Después de aquel cruce, un Machín notable

09.11.2017 14:27

Por Fausto J. Alfonso

Fotos: Magdalena Busaniche

 

SANTA FE. ARGENTINO DE ARTES ESCÉNICAS 2017. EPISODIO 4. La geografía está llena de cruces y muchos de ellos parecen estar pensados simplemente para confundirnos. El teatro, también. Eso pasa con una propuesta en apariencia sencilla, pero que se enreda (a propósito o en búsqueda de una vana originalidad) en una dramaturgia que no entusiasma del todo. Dirigida por Gabriela Trevisani, El cruce (Teatro del Bardo, Paraná) cruza, justamente, el cuento homónimo de Sebastián Borkoski con relatos de Horacio Quiroga. La recreación de la atmósfera selvática, producto de los sonidos que los propios actores producen, más el despliegue físico de éstos, sorteando obstáculos no materiales en el marco de una fuga, es lo más interesante del asunto.

 

En El mar de noche, la referencia salta a la vista ni bien comienza el espectáculo. Estamos frente al tramo final -amplificado- de Muerte en Venecia, aunque en realidad el personaje, ese hombre maduro que agoniza de amor por un muchachito que se le escurre, está en Brasil. Quien también se escurre -por el cuero de un sofá- es el protagonista mismo: un Luis Machín abandonado, que espera en vano y confiesa durante una hora todo aquello que de profundo supone el amor, pero también lo otro, lo intrascendente. Eso que detallamos meticulosamente porque pensamos que nos dará la clave de algo importante, que nos explicará el misterio. Así, al poema desgarrador que se desprende de este cuerpo desgarrado, se suma la radiografía de la tela que recubre el interior de una valija, por citar un solo ejemplo. Es decir, como si en la vida todo fuese importante, fundamentalmente si se está enamorado. El notable trabajo del actor se traduce en una variedad de microgestos que se desperezan bajo una aparente inmovilidad absoluta. Machín se transparenta. Podemos ver cómo regula y hace circular la energía por todo su cuerpo angustiado. Como si presenciásemos la ecografía en vivo de un físico minado por el dolor, que ya ni la alegría brasileña podrá rescatar. Un espectáculo redondo, con texto de Santiago Loza y dirección de Guillermo Cacace.