Destrucción de una ciudad: los fantasmas del teatro Mendoza

22.11.2013 17:30

[1] En estas nuevas jornadas teatrales, se hace necesario hablar de cine. La situación no me disgusta, siendo el cine una de mis debilidades. Pero más allá de esta cuestión personal, se hace necesario hablar de cine para defender al teatro.

El pasado noviembre los mendocinos presenciamos la última edición del Bafici itinerante. En ese contexto, la proyección del film Construcción de una ciudad, en plena explanada de la Municipalidad de Mendoza, brindó a los cinéfilos una gratificante experiencia. Pero además, e irónicamente, dio pie para reflexionar sobre lo que la propia comuna capitalina descuida: el patrimonio histórico-cultural.

 

I

 

Efectivamente, luego de amagues y experiencias a medias, el Bafici itinerante tuvo “su” momento en Mendoza. Unos cuantos cortos y largos, documentales y no, coparon espacios municipales por cinco días. Hubo un marcado acento argentino-mexicano en la programación y actividades paralelas que subrayaron cierto glamour adolescente con el que se revistió a todo el evento.

Como parte de ese paisaje se pudo apreciar Construcción de una ciudad, una película de Néstor Frenkel, que semanas antes se había exhibido en el Cine Universidad y que dentro de unos pocos días se podrá volver a ver en el marco del festival Mirada Oeste, en Godoy Cruz.

No obstante, fue aquella proyección, la concretada en la explanada municipal, la que avivó relaciones quizás antes impensadas. Veamos.

 

II

 

El documental de Frenkel es un prodigio de originalidad y, sin dudas, esgrime múltiples argumentos para refutar al espectador prejuicioso con el género. Como Mariano Llinás en su obra Balnearios, el director ha comprendido que el didactismo propio del formato documental no debe privarse de ciertos simulacros ficcionales ni, mucho menos, del humor. Aún cuando esta “construcción” habla, fundamentalmente, de una “destrucción”. Para quienes todavía no han visto el film, conviene reseñar que alude a cómo, en nombre del progreso (la construcción de la represa de Salto Grande), desapareció la ciudad entrerriana Federación. Y a cómo el gobierno del dictador Videla mandó a construir, más allá, otra ciudad -bautizada Nueva Federación- que desde hace tres décadas trabaja por consolidar una personalidad que la aleje de la uniformidad con que fue concebida. La película tiene momentos muy creativos, en términos de miradas y montaje, y otros desopilantes, a cargo de personajes que en segundos se vuelven entrañables.

 

III

 

Pero lo que le otorgó peculiaridad a esa exhibición de Construcción de una ciudad fue el hecho de realizarse en la citada explanada. La técnica funcionó de maravillas y la noche estaba formidable. Mucho público, muchas risas, todo bárbaro. Lo irónico consistía en que la hermosa pantalla inflable alquilada para la ocasión, reflejaba el atropello a la cultura de un pueblo, a su patrimonio, en tiempos en que la Municipalidad de Mendoza se rodeaba de polémica al intentar deshacerse de uno de los pocos teatros que nos quedan. A veces es bueno que programadores y funcionarios no sepan qué van a exhibir o, en todo caso, no sepan relacionar. Esta ignorancia les juega a favor. Los exhibe como tolerantes y pluralistas. En fin, como democráticos; y, de modo inconciente, como autocríticos.

 

IV

 

Casi en simultáneo con el Bafici, el concejal Yazzli se fue de boca y tildó de hippies mugrientos a los artistas que no quieren que desaparezca el teatro Mendoza. Después pidió disculpas y se tomó tiempo para contestar las poéticas ironías del cantautor Jorge Marziali. Hace poco volvió a hacer uso de su incontinencia verbal e impunidad y desafió a los vecinos de ciudad prometiendo golpizas a quien lo provocara, según consta en una entrevista otorgada al periódico electrónico MDZ.

Pero Yazzli, desbocado y todo, es un personaje secundario en esta maratón de la improvisación y el remate que es la política mendocina. Hay verdaderos protagonistas que están como ausentes. O, contrariando al tango, como apagados. En esa categoría, el ejemplo contundente es Guillermo “Billy” Romero, funcionario vitalicio, recordado entre otras cosas por el affaire de las joyas bibliográficas y que hoy ocupa nuevamente un cargo en Cultura de la Capital.

Como muchos recordarán, él fue el gran impulsor de la compra de esa sala y no dejaba escapar oportunidad para hacer ostentación de su éxito inmobiliario, logrado tras arduas negociaciones. Corría el año 2000, es decir, no hace mucho. La UTN existía y evidentemente a nadie se le ocurrió pedir un informe técnico. Elecciones y cambio de autoridades por medio, fue Patricio Pina quien terminó inaugurando ese espacio, mientras Romero desembarcaba en Cultura pero de la provincia.

Hoy, la voz de Romero, en torno del tema, no se oye. En ningún momento protagonizó un debate y, curiosamente, desde el periodismo no se ha reflexionado sobre esta ausencia. Es más, en los últimos tiempos hemos podido leer una que otra entrevista a este gestor inmobiliario, donde el tema que nos ocupa no está presente, pero sí preguntas del siguiente calibre; “¿Por qué usted es colorado?” (sic Diario Uno).

Lo cierto es que la venta del teatro Mendoza significa un burdo atropello a nuestro ya esmirriado patrimonio cultural. Pero supongamos que -por una vez- las autoridades tengan razón y nada justifique seguir alimentando ese edificio. En ese caso, el atropello -a las arcas públicas- se produjo en el 2000, fruto de un mal y precipitado negocio que hoy un gobierno del mismo signo intenta corregir. Es decir, si no nos están estafando ahora, nos estafaron antes. Algo huele mal en calle San Juan y no son justamente las paellas del Centro Catalán.

De la construcción a la destrucción de una ciudad no media casi nada. A lo sumo nueve años.

 

V

 

Y mientras la Municipalidad anunciaba su decisión, desde el gobierno provincial se decía que iban a volver patrimonial al Teatro Mendoza. Después, fieles a la política del vaivén, se dijo que no.

En realidad, aquella sugerencia provenía, curiosamente, de otro radical, el senador Leopoldo Cairone. Y de allí, seguramente, el paso hacia atrás de los culturales hombres de Jaque.

El cine, que evidentemente todo lo sabe o si no lo intuye, nos brinda otro hermoso ejemplo para sopesar con humor nuestras penurias culturales.

Remontémonos a 1961, año de estreno de Fantasmas en Roma, de Antonio Pietrangeli. En este film con Marcello Mastroianni, Vittorio Gassman y Eduardo De Filippo, un puñado de fantasmas intenta preservar un antiguo palazzo de las garras del más abusador mercantilismo. En su excelente libro Habíamos amado tanto a Cinecittá, el colega Néstor Tirri comenta: “Así, ante la inminencia de que un capitalista internacional adquiera una vieja casona romana, baluarte del patrimonio histórico de la ciudad, los fantasmas del solar traen a un ‘congénere’ pintor (Gassman), un émulo del secento de Caravaggio, y entre gallos y medianoche le hacen pintar un affresco en la buhardilla del palacio, el cual, una vez descubierto, deberá pasar por una obra auténtica de siglos pasados. Con lo cual, naturalmente, el edificio quedará resguardado e incorporado a los lugares intocables del patrimonio”.

 

VI

 

El film de Pietrangeli tiene momentos notables, como cuando los empresarios sobornan a las autoridades ocultando fajos de billetes en las cocheras de las maquetas, para convencerlos de hacer megamercados en vez de conservar palacios. “¡Abra la cochera!, ¡Abra la cochera!”, insisten los comerciantes. Y los funcionarios ceden.

Según Tirri, Fantasmas en Roma es “un inteligente alegato sobre la destrucción del patrimonio cultural y la tradición histórica, amenazada por esa categoría confusa que suele disfrazarse de progreso pero que en realidad no es más que el crecimiento voraz de grandes pulls internacionales que van cambiando la fisonomía de las ciudades a ritmo vertiginoso. Todavía no se hablaba de globalización, pero esta situación constituía un inequívoco preámbulo”, dice el periodista.

 

VII

 

En nuestra ciudad, hace poco, el Elenco de Teatro de la Universidad Nacional de Cuyo estrenó El ladrón del fuego, segunda obra de Fernando Mancuso, dirigida por el propio autor. En ella, un grupo de teatristas pretende montar el mito de Prometeo, bajo la amenaza siempre presente de la desaparición del espacio teatral. Como en Fantasmas en Roma o como en aquellos Rojos globos rojos de Pavlovsky, esta propuesta habla de la resistencia y reivindica las apariciones fantasmales como metáfora de una conciencia que no debemos perder.

 

VIII

 

Seguramente, el teatro Mendoza también tiene sus fantasmas. Como los tiene la vieja ciudad de Federación o los palazzi de Italia. Lo que no sabemos es cuán astutos son y si están preparados para lo que se viene. Ojalá que sí.

 

Fausto J. Alfonso


[1] Texto expuesto durante las V Jornadas Provinciales de Reflexión Teatral CRITEA-Mendoza, abril de 2009.