Jodorowsky y un film estimulante como pocos

10.02.2015 10:53

La danza de la realidad, memorias de un niño bombero (Chile, 2013, 130 min.). Dirección: Alejandro Jodorowky. Guión: Alejandro Jodorowsky (sobre su libro biográfico del mismo título). Música: Adan Jodorowsky, Jonathan Handelsman. Fotografía: Jean-Marie Dreujou. Con: Brontis Jodorowsky, Jeremías Herskovits, Pamela Flores, Alejandro Jodorowsky, Axel Jodorowsky, Adan Jodororowsky. Producción: Chile-Francia-México; Le Soleil Films/Camera One.

 

VIÑA DEL MAR, Chile. Pregunta: ¿Puede una película donde un niño es castigado por su padre y otro muere ahogado, decenas de hombres quedan mutilados por explosiones mineras, un hombre es torturado por sus ideas, otros discriminados por su raza, un dictador ejerce como tal, un carpintero bondadoso sufre un infarto, un bombero se incinera, etcétera; puede, entonces, una película, ser un himno al optimismo sin caer en los lugares comunes, en falsas explicaciones tranquilizadoras, en personajes que al final dicen que todo fue un sueño o en otras tretas?

Respuesta: Sí, puede.

La obra de Alejandro Jodorowsky, artista inclasificable si los hay, es inabordable. No sólo por copiosa, sino por la multiplicidad de sentidos que se desprenden de su contenido. Para comprobarlo, basta con asomarse a una sola de sus obras teatrales, historietas, ensayos, novelas, etcétera. O, a una sola de sus películas.

Han transcurrido varias décadas desde aquella Fando y Lis que provocó un escándalo en el Festival de Acapulco y por la cual el Indio Fernández retó a duelo al chileno (en realidad estaba indignado y lo quería matar). A los 84, y con la vitalidad de un cuarentón (de un cuarentón vital, claro), Jodorowsky no tuvo mejor idea que remontarse a su infancia y llevarla al cine.

El resultado es una obra de una belleza que reconforta. Y no justamente porque responda a los cánones. La virtud del director es sacar todo hacia afuera, cuanta podredumbre individual y colectiva exista, para que, como dice la canción, “adentro nazcan cosas nuevas”. Y, de paso, se cure la culpa, uno de los tantos temas por los que transita el film.

La práctica catártica que propone, impiadosa y poética, contagia sin dudas al espectador, quien termina comprendiendo los beneficios que acarrea eso de “expandir la imaginación”, como suele referirse el maestro a ejercer la resiliencia con creatividad y, sobre todo, desprejuicio.

Lo de maestro, en este caso, no se trata de un mote más. A la consabida fama de gurú que se le atribuye, Jodorowsky suma en sus relatos una -seguramente involuntaria- capacidad docente que pisa en el terreno de lo fantástico para desgranar enseñanzas que cruzan, básicamente, lo filosófico con lo religioso y lo psicológico, sin descuidar referencias a otras disciplinas.

Ojo, su cine no es didáctico ni teje moralejas, pero inevitablemente nos lleva a reflexionar sobre la búsqueda de un estado ideal, hacia el cual sólo podremos arribar afinando nuestras virtudes, estudiando nuestra genealogía y despreocupándonos de nuestros “defectos”. Es decir, de esas cosas feas -por diferentes-que tenemos y hacen que nos discriminen.

Justamente, uno de los pasajes más bellos de La danza de la realidad, es cuando la opulenta madre de Alejandrito se pasea totalmente desnuda por el Bar La Urgencia. Éste es un sitio bien ahumado y alcoholizado, de putañeros y malandrines, de tangueros desvencijados y otros especímenes. Sara Felicidad, tal el nombre de la mamá, le enseña a su hijo que si quiere pasar inadvertido debe hacerse invisible. Desnudarse es volverse transparente. Es esconderse a la vista de todos. Sin dudas, un acto de psicomagia, como muchos de los que aparecen a lo largo de la historia.

El film recrea parte de la infancia de Jodorowsky en Tocopilla, un pueblito del norte de Chile curiosamente poco seductor para ser costero. Allí su familia administraba la Casa Ukrania, tienda de artículos varios que apelaba a curiosas estrategias para captar clientela y hundir a la competencia. Desde la lejana Santiago llegaban los ecos de las “travesuras” del dictador Carlos Ibáñez.

La aridez y precariedad de Tocopilla, al menos allá por los ’30 y ’40, estaba bien compensada por la gran cantidad de curiosos personajes, quienes despertaron en el niño su enorme interés por conocer e interpretar todo lo atinente a la conducta humana. Su padre, una réplica de Stalin, en forma y fondo, también lo aleccionó, aunque de otro modo. Y su madre, que hablaba cantando, hacía lo que podía al lado de tan temible hombre bautizado Jaime y con un pasado de acróbata.

La suma de los paisajes –geográfico y humano- ya es de por sí superrealista. Éstetica que se refuerza con escenas definitivamente oníricas. La imaginería de Jodorowsky -freaks de todo tipo, referencias al circo y al tarot, pasajes clownescos, desmitificación de la muerte, desnudez no publicitaria, simbología religiosa, reflexiones metafísicas- reaparece aquí en todo su esplendor, como parte de la vida entendida como una sucesión interminable de “sufrimientos y consuelos”. A la extracción de una muela sin anestesia le sigue un helado; a la desgracia de ser nombrado mascota de bomberos, le sigue el consuelo de tener unos nuevos zapatos rojos, aunque a esto le sigue la muerte de un amiguito por resbalarse con esos mismos zapatos, y así…

Jodorowsky derrocha creatividad y cromatismo en cada imagen e introduce los pasajes fantásticos como si fueran elementos de una mágica cotidianidad. Y pese a tirar toda la carne al asador (en realidad, es su costumbre) cada momento, cada instante, se ofrece límpido e inspirado. En esta danza donde todo fluye sin interferencias, hay una feroz crítica y contracrítica a la familia (tres de sus hijos y él mismo aparecen en el film); y una mirada implacable contra los totalitarismos y abusos de todo tipo (liquidar a balazos la imagen del fascista que se lleva adentro es otro pasaje de psicomagia).

Siempre al límite, siempre entre la impudicia y la ternura, el director caricaturiza a sus progenitores. Lo hace casi de modo cruel. Sin embargo, tanta sinceridad lo exime de culpa como persona/hijo y lo aparta del ridículo como artista. Padre y madre son personajes de trazo firme, pero no exentos de tonalidades (él, sobre todo, recorre un arco que va del déspota al noble héroe revolucionario) que se enriquecen con cada paso de la narración.

Las estupendas actuaciones de Brontis Jodorowsky (Jaime), Jeremías Herskovits (Alejandro) y la soprano Pamela Flores (Sara) son sentidas e inquietantes. El primero despojándose de a poco de una maqueta/arquetipo; el niño, como rostro visible y sensible de aquella cadena de sufrimientos y consuelos; ella, sacándole el jugo a su interpretación antinaturalista.   

Sospechado siempre por mitómano, en realidad poco importa cuánto de cierto y cuánto no hay en el film respecto de la propia vida de Jodorowsky. Más allá, también, de la verosimilitud de la historia, pese a sus excentricidades y desbordes. Lo trascendente es que La danza de la realidad es un convite al autoexamen, la libertad y la solidaridad, producto de un viejo sabio que combina las artes a su antojo y shockea con imágenes que en manos de otros serían vana pirotecnia. La danza… es una película estimulante como pocas. Vital como un anciano de 84.

 

Fausto J. Alfonso