Historia mínima, sentido múltiple

08.06.2015 14:19

Algo de ruido hace. De Romina Paula. Con: Cristian Máximo Bucci, Joaquín De Lucía y Guadalupe Carnero. Diseño y realización lumínica: Carlos Croci. Diseño sonoro: N. Driban. Fotografía y diseño gráfico: G. Carnero y Teodora de Jengibre. Escenografía y vestuario: V. Portillo y N. Driban. Dirección: Valeria Portillo y Natasha Driban. Sala: El Taller (Granaderos 1964).

 

Allá por el 2007-2008, cuando Romina Paula dirigió su propia obra, contando entre su elenco a un Esteban Lamothe sin proyección masiva aún, la acción se ambientaba en la costa. Cuando Valeria Portillo y Natasha Driban se la pusieron al hombro, la acción se trasladó a una casa de montaña. Según cómo se mire, un detalle significativo o un detalle menor.

Lo esencialmente importante es que el dueto de directoras comprendió el alto grado de ambigüedad que exhiben textos y situaciones, y la incomodidad propia de los tiempos muertos (en la onda Lucrecia Martel). Una y otra cuestión hacen a la esencia de Algo de ruido hace.

Montada originalmente hace un par de años en el Espacio Molinelli, y ahora repuesta en el Teatro El Taller, estamos frente a una historia mínima, que esconde mucho más de lo que muestra y en la cual el contexto de aislamiento lleva a los personajes a fluctuar entre la contención y el exabrupto.

Autosuficientes y estructurados, dos hermanos (Nacho y Colo) viven en el ostracismo. De pronto: la inesperada visita de una prima (Mariana), fresca, superada, verborrágica… Entre ironías y reproches, afloran los recuerdos de ciertos momentos compartidos. El erotismo adolescente. Una pérdida. Lo alegre y lo trágico. Recuerdos contrapuestos. Distintas versiones, que no encajan o no quieren encajar.

Los hermanos –parecidos, hasta espejados en ciertos movimientos- pretenden perpetuarse en el estado en el que están, como detenidos. Mariana quiere el cambio, aún cuando esto implique reproducir algunos esquemas del pasado.

Portillo-Driban captan la atmósfera enrarecida en la que se desenvuelven esas criaturas y la alimentan desde los distintos aspectos de la puesta: la precariedad del espacio, la sobriedad de la luz, la música que define a cada uno de ellos (no solo por su contenido, sino también por su soporte), el uso de la extraescena… Todo en su medida y no más. Lo necesario para reforzar los estados de insinuación y posible peligro, y el misterio que encierra la planta alta, un lugar inaccesible, donde el secreto mejor guardado nunca se revela como obvio.

Con actuaciones discretas -que no llegan del todo a lo más profundo de las taras de cada personaje-, la propuesta avanza indagando en soledades disfrazadas y tabúes familiares. En este sentido, Paula toma un tópico clásico, casi un lugar común hasta en el terreno del humor doméstico: los amoríos entre primos. Un ejercicio inquietante, siempre pecaminoso al ojo ajeno, aquí transformado en un motivo hondo.

Si todo texto lleva en sí mismo la clave para resolver su propio enigma, es en el personaje del Colo donde quizás la podamos encontrar. Su cuaderno de apuntes, donde trata de reconstruir una historia en común y al que Mariana aporta para cubrir algunos blancos, permite relacionar pasado con presente y, finalmente, especular con un futuro.

En su relato final (al relato del Colo, nos referimos), pareciera que el drama y la narración se entremezclan. Ese relato, ¿explica el drama?, ¿lo completa?, ¿lo justifica? ¿Es una nueva ficción inmersa en la que ya presenciábamos? ¿O una realidad de los personajes, a la que han llegado buscando un final para su propia historia?

Lo cierto es que con ese giro último la obra se enriquece de modo rotundo. Las lecturas se multiplican. Lo escénico apoya y contradice lo dicho. Hay una nueva incertidumbre. Pero esta vez, esa incertidumbre se traslada exclusivamente al espectador. Él se llevará para sí la tarea de determinar si lo que vio, sobre el filo del fin, algo de ruido hace.

 

Fausto J. Alfonso