FAIT 2017: El festival de la diversidad

02.10.2017 16:58

Por Fausto J. Alfonso

 

MENDOZA. Más de 20 espectáculos conformaron la grilla de la edición 2017 del siempre esperado FAIT (Festival Andino Internacional de Teatro). Tal vez más descentralizado que nunca, el generoso arco que va de la comedia a la tragedia se desplegó en salas y lugares alternativos de Capital, San Rafael, Maipú, Guaymallén, Godoy Cruz, Tunuyán, San Martín, Rivadavia y Las Heras. Elencos de Ecuador, Brasil, Suecia, Chile, Uruguay, Canadá y distintos puntos de la Argentina, sedujeron con propuestas destinadas a distintas franjas de público (y, también, a todo público) apelando a técnicas de circo, teatro físico, danza, música, títeres, marionetas y sombras, entre otras. A continuación, una muestra -modesta- de todo lo que se pudo ver. O, lo que es lo mismo, cuatro botones de la diversidad.

 

Luna de miel… lotra de sal

Nada nuevo tenía para contar el elenco ecuatoriano Teatro del Cielo, cuando el día de apertura se paró en el Independencia con su Luna de miel… lotra de sal. Al menos, nada que no hayamos vivido o nos hayan contado en torno de las relaciones de pareja. Sin embargo, allí estaba el desafío: ¿cómo hablar de lo que todos conocen y ser igualmente eficaz? El espectador encontró la respuesta en los cuerpos y las voces de Yanet Gómez y Martín Peña, intérpretes dotadísimos en la técnica del mimo corporal-dramático. Trabajando sobre la base de cuanto clisé existe, desde la etapa de enamoramiento hasta los primeros roces, las idas, las venidas y un poco más también, el dúo traduce en movimientos precisos y creativos todos los desniveles de intensidad que existen en aquellas instancias. Frenando, acelerando, rebobinando, chisporroteando, saltando, girando y trampeando… es decir, jugando todas las cartas posibles, los físicos de Lola y Berni (así se llaman los personajes) nos cuentan qué se siente ante cada propuesta, reacción, negativa o aceptación del otro. Se trata de ilustrar, de hacer gráficos, aquellos estados anímicos para los que las palabras se quedan cortas. Y a propósito de palabras, cuando éstas surgen en el espectáculo también responden a los clisés, tanto del enfado como de la melosidad amorosa. Pero hay un juego de ironía y saturación que vuelve a esos clisés entretenidos y novedosos, conformando el complemento ideal para aquellas figuras diestras a las que pareciera no acabárseles nunca el repertorio de gestos y movimientos. Autor y director: Martín Peña Vázquez.

 

Constanza muere

El significativo diseño escenográfico es un convite que no se puede rechazar. Ni bien las luces se prenden ya nos sentimos cómodos en la historia, en la casa de Constanza. La arquitectura, sugerida por la ordenada acumulación de los objetos de toda una vida, nos mete de lleno en su mundo. Y no podemos apartarnos de él. Entonces, la anciana dama nos confiesa su derrotero, que es el de todos, pero más lírico. Dice el poeta que sin utopías la vida sería un ensayo para la muerte. Pero la vida de Constanza no sería. Su vida es un ensayo para la muerte, y otro, y otro, y otro. Un ensayo en el que se entremezclan, de modo magistral, el pasado glorioso, el recuerdo con glamour, el picnic como rito, la masita devenida mera galletita, las presencias del pasado actualizadas en el marco de una curiosa fábula.

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All genius all idiot

Tratándose de acróbatas, medirlos con una vara debería ser lo natural. En este caso, poner la vara bien alta no implica ningún riesgo, ya que los artistas en cuestión la superan holgadamente. El grupo Svalbard, nombre seguramente tomado del archipiélago noruego, se vende como sueco aunque reúne artistas de distintas latitudes: España, Inglaterra, Alemania y la misma Suecia. Mezcla circo, música y teatro físico con un impactante sentido del absurdo y asombrosa técnica, en la línea del recordado Sémola Teatre o de La Fura dels Baus, por poner referencias cercanas al público argentino, o también de Loscorderos.sc, aunque salvando a la vez múltiples diferencias con todos ellos. Svalbard explora temas como la lucha por el poder, la hombría (o el machismo, según desde dónde se mire), la sex (sens) ualidad y otros, bordeando el peligro y al mismo tiempo ironizando tanto lo que dice como la forma en que lo dice. Artistas múltiples, este colectivo propone relaciones insólitas entre los cuerpos, creando figuras sorprendentes y acciones no convencionales, trepidantes y sugestivas, donde la música (grabada o en vivo) juega un papel atmosférico. Ciertos objetos (por ejemplo los cuernos de ciervo, los zapatos de mujer) adquieren un impronta que va del símbolo al fetiche, en el marco de una escenografía/utilería puesta como al descuido, que cobra sentido a medida que avanza el espectáculo. Conocer en castellano la letra de las canciones y los escasos textos tal vez favorecería a aprehender en mayor profundidad el sentido general del espectáculo, aunque queda claro que es nuestra animalidad más primitiva (aunque cada día más actual) la que está en juego sobre el escenario. Sí, hay un puñado de palabras en español, dichas por el burgueño Santiago Ruiz. Quien, y sin desmerecer en nada a sus compañeros, sorprende todo el tiempo con su precisión y multiplicidad de recursos. Dirección: Svalbard, en colaboración con Peter Jasko.

 

La cumbancha de Agustín Lara

Viejos conocidos del público, Los Amados volvieron al Teatro Independencia, esta vez con un homenaje a Agustín Lara. Como era previsible tratándose de ellos, el espectáculo estuvo muy lejos de ser un mero rosario de canciones bien interpretadas. Todo lo contrario. Siguiendo una suerte de guión-itinerario de la trayectoria del gran compositor mexicano, el grupo liderado por Alejandro Viola apuntó al humor paródico y se regodeó en los clisés del romanticismo (tanto desde la actuación como desde el canto), pero también creó climas seductores, como cuando tocó el turno de evocar a María Félix. Creativos, originales, Los Amados se permiten impactos con casi nada: un simple lienzo sostenido a mano, con la imagen de la diva proyectada en él, deriva en un momento de teatro de sombras, por llamarlo de algún modo, íntimo y sentido. Pero, por supuesto, el fuerte visual de la propuesta está en su estridencia colorística en el vestuario, el maquillaje y la escenografía, resuelta con un manojo de ideas kitsch que hace que Almodóvar (el Almodóvar primero e intermedio) se quede corto con las suyas. Sacos y vestidos hechos con toallones selváticos, tocados con ajíes chile, mariachis truchos que incluyen un marinero, un bebé de juguete, cactus de cartón, como de cartón es el Agustín Lara puesto sobre un banquito para su homenaje, lienzos con motivos mexicanos previsibles, un fondo atocigado de calas, brillos y lentejuelas varias, y hasta una estatua de la libertad cuyo plateado ciega al espectador. En ese contexto, las más conocidas obras de Lara, todo un cúmulo de pasión, contrariedades y reproches, se suceden no sin ser mechadas con comentarios irónicos o deliberadamente estúpidos, o con datos reales que Alejo “Chino” Amado va tirando sobre la vida y la obra de Lara para ilustrarnos a los no doctos. Más allá de las lágrimas que caen de ciertas partituras, un espectáculo entretenido y feliz por donde se lo mire. Y oiga. Idea y dirección general: Alejandro Viola.