Bufón quejoso busca cómplices

08.11.2016 16:13

Por Fausto J. Alfonso

 

SANTA FE. ARGENTINO DE ARTES ESCENICAS 2016. Bufón (Sala Maggi, Foro Cultural) es una obra ambigua, pero no en el sentido que habitualmente se agradece. Ese que da chances al espectador para que dude y opte por distintas interpretaciones. Es ambigua en tanto contradictoria. Por momentos se presume crítica y progresista; pero por otros huele a facilista, demagógica y complaciente. Tiene esa actitud quejosa sobre la realidad socio-política y sobre el teatro mismo, que tan bien cae a cierto sector –de teatristas, sobre todo-. Es una pose que vocifera con desparpajo (bufonescamente, sería acá) tres o cuatro verdades sobre el público, la creación, los escenarios, los textos... ¡Los textos! ¡Los sagrados textos! Esos sobre los cuales ironizar, pero que finalmente darán chapa y profundidad a un espectáculo que en principio quiere patear el tablero del establishment espectacular.

La escenografía es ingeniosa, en idea y realización. Julieta Daga posee una incuestionable técnica actoral. Se escapa de lo clown para instalarse en distintas estéticas de interpretación a lo largo de su monólogo. Improvisa frente a cada uno de los espectadores que ingresa a la sala. Y hasta canta Flor de fango (sin dudas, tango muy bien escogido) desde  una perspectiva trágica absolutamente personal. Todo ello sumado al enoooorme esfuerzo de vivir encorsetada en un vestuario impactante y delirante.

Pero estos valores no alcanzan para contrarrestar la despotricante verborragia del texto (de Luciano Delprato, también director) ni los silencios pretendidamente incómodos con los que se la quiere combinar. El vaivén, como su esencia lo indica,  vuelve al asunto reiterativo (de hecho, estructuralmente, la obra es un permanente recomenzar) y eterno. Salvo para los espectadores que se ven obligados a participar improvisando sus propias bufonerías. El picadito de fútbol es triste, pero resulta casi una prueba rotunda de que el teatro no existe sin espectadores. O al menos este teatro. A ellos, a los humildes contribuyentes a estirar el drama: “la eternidad y un día”, parafraseando a Angelopoulos.

En su declamada incorrección, Bufón pretende no dejar títere con cabeza. Dispara hacia allí, dispara hacia allá. Pero, con guiños “cómicos” e inclusivos busca complicidades en el espectador, como para que todos nos hagamos cargo de sus propias opiniones.

En síntesis, trata de convencer. Pero el teatro, yendo al principio de estas líneas, nos debe hacer dudar, desde su esencial ambigüedad.