Atmósfera etérea e irresistible

11.11.2015 19:45

SANTA FE. ARGENTINO DE ARTES ESCENICAS 2015. Fuera y dentro de festivales y encuentros, Cristina Gómez Comini y su compañía Danza Viva nos tienen acostumbrados al buen gusto, la técnica depurada y la creatividad en la puesta en escena. Pensar en Cubo 5, Área restringida, Anoche mariposa o Cuerpo impuro es pensar en ejemplos en ese sentido. Ahora le tocó el turno a El señuelo… en el umbral de la noche. Un trabajo que, sin dudas, ratifica aquellas virtudes.

Apelando a Gyla Kancheli y Johann Sebastian Bach en el terreno musical es, a partir de los silencios, contrapuntos y melodías que penetran a modo de anzuelos en las bailarinas, cómo éstas elaboran su mecánica corporal.

La percepción se agudiza, más y más, y los movimientos encuentran los canales adecuados para desplazarse, ya sea a solas o relacionándose. Esas relaciones se suceden entre cuerpos o con objetos (una serie de cilindros sirve para la ocasión), y encuentran la búsqueda y el entendimiento completos cuando todos los cuerpos y objetos interactúan.

Como agraciadas bordadoras, las bailarinas (Natalia Bazán, Mariana Pirra, Laura Fonseca y Candela Fain) van enhebrando gestos mínimos, ponen el acento en el detalle, se acotan en el espacio, para luego desplegarse buscando exhibir la vitalidad, la vida en relación, la integración con el espacio, con la luz (estupendo el diseño de Simón Garita-Onandía), con el sonido.

Esos tres elementos –espacio, luz, sonido- construyen en El señuelo… una abstracción tangible, si cabe la paradoja, un mundo paralelo, una atmósfera en el sentido estricto. Estos cuerpos que honran la femineidad cruzan umbrales lumínicos, se pierden en túneles ahumados, hacen equilibrios sobre notas musicales. Se caen. Con gracia. Y vuelven a empezar. Con armonía, con un sentido plástico estudiado y etéreo.

Con momentos de gran libertad –que simulan improvisación- y otros de estricta marcación (que hacen a esa cuestión relacional) la propuesta nunca abandona el sentido de la búsqueda a partir de lo que la música “dice”. Sea con ternura o de modo vibrante o pasional, los cuerpos van pintando un paisaje desconocido pero deseado. Y el espectador no puede sustraerse de él. Es decir: el señuelo funciona.

Fausto J. Alfonso