Fausto José Alfonso, periodista militante

03.12.2013 20:19

La era kirchnerista deparó, entre otras bondades, el descubrimiento del periodismo militante. La palabra describe a quien adhiere y defiende incondicionalmente una determinada ideología. Por extensión, cualquiera puede ser militante de cualquier causa. A BB[1] le pintan los animales, por ejemplo. Por eso milita a su favor.

Hilando un poco más fino, aunque no mucho, militante viene de militar, cuyo origen latino nos lleva a militaris (relativo a los soldados). Antes de llamarse como tales, a los soldados se los conocía como milites (plural de miles, o sea, de soldado). Ser soldado, ayer y hoy, aquí y allá, consiste en mirar para adelante y cumplir con una orden impartida. La historia argentina –democrática y no- está plagada de ejemplos de soldados “militares” y soldados “civiles” que padecieron castigos en distintos grados por desviar la vista o incumplir una orden. Pareciera ser que, sin importar el contexto, la militancia es sinónimo de obediencia debida.

La cosa es que, de golpe y porrazo, nos enteramos que en la Argentina existía un periodismo que se llamaba militante, que era el que adhería al gobierno de turno y al que éste atendería de modo diferencial respecto del otro periodismo, de allí en más bautizado “de oposición”, “hegemónico”, “corporativo”, etcétera. Según los “especialistas”, se blanqueaba una situación: quedaba claro quién están acá y quién allá. Una teoría no muy sólida, en tanto el que hoy está acá antes estaba allá. Y sin dudas, puede volver a estar allá (de hecho, alguno ya lo está). ¿O acaso, alguien pensó que del periodismo militante no se vuelve?

Los periodistas militantes se fueron reproduciendo de manera exponencial, aunque en consonancia con la reproducción exponencial de los medios oficiales. No podría haber ocurrido de otro modo, dado que si no fuese así no tendrían donde militar. Afortunadamente para ellos había quedado atrás un pasado de sinsabores (en algunos casos de 30 o 40 años) en las redacciones y estudios de sitios como Clarín, La Nación, Ámbito financiero, El Cronista Comercial, Radio Mitre, Canal 13 o TN.

Así fue como el periodismo militante se colmó de ex periodistas hegemónicos. Éstos, no ocultaban, cuestionaban ni renegaban de su pasado, ya que con el cruce hacia la militancia ese pasado se esfumó. No tenían pasado. El periodismo militante nace con el nuevo orden (económico). No tiene precedentes. No viene de ningún lugar. Nunca antes luchó por nada. Ni cobró un sueldo más o menos sucio por la tinta, la grasa o la sangre. Tampoco un sueldo limpio.

La incorporación de esta figura periodística al decir y hacer cotidianos tuvo múltiples, polémicas y absurdas ramificaciones. Tal vez la más delirante sea el programa de tv 678 (originalmente Seis en el Siete a las Ocho)[2], en cuya mesa confluía gente que estaba de acuerdo entre sí en todo. Esto, se sabe, es de un gran atractivo para el telespectador, amén de la seguridad que otorga el pensamiento único al eliminar todo conflicto y discusión.

Otro aspecto interesante del periodismo militante es que puso a los amigos, o supuestos amigos, en su lugar. Que un colega, otrora amigo, no adhiriese a la militancia propia no sólo lo colocaba en la vereda periodística de enfrente, sino que pasaba a ser un ex-amigo. Martín Caparrós, por ejemplo, sabe del tema, aunque difícilmente le preocupe.

El periodista militante entiende que está bien coincidir con las ideas del gobierno de turno. Por convicción, lógicamente. Pero también entiende que no está bien que los otros (periodistas) coincidan con las ideas del medio para el que trabajan. ¡Ni siquiera por convicción! Para el periodista militante es reprobable que el dirigente Jorge Altamira vaya a lo de Moria Casán. Es frívolo. Sin embargo, no lo es que Amado Boudou vaya a lo de Nicolás Repetto a desatar la Muñeca Bus y a tocar la guitarra con una decena de chicas semidesnudas circundándolo. Tal vez sea una cuestión de imagen. Esas chicas acusan 40 años y 40 kilos menos que la Pantera de Mataderos.

Lo cierto es que el periodismo militante es un eufemismo de propagandismo. Eso está claro y así lo consideraba –sin rubor ni disimulo- Fausto J. Alfonso, militante por convicción y director y administrador del diario propagandístico La Montaña[3] o “diario de la UCR lencinista”, tal cual se dejaba en claro en la oreja izquierda de su portada.

En Argentina, el periodismo militante tuvo su auge en los inicios del periodismo gráfico y Mendoza no fue ajena al fenómeno, a partir de la mismísima década del ’20 del siglo XIX. Existió desde entonces, de modo más o menos visible, y generalmente con un lenguaje desembozado, ríspido, irónico y provocador. Si bien siempre influyó entre afiliados, fanáticos y simpatizantes identificados con una causa, nunca cotizó en el ciudadano común apartidista.

Comúnmente, el periodismo militante ofició como órgano para el registro de las ideas de un bando político y el sostenimiento de la milicia cautiva, pero nunca intervino de lleno en la pelea mediática por la captación de nuevos fieles ni por la retención de parte de la torta publicitaria. Los viejos políticos buscaban sumar fans utilizando otras estrategias. Limitaban el uso de sus periódicos a dedicarles violentos ataques literarios a sus adversarios, sin echar mano al disfraz del periodismo comercial o profesional. Y, esto es de suma importancia, bancaban las publicaciones con el dinero propio o del partido, no con el dinero del Estado.

Fue así hasta que el Frente para la Victoria decidió democratizar el periodismo militante, hacerlo compartible con todo el mundo, de un modo frontal y transparente, invirtiendo billonadas en medios y periodistas militantes para apuntalar la historia oficial. Pero, al mismo tiempo, pretendiendo que todo el aparato simulase ser una mirada más dentro del mapa periodístico argentino, con los consiguientes deberes y derechos que le asisten al periodismo en general, aunque con la ventaja que supone todo el aparato/infraestructura/dinero del Estado a su favor.

Alfonso nació en Rosario el 15 de febrero de 1877 y murió el 7 de enero de 1945. Fue mayor del Ejército y se desempeñó como jefe de Policía, ministro de Gobierno, director del Boletín Oficial y de la escuela Alberdi, entre otros cargos públicos. Ejerció dos períodos como diputado, fue presidente de esa cámara y dos veces candidato a vicegobernador. Ofició también como martillero público, procurador y, como se dijo, periodista (militante). Asimismo, fue abuelo, aunque de esto nunca llegó a enterarse, pese a la lucidez que le adjudicaron no pocas crónicas de la época. Crónicas que no dudaban en utilizar adjetivos como “pundonoroso” para destacar sus virtudes.

Miembro destacado del radicalismo, protagonizó los sucesos revolucionarios del 4 de febrero de 1905, bajo el liderazgo de José Néstor Lencinas. Por ese entonces era apenas subteniente y, según parece, tuvo una participación muy activa. Tras aquel episodio, él y otros tantos, tuvieron que expatriarse a Chile, para volver más tarde beneficiados por una amnistía y continuar –en su caso hasta la muerte- con el ejercicio de la política.

Alfonso no sólo participó de La Montaña, sino que directa o indirectamente estuvo vinculado a distintas publicaciones de tinte radical-lencinista. Varias de ellas le ocasionaron problemas de variada índole, incluido el calabozo, como cuando fue a parar allí el 7 de marzo de 1931 acompañando a Modesto Olagaray, director del diario La Palabra, y a otros dirigentes lencinistas.[4]

Militar al fin, la única relación de Fausto J. Alfonso con el periodismo fue la de la militancia. Siempre por la misma causa, lo que habla tanto de coherencia, como de obediencia debida. Al menos a sus principios, lo cual (eso solo) ya sería mucho pedir en estas épocas.

 

Fausto J. Alfonso



[1] Brigitte Bardot, para los menores de 30.

[2] La nota periodística más interesante sobre el “fenómeno” 678 puede que sea la firmada por Esteban Schmidt para la revista Rolling Stones, el 22-06-2010. Aquí un pasaje, sólo para entusiasmar al lector: “En la otra punta, sin embargo, algo peor: Orlando Barone. Un patriarca de los pájaros de 72 años entregados al oficio del periodismo en medios siempre conservadores como la revista Mercado o los diarios La Nación y Clarín, bajo todos los regímenes políticos y militares que tuvo la Argentina y, siempre, sin chistar. A la vejez, viruela: el patriarca se volvió un interpretador de todas las intenciones humanas, con una ironía permanente que fracasa en su intento de hacer reír a sus compañeros, a la tribuna y a los reidores. Cruelmente, es el encargado de hacer pensar. A la vuelta de cada informe pide enseguida la palabra para surfear sobre sus dos previsibles olas gramaticales: la que arranca con "sabés qué pienso" y la más emotiva, "yo siento que"; desde las que descarga baldes de bleque sobre colegas de otros medios que reúnen, al momento, menos agachadas que él. Porque en todos los años en que el mundo fue injusto –el mundo es injusto todos los años–, Barone calló o eludió o tapó, con los diarios y revistas que escribió y editó, la injusticia. De grande, a la edad de las escapadas a Necochea, en fin, asume un presente de lucha con el que cree espantar los pájaros del pasado. Lo cierto es que la Argentina se desgració, fundamentalmente, durante toda la vida adulta de Barone”.

[3] Fundado en 1929, en la ciudad de San Rafael.

[4] El episodio es reseñado por Jorge Oviedo en El periodismo en Mendoza. Este volumen, editado en 2010 por la Academia Nacional de Periodismo, es un exhaustivo recuento de la vida periodística de Mendoza, desde sus orígenes, con un especial hincapié en la abrumadora cantidad de diarios y revistas que se han editado en nuestra provincia y sobre los cuales poco se ha escrito y/o hablado.