Drácula y Fausto conviven en Lastarria

29.10.2014 18:10

Sinfonía. Compañía: La Factoría Teatro. Elenco: Lizet Alvarado, Nelly González, Paulina Flores, Matías Pozo y Marcos Belmar. Técnico: Juan Pablo Carvajal. Producción: Cuculí Producciones. Dramaturgia: Paulina Flores. Dirección: Marcos Belmar. Sala: Teatro Duoc UC L90, Lastarria #90, Santiago.

 

SANTIAGO (Chile). Domingo, exterior, noche. La coqueta vía Lastarria se traviste de posmoderna. Un berenjenal al que le cabe muy bien aquello de la hibridez. Suma tanta seducción como condimento bizarro, pero no pierde glamour ni se tienta por trocar en persa. Por aquí… quienes tienden sus mantas para ofertar cassettes amarillentos, libros impensados, blusas que parecen vestidos y vestidos que parecen blusas. Y dos pasos más allá… un buen puñado de restaurantes de alta gama hace de las suyas. Una heladería de reconocimiento mundial (Emporio La Rosa) se alza a pasitos de un cine que con su nombre hace honor a los orígenes (el Biógrafo), y espera a quienes salen de éste con gustos extraños, como el de Miel de Ulmo.

Desde el balcón mismo de su casa, un colombiano exhibe artesanías. “Todas hechas por mí”, aclara. Un trío flamenco intenta captar la atención de los paseantes, mientras su gorra hace lo propio con la atención de las monedas. Recorrer Lastarria es pasar, una y otra vez, de los precios de ocasión a los otros precios. Como si no bastara, a la postal se suma un casamiento, hecho y derecho: arroz, auto antiguo y una que quiere ser más que la novia. La mini iglesia de la Vera Cruz (o de la Veracruz) es una perlita arquitectónica, entre cafés, cafecitos y cafetines, cual más tentador que el otro. En síntesis, una verdadera sinfonía humana, edilicia, visual, en la que cada uno se luce con su parte.

Pero en la misma Lastarria, a la altura del 90, donde se emplaza el Teatro DuocUC, otra sinfonía es la que suena. Se trata de la que reúne a dos personajes míticos y seductores: Drácula y Fausto. Criaturas que por siglos han fascinado a adaptadores e intérpretes y que aquí, justamente reunidas bajo el título de Sinfonía, revalidan su romanticismo border, de la mano de la Compañía La Factoría Teatro.

El mérito de La Factoría –que viene sumando elogios con esta propuesta desde hace varios años- se asienta tanto en el fondo como en la forma. La dramaturgia –a cargo de Paulina Flores- supone una concentración de las fortalezas y debilidades del conde y el doctor; una labor de síntesis que redunda en agilidad sin sacrificar agudeza. Y que le sonsaca, a estos personajes vastamente conocidos, una comicidad entre pícara y näif apropiada para un público heterogéneo.

Sobre el escenario, la esencia: dos transacciones por las que se aspira a eternizarse o a perpetuarse en “otro” de modo no convencional. O, al menos, a dilatar el propio final sin importar perder la dignidad (algo muy propio de los políticos argentinos, dicho sea de paso). Negociar es ejercer el poder y toda negociación lleva en sí misma un pequeño -o gran - acto de perversión y/o de extorsión. En Sinfonía, esto queda claro y genera tanto el punto de partida como el contexto adecuados para reflexionar sobre otros avatares, como la ambición desmedida, la adulación interesada, las confabulaciones, la seducción de aquel poder y hasta el sexo como herramienta para administrarlo o, desde la vereda opuesta, para asociarse a él.

Fundado en 2002 por Flores y Marcos Belmar, el elenco La Factoría trabaja bajo la modalidad del teatro físico, motivo por el cual, la labor del intérprete adquiere múltiples responsabilidades que pueden conducir el espectáculo con éxito hacia su destino final o hacerlo naufragar estrepitosamente ni bien comienza. Sinfonía –cuarto montaje de La Factoría- cuadra en la primera opción, ya que sus cinco intérpretes dominan el espacio y la comunicación de modo de no necesitar mayor apoyo que dos o tres objetos que se resignifican una y otra vez.

El resto, la actuación como relato y como drama, la escenografía, la utilería, la musicalidad (salvo una sorpresiva y graciosa incursión de The Carpenters), los ruidos y el sonido ambiente, pasan por el cuerpo de los actores, ya sea resueltos con simples articulaciones para simular, por ejemplo, una fuente, o bajo entramados más complejos que pueden dar por resultado desde una taberna a un laboratorio.

Aquella comicidad destacada encuentra en los intérpretes el modo para crear curiosas relaciones con el espacio, jugar con las supuestas dimensiones de las cosas -todas ellas invisibles- y trabajar con la gráfica de los gestos y los signos que provoca (cuernos, cruces, colmillos y otras yerbas) desde una perspectiva creativa y bien ensamblada al texto.

Puertas que chirrian, pajaritos que revolotean, botellas que se desagotan… El terror acechante y el amor brujo. La Margarita despreciativa y la misma Margarita, especuladora. Como en vía Lastarria todo se mezcla y conjuga. No es extraño, entonces, que Drácula y Fausto convivan bajo el mismo techo por 60 minutos. En este caso, armonizados por una puesta en cámara negra, con un vestuario base, iluminación puntualizada y miradas intensas. Miradas de esas que -como más o menos lo dice el personaje prologuista- mientras más penetran en el fondo del abismo, el abismo más penetra en ellas.

 

Fausto J. Alfonso