La amistad y la memoria como deportes

13.07.2014 00:37

Tiempo muerto (Argentina, 2012, 84’). Dirección: Baltazar Tokman e Iván Tokman. Guión: Esteban Garelli e Iván Tokman. Productor: Maximiliano Dubois. Asistente de Producción: Nicolás Münzel Camaño. Fotografía: Sebastián Zayas. Montaje: Carlos Canbarieri y Miguel Pérez. Sonido: Celeste Palma. Música original: Javier Ntaca.

 

Tiempo muerto es un documental sobre deporte, política e historia. Pero ante todo es un valiosísimo testimonio sobre una amistad que ha hecho historia gracias al deporte y pese a la política. Hoy todos octogenarios, los integrantes del seleccionado de básquet campeón del mundo en 1950 fueron víctimas de una de esas trampas ideológicas tan propias de la Argentina. Tokman & Tokman intentan echar luz sobre este episodio que tiene más de un matiz y que fue sepultado por la memoria colectiva haciendo honor al título del film.

El documental plantea un juego en cinco capítulos y un epílogo. Los neófitos del básquet encontrarán, en cada separador, el vocabulario básico que hace al deporte y con él las posibles asociaciones con la historia que se nos está contando. Así, entendida como una gesta deportiva en sí misma, la película transita, como toda gesta deportiva, por emociones y momentos diversos: alegrías, tristezas, injusticias, picardías, maldades, heroísmos, arrebatos, expulsiones, cambios, mediaciones y… traiciones.

Según el instante, el relato se torna cálido (comúnmente los testimonios de los protagonistas, su cotidianidad actual, con sus hobbies y rutinas), vibrante (la estridencia propagandística, el exitismo argento, la marcha de Crónica*) o severo (la irrupción de la Revolución Libertadora, la caza de presuntos peronistas). Todo alternado en la búsqueda de un equilibrio narrativo que jamás decae y que sostiene el interés del espectador a lo largo de los 84 minutos.

Uno de los aspectos más interesantes de Tiempo muerto es su cintura para no caer en la efusividad ideológica, que termina convirtiendo las buenas intenciones en un panfleto vengador. La dosificación de datos, documentos y entrevistas van armando el entramado sin necesidad de subrayarlo con efectos visuales, reiteraciones o con un montaje insidioso. Por supuesto que hay un asumido homenaje y defensa a estos deportistas, pero tanto buenos como malos, fieles, traidores y oportunistas se descubren a sí mismos con sus actos, recuerdos y olvidos voluntarios.

La civilidad en apoyo al militarismo –gesto argentino también recurrente- resulta clave para entender porqué la generación de basquetbolistas argentinos más ganadores e importantes del siglo XX (pasan 54 años hasta que Ginóbili & Asociados irrumpen con todo) cayó en desgracia. Tiempo muerto sugiere que históricamente la dirigencia del básquet ha sido poco confiable, poco jugada y poco coherente. Su maleabilidad la llevó a colaborar con los militares del ’55 y a entregar a deportistas por haber recibido dádivas de Perón tras haber salido campeones. Para contubernios y conspiraciones siempre se requiere de dos o más. He aquí un nuevo ejemplo.

Más allá de que el amateurismo del básquet impedía aceptar cualquier cosa/dinero, esa cosa/dinero tampoco existió. No obstante, los campeones fueron prohibidos y no pudieron volver a jugar más en ninguna parte del mundo. Una suerte de “genocidio del deporte”, como lo cataloga uno de los protagonistas y como lo demostrarían los siguientes años de la historia del básquet, huérfanos de escuelas y referentes en su continuidad.

A los pocos minutos del film, los campeones del ’50 -con Ricardo “El Negro” González a la cabeza- se vuelven personajes entrañables. Su entorno familiar, también. Y asimismo los sitios por los que transcurren sus días, como el mítico Club Palermo, donde cada miércoles por la noche se reúnen. Hoy como ayer, desde hace 60 años y contra todo cimbronazo político o dirigencial.

Los cinéfilos se van a solazar con las imágenes de archivo, variadas y sustanciosas. Como el film propagandístico Perón y los deportes (producto de la Secretaría de Prensa y Difusión de la Nación del gobierno del general), el Noticiero Emelco y la Revista Mundo Deportivo (que repasa un día de concentración de los futuros campeones) o un fragmento de En cuerpo y alma, de Leopoldo Torres Ríos, donde Armando Bó es tentado para cruzarse de club violando el código de aficionados. En términos radiales, tampoco falta el Víctor Hugo de turno que, refiriéndose al triunfo de 1950, precisa: "un milagro imposible de lograr sin el apoyo del general Perón y su señora".

Tiempo muerto, finalmente, es –además de un film sobre la amistad- un film sobre la memoria: la buena y la mala. En las instituciones grandes suelen convivir, de modo confuso, las dos. Por eso, el mismo año en que la FIBA distinguió a Ricardo González con su ingreso al Salón Internacional de la Fama, también lo hizo con Luis Martín, uno de los dirigentes que entregó a González y sus amigos a los militares del ’55. La ley de las compensaciones en su peor versión.

 

Fausto J. Alfonso

 

* La marcha que en Argentina popularizó el canal de cable Crónica TV se llama Estrellas y barras por siempre (The stars and stripes forever). Fue compuesta en 1896 por John Philip Sousa.