puede que le pase lo que a un colega de Diario Uno, cuando osó poner en una nota “la octogenaria Mirtha Legrand...”, sin considerar que la octogenaria tenía su programa en América Televisión, que es lo mismo que decir Diario Uno. Casi se lo comen crudo, algo que no hubiese pasado de haber colocado, por ejemplo, la nonagenaria Lidia Lamaison.

Volviendo al tema de las producciones y de los auspicios, generalmente éstos tienen que ver con eventos masivos y a los cuales se les debe asegurar una cobertura (en cantidad de centímetros y/o minutos y en benevolencia de opinión) acorde con las circunstancias.

Se podría objetar que esto siempre fue así, que bajo diversas formas los medios siempre apoyaron a determinadas propuestas artísticas, más allá de la difusión estrictamente periodística. Y puede que sea cierto. Pero hasta no hace mucho se garantizaba la independencia de opinión del periodista.

Cuando digo no hace mucho me refiero a una década aproximadamente. Si hurgamos en Diario Los Andes del 2001 vemos que un film (200 cigarrillos, de Risa Bramon Garcia) auspiciado por el periódico (lo que supuso una cobertura de tipo social importante) fue defenestrado por un crítico del mismo medio. Hoy esto sería impensable.

Actualmente es poco frecuente ver que se ejercite el Periodismo de Espectáculos como lo que debe ser: un servicio. En todo caso, lo que se hace en algunos medios, es un servicio parcial consistente en hacer prensa a determinados artistas o espectáculos. Una tarea que se restringe a la difusión, sin ningún aporte evaluativo ni seguimiento. Es como ejercer de agente de prensa, pero desde adentro de un medio. Visto de otro modo, es como hacer Publicidad de Espectáculos y no Periodismo de Espectáculos. Una publicidad que puede ser gratuita o no, en función de que el periodista sea corrupto o no.

Por supuesto que ese beneficio, que tanto a artistas como a espectáculos viene muy bien, no es parejo, no es equitativo. Por lo general acceden a él un pequeño grupo de artistas privilegiados por la amistad o los contactos. No suelen ser los mejores artistas, justamente. Pero eso nunca quedará registrado, ya que la tarea es, como se dijo, de difusión y no de evaluación.

Repasando: el Periodismo de Espectáculos está cercado por la farandulización, los medios metidos a productores y el periodismo como servicio publicitario.

Pero además hay otras cuestiones que hacen a la credibilidad del oficio y que no son privativas de los medios, sino que acusan una responsabilidad compartida entre medios y periodistas.

Una de esas cuestiones tiene que ver con la presencia cada vez más frecuente en los medios de periodistas que son arte y parte, que ejercen una disciplina artística y trabajan con información (y eventualmente opinión) de esa disciplina, lo cual obviamente deriva en material poco confiable.

En este tipo de situaciones, la responsabilidad es compartida por el medio, el editor y el periodista. O debería ser compartida, mejor dicho. El colmo es cuando el periodista genera un artículo sobre un espectáculo teatral, una muestra, un recital, del cual participa activamente como actor, como artista plástico o como músico. Una falta de ética para la que no hay argumentos de defensa.

También aquí se podrá cuestionar que siempre hubo artistas que ejercieron como periodistas de espectáculos en simultáneo. Cosa que también es cierta. Pero no por recurrente una práctica es aconsejable. El ejercicio simultáneo de los dos oficios enturbia al periodístico, le resta credibilidad, lo vuelve tendencioso. Lo lógico sería que se separaran en el tiempo.

La historia del espectáculo ofrece muchísimos ejemplos al respecto. Pero basta con citar uno de los más rotundos, el que tiene que ver con los críticos de la revista Cahiers du Cinema. ¿Quiénes eran esos críticos? Nada menos que Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Francois Truffaut, Eric Rohmer... Todos ellos, optaron luego por dedicarse a filmar y varios nos siguen regalando hasta hoy notables películas.

Concluyendo, hoy el Periodismo de Espectáculos, en su concepción tradicional, no existe. Difícilmente entonces pueda tener un futuro. Obviamente, hay medios, lugares alternativos en los que se resguarda aquella concepción. Como en todo, hay excepciones.

De todos modos, que no exista el Periodismo de Espectáculos no quiere decir que no existan los Periodistas de Espectáculos. Es más, y quizás esto es lo más extraño: existen Periodistas de Espectáculos allí donde no existe el Periodismo de Espectáculos.

En fin, frente a este estado de las cosas, el Periodismo de Espectáculos tiene menos futuro que Monica Vitti en aquel Le Monde del ’88.

 

Fausto J. Alfonso



Texto leído en la Fiesta Provincial del Teatro, Mendoza, el 13 de noviembre de 2009. Versión corregida.