El amor y después... el amor

11.11.2015 14:26

SANTA FE. ARGENTINO DE ARTES ESCENICAS 2015. La ya tradicional fiesta del teatro y la danza que impacta en la capital santafesina, llevó la impronta del amor en su primera jornada. Relaciones contrariadas, vencidas, trágicas, apasionadas, condicionadas, diversas, fueron referidas por las puestas inaugurales, de modo folletinesco, melodramático y avaladas por la canción romántica.

Pocos minutos habían pasado desde que Federico Irazábal había presentado su Teatro Anaurático (Ediciones DocumentA/Escénicas), en peculiar "puesta" y junto a Maricel Álvarez, soberbia actriz. Pocos minutos habían pasado de esa "no presentación de libro", durante la cual el amor también filtró sus gestos, hasta que irrumpió en la Sala Maggi del Foro Cultural el elenco de la Comedia UNL para pintar las boquitas que alguna vez imaginó Manuel Puig.

Dirigida por Juan Parodi, la propuesta recuperó los principales nudos argumentales de una novela de improbable plasmación escénica, dados sus profusos ingredientes epistolares y un complejo de relaciones que juegan con el tiempo y a lo largo de él. A primera vista, la versión luce agradable, sobre todo por las buenas actuaciones que la apuntalan y por el rescate de un léxico que define a todo un pueblo, sus clases sociales, sus deseos y oscuridades.

La palabra, bien dicha casi siempre, se transforma en el principal hilo conductor, generando una tensión irónica, que oculta profundas envidias y frustraciones, a través de recursos como apartes y comentarios, y completada por la materialidad de las cartas y el teléfono. 

La acción propiamente dicha no ostenta la misma regularidad. Por momentos encanta o seduce, aunque pocas veces sorprende, y por otros se vuelve trabada. Esto último resulta de su relación con un dispositivo escénico pensado para dinamizar (compuesto por tres construcciones rodantes, de ventanas rebatibles, que simulan distintos ámbitos), pero que termina volviéndose en contra en varios pasajes. Quizás el momento que mejor representa esta limitación sea el asesinato de Pancho, donde aquellos paneles y su manipulación se vuelven torpes y desesperantes al igual que el fisgoneo y posterior juego de gato y ratón que ensaya la Raba antes de liquidar al infiel.

Aún con algunos minutos de más, que incluyen falsos finales, el interés se sostiene por el encanto decadente de los personajes, presumiendo que la decadencia pueda tener encanto, claro. Los amores hondos y truncos, envueltos en cursilería; el machismo especulador y tramposo, que pierde su entereza frente a un destino enfermizo; mujeres que protegen dudosos valores; la religiosidad pueblerina y los paisajes contrapuestos (el interior/la gran ciudad) están allí, homenajeando al autor.

Un autor que, se sabe, era un cinéfilo confeso y al que tal vez le hubiese gustado este trabajo, que podría haber observado desde alguna de las butacas típicamente cinematográficas que forman parte de la escenografía, mientras resuena Favio y su Quiero aprender de memoria o aquel Soleado que ilustró Nazareno Cruz y el lobo. 

Boquitas pintadas se malogra por la precariedad de la producción. El vestuario y la utilería proveen de varios ejemplos. Hay una búsqueda estética por momentos realista, por otros distanciadora, y por otros con destellos kistch, como si las limitaciones presupuestarias hubiesen obligado a ir tomando partido por una cosa o por otra a medida que se avanzaba. 

Además, la disposición escénica tan apaisada, que estira innecesariamente la falsa boca de escenario, hace que la acción pierda concentración y contundencia, junto con el nivel de atención del público. En síntesis, un trabajo que merece perfeccionarse en honor a los actores y a la adecuada lectura y transposición de la fuente.

 

Los clisés como novedades

 

Por su parte, el polifacético Carlos Casella presentó en la Sala Mayor del Teatro Municipal su show musical Babooshka! (por el tema que popularizó Kate Bush en los '80, por supuesto), un intensísimo tour por canciones que resultan ideales para que despliegue un histrionismo que se muestra improvisado y calculado al mismo tiempo.

Con contadas excepciones, los temas escogidos (que Casella canta en inglés, castellano y un discutible italiano) se popularizaron en la voz de mujeres. Jugando con la ambigüedad, ironizando sobre "las condiciones", buscando parodiar con el cuerpo lo que la voz va sosteniendo seriamente y con gravedad, el artista entretiene y conmueve, nos canta historias, nos deslumbra con sus contorsiones y simpatía. Se vuelve dulce y melancólico.

La afilada relación con su estupendo cuarteto de músicos (Jaqui Barra, Pedro Onetto, Nicolás Rainone, Alejandro Terán) hace que éstos superen su presencia como ejecutantes para transformarse en interlocutores dramáticos de sus ocurrencias. Mientras recupera gestos que nos recuerdan a Raphael o a Miguel de Molina, se pasea por todo el escenario con zumbona comicidad, o pasa de la melodramática Besos brujos a la más que oportuna Todos me miran, de Gloria Trevi, Casella provoca un feedback inalterable a lo largo de ochenta minutos. 

Ya sea una gata en celo evocando a la Durcal o un marinero prendado de una sirena, el artista resignifica todo lugar común asignado al tema amoroso a partir de sus propios recursos y aditamentos. Presenta los clisés como novedades, y le saca el jugo al juego de su cuerpo con el vestuario, sugiriendo ocultamientos, desnudeces y acciones varias prácticamente con nada. Un show redondo.

 

Fausto J. Alfonso