Evita se detuvo en Nogolí

08.01.2014 17:45

NOGOLÍ (San Luis). A sólo 49 kilómetros de la capital puntana, un pueblo que goza de muy buena salud y, por tanto, está eximido de tener farmacia, navega sin inconvenientes por la Autopista Informática Rodríguez Saa. Cada tanto, sus habitantes se convierten en testigos de fenómenos que otrora hubiesen ilustrado contextos más glamorosos, pero que hoy se contentan con la modestia de una plaza pública de columpios desvencijados. Ver allí a Beatriz Salomón ataviada de Evita y cantando No llores por mí Argentina, puede transformarse en una experiencia sobrenatural, anacrónica y bizarra. Por ello mismo, tan gratificante como original.

Librado a la buena de Dios, el viajero se despachó por la Ruta Nacional 146. Sabía, desde siempre y por propia constatación, que la República de San Luis estaba plagada de pueblos, pueblitos y pueblecitos. Algunos más pintorescos, tranquilos, bellos y frescos que otros, pero todos con algún ingrediente distintivo e intransferible. No sabía, concretamente, sobre la existencia de Nogolí. Un poblado de 800 habitantes distribuidos en unas pocas manzanas y propietario de una envidiable tranquilidad que se posa sobre el río, la iglesia, la “minicipalidad”, la despensa Ruth y algún otro punto de referencia.

El nogoleño (si es que se dice así) no es hombre de andar alterado. Conserva su parsimonia aún cuando el condado está de fiesta. Festeja, claro, pero sin tanta alharaca. No necesita de estridencias, o al menos eso da a entender. Es feliz como Montaner, pero con una cuenta bancaria más modesta. Y esa manifestación de felicidad llega a su cénit durante el Festival Nacional de las Aguas Claras. El mismo a donde fue a parar el viajero.

El evento acaba de celebrar su décima edición. Se trata de un compilado muy difícil de definir y en el que tanto cabe el típico desfile tradicionalista –con la virgen de puntera- como una cuadrilla de cuatriciclos de molestos rugidos. Sobre el escenario, valen el folklore, la cumbia, el pop, la música “bailable”, la vidalita, etcétera. Ritmos todos salpimentados por las ocurrencias de dos enérgicos locutores, unos pocos fuegos artificiales y la elección de la reina de Nogolí. Coincidencia propia del lugar: para esta décima edición se presentaron diez candidatas. Ganó la número 9, dicho sea de paso.

Pero claro, como todo festival que se precie, siempre hay un plato fuerte. Que -otra originalidad de este paraje puntano- no cierra el espectáculo. Lo abre. Y fue aquí, al enterarse del bocatto di cardinale previsto para la ocasión, que el viajero resolvió entregarse por completo al asombro. Rodeado de wi-fi, aroma a choripán, los 800 nogoleños y un puñado de turistas, vio cómo el entablonado brillaba gracias a un juego de luces bastante efectivo para recibir a los artistas. Ahí recordó que, por la mañana, en el Parque Astronómico de La Punta, el especialista en cielos le había dicho que sería una noche con muchas estrellas.

Pasó entonces lo que tenía que pasar: un tramo de la porteña calle Corrientes de la década del ’80, se desplomó en el apacible Nogolí. El túnel del tiempo. Sin túnel y sin tiempo. El viajero, absorto, fue presa (o preso) de un retrodeslumbramiento. El teatro de revista llegaba hasta el lugar bajo el ocurrente nombre de La Revista; y con él, las estrellas previstas por el astrónomo: Beatriz Salomón, Adriana Brodsky y Jorge Troiani. Más la compañía del Chelo Rodríguez y un cuerpo de seis bailarines.

Obviamente, el viajero no tardó en hacer detonar pensamientos descalificadores, mala leche que le dicen. Que la decadencia del artista, que un público poco exigente, que el arreglo con la municipalidad, que la amante de no sé quién, que el canje por no se qué.

Pero… no se movió del lugar hasta que el show dijo basta. Ni para escaparse hasta donde estaba la piña colada, que compartía puesto con los sandwiches de milanesa en la esquina noreste. Estaba a sus anchas en ese microclima que hubiese sido perfecto de haber reunido también a Susana Romero y, que en paz descanse, a César Bertrand.

Seducido por el pasado, calladito y sin chistar, apreció los sketchs, los números musicales, las tandas de chistes, las imitaciones y el catálogo de sonidos con el que Troiani se hizo famoso antes incluso de que saliera en El telo y la tele. En Nogolí, el espectador viajero pierde tanto la exigencia como la vergüenza. Ríe tranquilo de aquello que en su lugar de origen le da vergüenza reírse. El ser humano es retorcido y esto es una prueba más.

La cuestión es que cada cual se lució con sus rutinas. Tan bien o tan mal como se lucía 25 años atrás en la calle Corrientes. Es decir, más allá de lo físico (un botox por acá, unas canas por allá, veinte kilos repartidos) nada ha cambiado en las luminarias. Lo que ha cambiado es el escenario, determinado por la maquinaria del reciclaje. Que, para los artistas, determina un efecto de expulsión hacia los márgenes, según pasan los años. Son las reglas del juego, dicen.

El viajero notó que La Revista con mayúsculas conservaba una libertad propia de la revista con minúsculas. De esa época en la que se entendía que todo lo que pasaba en un escenario era ficción y que los chistes, por ejemplo, no se correspondían con los sentimientos genuinos de los humoristas. Hoy es cada vez más difícil hacer humor sin que te larguen los galgos del INADI encima (ver caso Flor de pito, en Carlos Paz). Los políticos utilizan un vocabulario cloacal para descalificar a un oponente, pero si contás un chiste de gallegos te crucifican por discriminador.

Por suerte en Nogolí, otro país dentro de otro país, los galgos ejercen sólo como perros, y no hay censura disfrazada. Claro, sobre todo si el sujeto del chiste es K. Por eso, debe ser uno de los pocos lugares en donde se pueden contar chascarrillos como este Troiani auténtico: “Estaba Cristina en pleno discurso y un jubilado golpeaba su bastón insistente y molestamente contra el piso. Ofuscada, ella le dice: le podría haber puesto una gomita en la punta. A lo que él replica: su papá se tendría que haber puesto una gomita”. ¿No es fino?

El final de La Revista –recordemos que era el plato principal- dio paso a las entradas, que se sucedieron hasta las 6 de la mañana. El intendente Sergio y su señora, en una mesa protocolar especialmente preparada, siguieron atentos todas las alternativas del gran evento. El jefe comunal ya lo había anticipado en las palabras de bienvenida: “Con esto nos vamos para arriba”. Así las cosas, el viajero siguió hacia el Norte, en busca de La Carolina, un pueblo minero que ya no lo es más. Así como Cristo se detuvo en Eboli, Evita ya había hecho lo propio en Nogolí.

Fausto J. Alfonso


Original publicado en revista digital Don Marlon, escenarios y otros placeres, febrero de 2012.