El día que David Lynch dirigió la Vendimia

11.03.2015 20:19

Mezcla de obra pública con acto político, la Fiesta Nacional de la Vendimia no es mucho más que el cumplimiento anual de una rutina. Con ínfimas variaciones, año a año se erige en el Frank Romero Day ese socotroco que se pretende hacer pasar como una creación artística por el obvio hecho de que reúne, sobre un escenario, a artistas. A sus plantas se rinden políticos, periodistas y empresarios, en un hipócrita ataque de mendocinismo que en el fondo esconde la necesidad de sacar tajada por algún lado. Un verdadero circo que ofende a los payasos de profesión.

A la Fiesta Nacional de la Vendimia no la salva Peter Brook ni Marcelo Tinelli. Siempre fue, es y será un detonador para el bostezo, una acumulación de cosas (mientras más, mejor), una sobredosis de cursilería. Una receta, bah, que hay que cumplirla, sí o sí, para mantener anestesiada “la tradición”. Por eso, no se trata de dar con el director adecuado. Cualquiera que tenga un carácter más o menos sólido, propio de un capataz (no nos olvidemos que estamos ante una obra pública) lo puede hacer. Y de hecho se ha hecho. Pero vamos por parte.

Reconocidos artistas de distintas disciplinas llegaron a esa meta que se presume tan codiciada: dirigir la Vendimia. Nunca sabremos qué los motivó a entrar en competencia. Las declaraciones periodísticas siempre están condicionadas por la incuestionabilidad del rito vendimial. Eso sí: todos prometen que su puesta será revolucionaria, o cuanto menos, renovadora. Tras el acto consumado, reconocen que debieron consensuar tal o cual cuestión, porque hay elementos que no se pueden alterar, que hacen a la esencia y bla bla bla.

“Lo sorprendente es que haya directores de teatro que sueñen con dirigir la Fiesta de la Vendimia. Es como si un artista plástico suspirara por dibujar la raya blanca en la nueva ruta a Potrerillos”, disparó hace un tiempo en una entrevista el director y dramaturgo Daniel Fermani, adhiriendo de algún modo a la tesis de la obra pública.

El caso es que con el tiempo hemos asistido a Vendimias conducidas por gente cuya condición de artista no se puede poner en discusión. Siempre, con la esperanza de encontrarnos con un espectáculo que no sólo le ponga por las hileras, sino que al menos cumpla con uno de los tres preceptos mínimos que se le pueden exigir a una obra artística: nos deslumbra con su belleza, nos entretiene con sus proezas o nos incomoda con sus ideas. Finalmente, siempre se trata del mismo bodoque. Que al turista le guste es otro asunto. Sabido es que, puestos en turistas, a todos no puede llegar a gustar cualquier cosa.

Pero... ¿no se trata de la fiesta de los mendocinos y para los mendocinos? Si es así, deberíamos tener derecho a ver un auténtico megaespectáculo de nivel, año tras año. Y, algo fundamental, que lleve la marca del autor de turno. Si no, es imposible hablar de arte. Las diferencias entre una puesta y otra deberían ser tantas como las que existen entre un montaje de Walter Neira, una coreografía de Vilma Rúpolo o una performance de teatro-danza de Alejandro Conte. Dicho esto por citar a cuatro elogiables artistas que han accedido a la dirección de la Vendimia e inevitablemente cayeron en las garras de su pasteurización. Afortunadamente para ellos, y para quienes seguimos sus creaciones “personales”, pudieron volver de Vendimia. Por lo que se puede descartar que Vendimia sea sinónimo de Muerte o de Ridículo, aunque coquetee con ambos.

La Fiesta de la Vendimia es una obra a pedido. A pedido del Estado. Como toda obra por encargo, las pretensiones de creatividad deben reducirse al mínimo. No pasa sólo con Vendimia, claro. Pasa con el cine, la música, la literatura, el teatro... Lo valioso está en reconocerlo. Un artista no se recibe de gran artista por dirigir la Vendimia (ni un periodista de gran periodista por cubrirla). Como están planteadas las cosas en Mendoza, el artista a lo sumo podrá vivir un poco más holgado ese año. Pero este ya es otro tema, de dinero, que nada tiene que ver con el arte. ¿O sí?

Durante catorce años seguidos cubrí la Vendimia para medios de los llamados grandes. Fue un verdadero padecimiento, pero aseguro haber puesto mi mayor voluntad y desprejuicio para rescatar aquellas marcas identitarias del espectáculo del momento. A veces, el esfuerzo fue sobrehumano. Los textos pueden dar fe de ello, pero también de la sinceridad y el respeto con que me enfrentaba al análisis. A la tercera cobertura ya me di cuenta de lo que me esperaba: ir una vez al año a ver siempre lo mismo.

Estando en relación de dependencia, no siempre se puede elegir. Mientras le rogaba a la Virgen de la Carrodilla que no me enviaran al teatro griego, otros periodistas hacían lo propio pidiendo lo contrario. Los encargados de Redacción siempre han hecho sentir como un premio el ser elegido para cubrir la Vendimia. Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto?, me preguntaba. ¿No se puede ser mendocino lo mismo, sin ir?

Lo concreto es que hay una histeria colectiva que caracteriza a los medios durante la época vendimial, que anula cualquier atisbo de reflexión y hace ver todo tomando un grano de uva por filtro. Esa histeria también encierra su buena cuota de hipocresía. Es una pose para demostrar el compromiso de ser periodista y mendocino (las dos cosas al mismo tiempo, que no es poco). Porque más de uno, si pudiese, no dudaría en enfilar hacia el cine a ver algo como la gente en vez de estar sufriendo una voz en off que le reclama al clima ser piadoso con los viñedos.

La misma hipocresía alcanza a algunos “intelectuales” que nunca abandonan el tono burlesco cuando al bodoque se refieren y hablan pestes de los artistas que participan, pero no dudan en presentar su guioncito para concursar en la siguiente edición. A veces -muchas- ganan y se comen su verdadero sentimiento durante al menos un año, para luego retomar el ataque hacia la fiesta. Claro que siempre por los pasillos y sotto voce. No sea cosa que se los escuche y pasen a formar parte de una lista negra.

La puesta en escena de la Vendimia -el espectáculo central propiamente dicho y sus preliminares callejeras- se extiende hacia muchos ámbitos y se convierte en la salsa más apropiada para el regodeo del denominado caretaje mendocino. Si no estás alterado por las parras, te miran mal, muy mal. Así en el ámbito periodístico, como en el empresarial y ni qué hablar en el político. El gremial, por oposición, termina enroscándose en los mismos retortuños mientras reclama los aumentos pertinentes.

Todo es un simulacro, que se repite de manera fiel cada año, como el espectáculo mismo, como las estridencias de Cassab Publicidad. Entonces, por ejemplo, los artistas se enteran ¿después de dos semanas de ensayo? cuánto van a cobrar. Paro. El gobierno se pone firme, pero afloja unos pesos. Los artistas piden más. Y el gobierno se pone firmísimo. Entonces aflojan los artistas. Y, en definitiva, ninguno cumplió con su palabra. Los dos aflojaron -los dos son flojos-, ambos creen que se salieron con la suya, pero en realidad ninguno consiguió lo que quería.

Otra: siempre hay un locutor que critica a los locutores elegidos para el acto central. ¿Para qué? Que agradezca estar fuera del asunto y no tener que estar avivando barras ni fingiendo suspenso por un voto más o menos. Otra: aparecen los programas televisivos especializados en Vendimia. Algo que, quizás, sólo pueda ser superado en aburrimiento por la Fiesta misma. Otra: las entradas se agotan antes de ponerse a la venta. Es increíble cómo los peones arrasan con todo. Otra: se inventan polémicas en torno de las reinas y su mayor o menor cuota de osadía. Otra: hay problemas con los derechos de televisación. Otra, otra y otra.

La Fiesta de la Vendimia, entonces, se ramifica en varios sentidos y aviva anualmente los mismos rencores, reclamos y chusmeríos. Pero, y he aquí lo más importante, actúa al mismo tiempo como una gran alfombra mágica bajo la que esconder, al menos por un tiempo, los verdaderos problemas: inseguridad, desocupación, pobreza, inflación, corrupción. Magia y desaparición.

Pero volviendo al espectáculo propiamente dicho, es cierto que poco se puede hacer con un mes de ensayo. Los megaespectáculos de esta naturaleza (multidisciplinarios, al aire libre, presuntamente populares, etcétera) se preparan durante todo un año. Obviamente, en lugares donde la política está saneada, y en donde se trabaja con responsabilidad y previsión. Por otra parte, hay cientos de espectáculos similares en todo el mundo. Querernos hacer creer que nuestra Vendimia es uno de los cinco shows más importantes del globo es parte del acto político que significa.

La Vendimia, además, no es popular; de ahí el “presuntamente” de líneas arriba. Está hecha por el gobierno para invitados que son pudientes y para pudientes que no son invitados y pagan por figurar. El pueblo raso se debe contentar con las butacas de cerro, convencido, a estas alturas, de que eso es turismo aventura y merece ser vivido. Esto en cuanto a los destinatarios. El contenido tampoco es auténticamente popular. Suele ser demagógico, sensiblero o, en sus peores versiones, chabacano. Las cuecas y tonadas de rigor son ingredientes populares por sí mismos, y nada más.

Todos estos asuntos llevan también a que la crítica periodística, en general, no sea  favorable para con el bodoque. Y para que el director del momento termine descalificando las opiniones de los críticos porque no entendieron algo que estaba craneado para especialistas (lo que probaría, desde otra óptica, que no estamos frente a un espectáculo popular). Los medios han solido respetar las opiniones de sus periodistas. No obstante, sopesan el centimetraje “no positivo” con uno mucho mayor de comentarios “no negativos” aportados por gente “calificada” de distintas áreas (política, social, gremial, cultural y hasta deportiva).

Hace unos años, en un programa televisivo, un escritor que ha participado de numerosas vendimias, sugirió entre risas que los directores deberían incluir en el presupuesto un armario para meter adentro a los críticos. Yo tomaría en serio su sugerencia. La idea realmente me pareció genial. Aunque en mi caso particular exigiría que dentro del ropero pueda ver una de David Lynch. O una de Trapero, para no ser tan extranjerizante. O un documental de Rodrigo Sepúlveda, si es que tengo que apoyar sí o sí lo mendocino.

David Lynch, dicho sea de paso, dirigió una Vendimia. Pocos lo saben. Lo hizo bajo el seudónimo Manuel de la Parra. El teatro griego se colmó, como siempre. Los artistas amenazaron con no salir a escena, como siempre. Un locutor se indignó con sus colegas, como siempre. Y los críticos le pegaron, como siempre. Lynch/De la Parra se las ingenió para filtrar entre la multitud de bailarines a un hombre bajito, de cara pálida y sonrisa terrorífica. Nadie se percató, pero la picardía estaba hecha.

Coda: En 1985, Felipe Llaver decidió suspender la Fiesta a causa de un terremoto. Me pregunto: ¿por qué hay que llegar a esos extremos?

 

Fausto J. Alfonso

 

Este texto, en su versión original, fue publicado en marzo de 2011 en Revista Don Marlon, edición digital, 

bajo el título La Vendimia: mágica como una alfombra.