El destinatario de la crítica

23.11.2013 17:23

Ni demagogia ni complacencia. Se suele creer que el destinatario de la crítica periodística es el artista. Un error grueso, tanto como pensar el ejercicio de la crítica en términos de objetividad. O como pretender que el derecho a réplica se practique frente a cada opinión. A continuación, algunas reflexiones sobre estos temas.[1]

 

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A riesgo de pasar por primitivo, sigo enrolándome entre quienes piensan que el crítico escribe para un público que fue y para uno que puede ser. Para un público que coincidirá y para otro que no. Para un público que cree en la crítica y para uno que descree, pero que igual la lee. Para uno que quiere informarse, para otro que quiere orientarse y para aquél al que le gusta indignarse (como yo público-lector en múltiples ocasiones). En fin, para el público.

Coincido, sin que él lo sepa, con el crítico de cine Jorge Carnevale, quien asegura escribir no para “iluminar” a algún director de cine, joven o viejo, sino para los lectores-espectadores. (1)

Del mismo modo, creo que la crítica teatral, antes que faro para el artista es faro para el espectador. Un faro de luminosidad ambigua, que aclara y oscurece a un mismo tiempo; que ayuda pero exige ese esfuerzo que, en muchas ocasiones, el espectador promedio no está dispuesto a hacer.

No obstante, mi necedad tiene un límite. Sé que existen distintos destinatarios de la crítica. En primer -e indiscutible- lugar, el público. Aquél que compartió el evento y el que potencialmente se acerque al espectáculo. Este es el principal destinatario de la crítica. El crítico trabaja fundamentalmente para él, del mismo modo que el artista trabaja fundamentalmente para el público y no para agradar a la crítica. En segundo lugar, los artistas. Ese destinatario calificado y particularmente interesado.

La investigadora Anne Ubersfeld discrimina al receptor de la crítica entre destinatario-lector y destinatario-profesional del teatro. A su juicio, el lenguaje crítico actuando sobre el destinatario lector “es doble, directivo y asertivo a la vez”, porque por un lado recomienda ir o no a ver tal espectáculo (directivo) y por otro hace ver los distintos componentes de lo que puede o no ver el público.

“Discurso propiamente pedagógico y curiosamente ambiguo -dice Ubersfeld-: se dirige no sólo a quien no ha visto sino también a quien ha visto para permitirle reflexionar sobre sus percepciones. Discurso ambiguo que reposa en dos presupuestos en cierto modo contradictorios: a) yo no sé de eso más que ustedes, lo que les comunico es simplemente la aserción de mi placer o de mi no-placer; discurso por tanto del placer y que informa sobre la preceptiva del emisor; b) yo sé de eso más que usted y en nombre de mis referencias culturales y teatrales, puedo mostrarles (acto de lenguaje directivo: vea, escuche) lo que no percibirían sin mí; discurso del conocimiento de la ‘ciencia’, incluso si esta ciencia no está exenta de subjetividad”. (2)

Ubersfeld encuadra sus apreciaciones en una reflexión sobre las trampas que encierra la crítica, sus ambigüedades, sus contradicciones. Pero pese a desdoblar al receptor de la crítica, no deja de subrayar que el público (lector, oyente, televidente) es el primer y principal destinatario.

Quedan atrás los artistas (que exigen la complacencia), los medios (que exigen de modo directamente proporcional a la publicidad que facturan), los jefes de redacción (que exigen un lenguaje “que todos entiendan”) y uno mismo (que se exige paciencia infinita).

Pero, si bien se escribe para el público, no se escribe para agradarlo. Como tampoco para seducir a la literatura, a los academicistas o a los cientificistas. Porque la crítica periodística, cuando deja de ser periodismo, hace que su componente crítico devenga en el exclusivo capricho de escribir bien con el riesgo adicional de que no se logre siquiera eso. Ciertamente, la crítica periodística no debe ser elitista, pero mucho menos demagógica.

En los últimos tiempos, la práctica de la crítica demagógica está haciendo estragos en los medios. Mendoza no es ajena a ese fenómeno y es muy frecuente ver artículos presuntamente críticos que en realidad han sido pensados (decir pensados es una forma de decir) deliberadamente para agradar al público-lector.

En el terreno de la música y la televisión, fundamentalmente, abundan estas prácticas vinculadas más con la actividad publicitaria que con el periodismo; y lo digo con conocimiento de causa porque soy también publicista, aunque no ejerza. En el campo teatral, también existe esta degeneración de la crítica. Las causas pueden ser varias: por desconocimiento del periodista, por orden expresa de los directivos del medio, por la inercia que deviene de críticas favorables previas, por la legitimación oficial con la que cuentan determinados artistas, por las presiones de los anunciantes, porque el medio es a su vez productor o auspiciante del espectáculo o del artista, etcétera.

El crítico que tiene temor al “queda mal decir” sería oportuno que se dedique a otra actividad. No le hace favor alguno a nadie censurándose, y mucho menos a sí mismo. En Mendoza, “pueblo chico, infierno grande” (siguiendo la definición siempre vigente del colega Rubén Valle) queda mal decir, por ejemplo, que Ernesto Suárez se repite, que Tilín Orozco es aburrido, que Daniel Quiroga era mejor como mimo que como monologuista, que Jorge Sosa es cursi o requetecursi, que directores consagrados como Gladys Ravalle, Walter Neira, Claudio Marínez, Daniel Posada, Maximino Moyano también pueden equivocarse. Como bien me puedo estar equivocando ahora con estas apreciaciones. O como mal me puedo estar equivocando ahora con estas apreciaciones.

La excusa de siempre es: “...pero es que llenan todas las noches” o “...a la gente le gusta”. Evidentemente, ese crítico tiene poco clara su misión. Una cosa es escribir para la gente y otra cosa es ser su vocero.

Hace poco leí una seudocrítica sobre el último espectáculo de Pimpinella en Mendoza. En determinado momento, el periodista se preguntaba cómo criticar a un dúo que lleva 25 años de trayectoria y que siempre ha sido tan convocante. La respuesta sería: con la misma seriedad con que algunos periodistas cuestionaron el Ricardo III que hizo Alcón en algún momento (con cuatro décadas de trayectoria ya a cuestas) o con que cuestionaron el film El aviador, de Scorsese, realizado luego de obras consideradas maestras como Taxi driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo o Buenos muchachos.

Pero volviendo a los destinatarios de la crítica y, más allá del público y de los artistas, hay que recordar que la crítica también puede influir o afectar a otros destinatarios interesados de segundo orden: los programadores y gestores culturales, los dueños de las salas, los funcionarios de cultura, los auspiciantes, otros medios de comunicación y también a otros críticos y periodistas (que en ocasiones coinciden “textualmente” con uno, sin citar la fuente; y en otros casos, los menos, discrepan con elegancia y fundamentos).

Personalmente, siempre relaciono el tema del destinatario con el del derecho a réplica en el marco de la crítica de espectáculos. Para algunos editores, que provienen de otros ámbitos y creen que el principal destinatario de la crítica es el artista, es aceptable el hecho de una contracrítica, a veces publicada de modo más destacado que la crítica del periodista. Sin dudas, en mente de tal editor va de por medio especular con una polémica con la posterior intención de beneficiar vaya a saber a quién.

La mayoría de las veces esa polémica no llega. Los beneficios tampoco. Se pierde tiempo, trabajo, tinta y papel. No se construye más de lo que ya se construyó con la opinión del artista (su creación) y la del crítico (su crítica). Claro que en el marco de otro tipo de expresiones periodísticas, la cosa cambia.

“A nadie le gusta que lo critiquen, y eso es natural -dice Pablo Sirvén-. Pero saber aceptar o resistir una crítica civilizadamente, sin que se desaten nuestros demonios internos, es un buen signo de tolerancia que, lamentablemente, pocas veces se aprecia.

“Un buen parámetro de salud democrática de una sociedad, precisamente, depende de su capacidad para aceptar de buen grado las críticas que puedan hacerse miembros de la misma entre sí sin perder los buenos modales ni declararse la guerra.

“Los orígenes autoritarios de la conquista española de nuestra América latina, los distintos autoritarismos que supimos erigir a través de repetidas dictaduras militares de distinto signo (de Pinochet a Castro) o democracias paternalistas que propiciaron (o propician ahora mismo) el recorte constante de la libertad de opinión, o la censura lisa y llana han cincelado nuestra verdadera tolerancia hacia la diversidad y todo aquello que no coincide con lo que cada uno piensa.

“En este contexto, la crítica periodística de espectáculos toca una de las zonas más sensibles y que mayores controversias despierta, máxime desde hace unos años en que a la opinión de cada crítico se le adosan estrellitas que califican de ‘malo’ a ‘excelente’, como una suerte de síntesis dramática de su texto”. (3)

No siempre, entonces, la crítica es recibida de buen grado, y muchos artistas se creen con derecho a que se les publique una contracrítica para explicar lo que realmente quiso decir con su obra y que el crítico, bruto y malintencionado, no logró entender y consecuentemente no logró transmitir al público.

Dice Fernando Toledo: “Muchas veces se plante auna dicotomía absurda: el crítico vs. el artista. Casi sismper, la oposición aparece cuando la opinión del crítico no abunda en elogios para con la obra del artista. Y allí radica un error; ya que el crítico y el artista, generalmente, deberían disentir más que coincidir. Uno está para preguntar y otro para responder (faltaría decidir cuál hace cada cosa, es cierto), pues jugan roles distintos. Y porque, si se quiere, pueden prescindir el uno del otro. Esto último puede sonar absurdo, pero si somos estrictos, el crítico sólo necesita la obra y si quiere puede ignorar al artista. Y el artista, puede preocuparse bien por su obra y que sea vista, más allá de si recibe o no una opinión”. (4)

Dejando todo academicismo de lado y atacando el tema de raíz, en el artículo “Algunos críticos son pura mierda” (5), el hace poco fallecido crítico Aníbal Vinelli se queja con justicia de todo y, sin querer, desliza lo que tendría que ser el ABC de la crítica, otorgando una clase gratuita a críticos improvisados y malavenidos.

Un punto de su texto atiende a los tiempos del artista y del crítico y al tema del derecho a réplica. Consecuentemente, atiende al destinatario de la crítica. La nota tiene quince años y goza de muy buena salud. De la crítica, ¿se puede decir lo mismo? Tal vez no, la crítica tiene muchos más años. Y, se sabe, los años no vienen solos. A veces son críticos, en el peor sentido.

Harto del manoseo al que se somete a la profesión, harto de los críticos que se dejan manosear y harto de los caprichos de ciertos artistas, Vinelli señala: “Las leyes del juego no impresas de la profesión indican, en principio, los siguientes pasos: el artista (o el que pasa por tal) nos asesta su película desde una pantalla (o su pieza de teatro, que los colegas que comentan la escena -o como bien podría confirmarlo mi sufrido y talentoso colega y compadre uruguayo, Gerardo Fernández- también padecen lo mismo) y el crítico escribe su reseña. Estamos uno a uno, cada cual dijo lo suyo y la cosa debería terminar allí. Pero no es así. Y ello por una multitud de razones, empezando por la ignorancia de algunos -no todos, a Dios gracias- responsables de Espectáculos o jefazos de Redacción; entre los primeros, los hay que, por poner la caripela alguna vez por la tele, sueñan saberlo todo, particularmente en los terrenos del espectáculo, en el que, como en Deportes, cualquier cacatúa se siente con derecho a pontificar y, lo que es aún más grave, a escribir. Y entre los segundos, hay buenos periodistas de otras áreas, que de esto no saben un carajo, pero se creen habilitados para entrometerse.

“Otro problema -sigue Vinelli- pasa por la gente del espectáculo al que se alude en la crítica: los hombres del show, saben del valor de la publicidad, máxime si es gratuita. Y con muy mala leche, una vez publicada la crítica que no los favorece, actores, productores o directores, envían una carta al medio que las publicó, generalmente al director, para quejarse. Y de paso responder al periodista opinante, utilizando argumentos discutibles. Porque siempre se trata de una opinión más y de otra muy parcial e interesada: raro es el artista que escriba para decir que el crítico tiene razón, que la obra o su intervención en ella es una porquería y que cuando subió a escena estaba intoxicado o con diarrea. Ninguno lo hace. Consintiendo en este procedimiento bajo la excusa de darle voz a los que no la tienen -lo que es una falacia y un acto de demagogia- los responsables de los medios, por amiguismo puro con los artistas (la mayoría son unos cholulos incorregibles o mantienen negocios o relaciones extraoficiales por sí o por parientes con los artistejos) o para beneficiarse con la polémica (cualquier cosa con tal de vender) publican la réplica, en el peor de los casos sin permitirle al crítico que haga su descargo para no confundir todavía más al lector. Cuando la réplica sale en una edición y la defensa del crítico en otra, el lector ya no entiende nada. Y en cualquier caso, los directores o jefes hacen un pésimo negocio: escupen al cielo al no defender a su crítico, le quitan seguridad y credibilidad, se niegan a sí mismos y al medio que deberían representar mejor”.

La opinión del artista es siempre interesada, por lo tanto, su contracrítica no guarda ninguna validez. ¿Cómo atender a una carta en la que hace abuso de su falta de modestia simplemente porque no está de acuerdo con la opinión de un crítico que, quizás, en otras ocasiones habló maravillas de su trabajo?

Todo se basa en una simple y elemental cuestión de turnos, donde, en última instancia, la crítica periodística es el derecho a réplica luego de que. Primero, el artista presenta su propuesta, entendiendo que, con ella, está emitiendo una opinión. Luego, el crítico emite la suya. Y punto.

Obviamente, muchos artistas mendocinos no coinciden con esto que acabo de decir y, cuando una opinión no los favorece, exigen al medio disculpas públicas y reprimendas hacia el crítico. En ocasiones se encuentran con algún reblandecido director periodístico o jefe de redacción, que para sacarse rápido el tema de encima le publican la contracrítica en esa sección -siempre discutible para mi gusto- donde escriben los lectores. Como contrapartida, hay que decir que es raro que esos mismos artistas se quejen ante los medios exigiendo una mayor formación profesional para aquellos periodistas que juzgan con liviandad y demagogia los espectáculos que le tocan en suerte.

Por lo general, los ejemplos de ese tipo (es decir, de artistas quejosos que buscan la réplica) proliferan cuando la crítica atraviesa sus períodos más fecundos en los medios. No es el caso del momento que estamos viviendo, en el que la crítica no tiene prácticamente cabida en los medios y, cuando la tiene, es, con excepciones, la resultante insulsa y populista de una serie de condicionamientos. Condicionamientos que algunos periodistas están dispuestos a aceptar y otros no. Los que aceptan, en caso de tener conciencia, tendrán de allí en más un problema de conciencia. Los que no, tienen importantes chances de ser marginados.

En ocasiones, no es el artista quien se queja, sino algún amigo o un grupo de amigos, que con indignación reclama justicia bajo la autodenominación de “espectadores comunes”. Para no fastidiar con ejemplos, me voy a referir a un solo caso, que me tocó protagonizar.

Ante una crítica teatral poco favorable que publiqué en Los Andes hace un tiempo, la autora de la obra (no voy a dar el nombre porque aquí lo que importa es el hecho y porque confío en la perspicacia de mi auditorio) se ofuscó tanto que no tuvo mejor idea que nuclear a sus allegados y hacerles firmar una carta que luego envió al director del medio. Los firmantes, se expresaba allí, eran espectadores comunes y refutaban punto por punto todos los argumentos vertidos por mí. Evidentemente, habíamos visto dos espectáculos distintos: yo, el espectáculo hecho por determinados artistas; y ellos, el espectáculo hecho por determinados amigos. No había ni una coma en común.

Hay dos aspectos importantes para rescatar de esa experiencia. Primero, bastaba con leer las firmas para darse cuenta de que los espectadores comunes eran muy poco comunes. Entre los firmantes figuraban un ex-rector de la UNCuyo; dos funcionarios de Cultura (que hasta hoy se reciclan en distintos puestos sin sonrojarse; esto último también es una forma de decir); dos directoras teatrales; un editor y político; un cura progresista y otras personas que sumaban algo más de veinte. Todos, pertenecientes o simpatizantes al signo partidista de la autora en cuestión y, lógicamente, amigos.

El segundo asunto importante: la esencia de esta réplica giraba básicamente en torno de un argumento extraartístico, lo que acentuaba el carácter sospechoso de la agrupación replicante. El tema central de la obra era la pena de muerte. Al no recibir una crítica favorable, el crítico automáticamente pasaba a ser un insano que, al desmerecer un espectáculo con una temática tan trascendente, se transformaba, en la mirada reduccionista de esta gente, en un apologista de la pena de muerte. Es decir, una ligereza impropia de la supuesta estatura intelectual de la que han hecho gala, a menudo, estos “espectadores comunes”.

Curiosamente, a los pocos días del envío de aquella carta jamás publicada pero que atesoro (ya que el director me la dio), hubo parte de ese grupo que -tal vez presuponiendo futuras censuras hacia sus trabajos- se arrimó hasta el periódico para retractarse, argumentando que habían firmado la carta “a las mil y quinientas” (sic), sin reparar atentamente en su contenido.

Esa experiencia no es la única que me ha tocado en suerte, lógicamente. Como tampoco soy el único. Han vivido episodios similares mis colegas Patricia Slukich (a la que quieren correr los productores de moda), Carolina Baroffio (que tiene que lidiar con dramaturgos importantes), Silvia Lauriente (que ha padecido el sacrosanto tema de la Vendimia) y el ya citado Fernando Toledo (al que han querido apurarlo con varias réplicas), entre otros.

Para completar esta idea, cito un caso pariente. Pariente lejano, para ser preciso. Stanley Kauffman, uno de los críticos cinematográficos más mordaces que ha dado los Estados Unidos, señaló alguna vez que después de su crítica a la película La hora final (originalmente On the beach, dirigida por Stanley Kramer) “fui castigado con la implicación de que todo aquel que encontraba defectos en el film estaba en contra de la paz”.

Por supuesto que Kauffman no se amilanó y frente a un posterior film de Kramer (El juicio de Nüremberg) también dijo lo que pensó: “Ahora estoy dispuesto a que se me considere pronazi, a pesar de lo cual debo señalar que Kramer es simplemente un realizador ‘espectacular’ más que trata los problemas político-sociales con el mismo Apparat hollywoodense que emplearía si estuviera haciendo un drama familiar lacrimoso: repartos tachonados de estrellas, sin tomar en cuenta la actitud para el papel; inventiva para mantener el guión dentro de límites que lo hagan digerible para las masas; y un manejo de la cámara típico del ‘gran studio’ en cuanto al tratamiento de los actores principales”.

 

Sintetizando:

- El crítico debe asumir su rol evitando toda demagogia hacia el público y toda complacencia hacia el artista. Poniendo todos sus conocimientos al servicio de una lectura personal y, en lo posible, creativa, del espectáculo que presenció. Aún, cuando coincidimos con Federico Irazábal en que “el crítico no habla en soledad sino que en sus discursos están presentes todos los condicionantes del medio en el que se desarrolla”. (6)

- Dice también el autor de Por una crítica deseante: “... creemos que cuando hablamos de arte, hablamos de mucho más que de arte. Ya que de lo que se trata es de un posicionamiento ideológico, presente en lo discursivo y regido por complejos preconceptos y sistemas de valores que nos constituyen primero como sujetos y luego como críticos”. (7) De aquí, por otra parte, se deduce el absurdo de reclamarle “objetividad” a una crítica de espectáculos, tema que ya hemos abordado en otras ocasiones.

- Con todo, el crítico debe asumir que su actividad periodística-intelectual está, primero, al servicio de un lector, y segundo, de un artista al que, eventualmente, puede contribuir con sus apreciaciones. El ejercicio de la crítica libre es lo que le va garantizar credibilidad al periodista, aún cuando no se coincida con sus argumentaciones; y es lo que va a contribuir a la salubridad del ambiente teatral.

- Quizás, en esta época multimediática, globalizada, descomprometida e irresponsable, para algunos suene un tanto ingenuo pretender una crítica independiente, transparente, atractiva, entretenida y profunda al mismo tiempo. Pero, en última instancia no es más o menos ingenuo que lo que pretenden algunos teatristas: un teatro independiente, transparente, atractivo, entretenido y profundo al mismo tiempo.

- Creo que aspirar a ese tipo de crítica y a ese tipo de teatro es el desafío de hoy.

 

Fausto J. Alfonso

 

Notas:

(1) CARNEVALE, Jorge. En Revista Ñ, Buenos Aires, 04/02/06, página 33.

(2) UBERSFELD, Anne. En “Las trampas de la crítica teatral”. Revista Teatro Celcit, Año 1, Nº 1, 1990, Buenos Aires.

(3) SIRVEN, Pablo. En su columna Entrelíneas, en La Nación, a propósito de las críticas negativas recibidas por la ópera La Traviata (puesta del Teatro Colón en el Coliseo) y la película ¿Infidelidad?, de Miguel Oscar Menassa. Chamli, desataron un interesante debate

(4) TOLEDO, Fernando. Función de la crítica. En Cuadernos de Picadero N° 8, INT, Bs. As., Diciembre de 2005, págs. 6 y 7.

(5) VINELLI, Aníbal. En Revista Humor, Ediciones de la Urraca, Número 360, Junio de 1993.

(6) IRAZÁBAL, Federico. Por una crítica deseante, INT, Bs.As., pág.107.

(7) IRAZÁBAL, Federico. Por una crítica deseante, INT, Bs.As., pág.91.



[1] Ponencia presentada en las III Jornadas Provinciales de Reflexión Teatral CRITEA-Mendoza.