La grande bellezza: El combo que todo lo tiene

01.09.2014 09:09

La gran belleza (La grande belleza, Italia, 142’, 2013). Dirección: Paolo Sorrentino. Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello. Música: Lele Marchitelli. Fotografía: Luca Bigazzi. Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Galatea Ranzi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio.

 

Quien se pasea por cuanto recodo ofrece Roma, a lo largo de más de dos horas, se llama Jep Gambardella, periodista/escritor, 65 años. Su andar exuda autosuficiencia y su incuestionable aspecto burgués no ahorra pretensiones de dandy. Jep es alternativamente testigo y protagonista de un sinnúmero de episodios que hacen a esa ciudad que en su hermosura encierra también sus propias ruinas. Del mismo modo que él, enterito como se lo ve, encierra la suya.

La gran belleza (La grande bellezza) es, sin lugar a dudas, una película bella. También es una película grande, tanto por su duración como por lo inabarcable de sus pretensiones, temáticas, personajes, líneas y sublíneas argumentales, reflexiones sobre el arte, la filosofía y lo cotidiano, etcétera. De a ratos, es cierto, deja de ser una película grande para convertirse en los momentos de una gran película.

Su atractivo es también su problema. Su problema es su esencia, es decir, la idea desde la que fue concebida, ya que se trata de un film que habla de la vida (se sabe que todos lo hacen, pero también se sabe a qué van estas líneas). Jep es más que un personaje. Es la vida misma y, como tal, lo abarca todo. Y Roma –a la que el cine italiano y no italiano tanto han homenajeado- es más que una ciudad. Es un mundo, el mundo que también lo abarca todo.

Así las cosas, el director Paolo Sorrentino nos invita a un tour sobre el que hay que reconocer que la cuerda del entretenimiento (en el sentido más amplio y genuino de la expresión) suena precisa. “Los mejores habitantes de Roma son los turistas”, se desliza por ahí. Aquí, el espectador, como turista, la pasa muy bien. No se aburre y, a veces, hasta se sorprende.

Pero como en toda película grande y pretenciosa, ese mismo espectador-turista detectará que algunas escenas tienen menos profundidad que cualquiera de las tantas piletas de natación que muestra el film. O, que muchas de las situaciones o criaturas expuestas simplemente cumplen con su parte en el catálogo de “momentos de vida” y “arquetipos”, respectivamente. No debería faltar tal cosa… y no falta. Realmente, no falta.

Ya las primeras escenas anticipan un paisaje que alberga todas las posibilidades emocionales del ser humano. Y un contrapunto -en el que se insiste durante todo el film- entre una cámara parsimoniosa que registra los contornos más notables de la arquitectura romana y otra, dionisíaca, que se sacude con una música que tranquilamente, sin sonrojarse, puede cruzar Raffaella Carrá y mariachis bajo el signo del pop-electrónico.

Jep pertenece a esa clase que gusta ser protagonista de las fiestas Gancia (aunque aquí el sponsor es Martini). Clase que le gusta ser mirada y mirarse a sí misma cuando eso ocurre. Los problemas (o la toma de conciencia) comienzan cuando a alguno, como Jep, se le ocurre preguntarse en qué perder o no el tiempo a determinada edad.

No deja de ser atendible que muchos hayan asociado el film de Sorrentino con La dolce vita o alguna otra apuesta de Fellini. Se pueden encontrar puntos de contacto entre los protagonistas, entre aquellos secundarios que evocan a los artistas de variedades (el lanzador de cuchillos, el mago, la stripper, etcétera); también en el modo de instrumentar los diálogos (gente que interrumpe, hablantes que son ignorados o discriminados) o en la monumentalidad de ciertas tomas. Asimismo, en algún momento surreal (como hacia el final, con la “santa” y las aves, en una escena muy a lo Magritte), en la descripción grotesca/caricaturesca de ciertos personajes, en la irreverencia hacia las sotanas y se podría seguir enumerando.

Hurgando más fino también se pueden hallar influencias de Ferreri (en lo sexual y orgiástico), de Visconti (en la puesta, el diseño de arte, en la niña obligada a ser artista, como aquélla de Bellisima), de Antonioni (en el insistente andar flaneur del protagonista) y hasta de Tinto Brass. ¡Sí, de Tinto Brass y su voyeurismo! Todo ello, de una manera lícita, que no desmerece las habilidades de Sorrentino como gran ensamblador de momentos variopintos.

Pero más allá de ese gran problema que supone querer contar la vida, el desafío no superado es el no haber podido contarla con una adecuada espontaneidad, como sí lo hacía Fellini, quien podía hacer pasar la extravagancia más disparatada como el hecho más cotidiano y viceversa en un perfecto continuum. En Sorrentino todo se nota muy calculado, grande y bellamente calculado, prolijamente segmentado. Lógicamente la continuidad del relato la marca Jep, pero sintácticamente la película puede ser apreciada como una sucesión de bellos cuadros independientes.

Algo queda claro, algo que Sorrentino plasma con contundencia: aquella burguesía conflictuada y dispersa, tan propia de los films de Antonioni, ha perdido sus modos y elegancia, sus conocimientos se han frivolizado, la vulgaridad se ha hecho carne en sus ropas de marca, la tecnología hizo estragos en ellos y para reconocerse a sí mismos deben sacarse fotos. Es la misma burguesía, pero atravesada por facebook, en una travesía que aspira al “me gusta”. En este sentido, una de las escenas más interesantes del film –en cuanto a retratar el hastío y el desconcierto- es cuando Orietta (Isabella Ferrari), tras hacer el amor con Jep (con resultados poco convincentes) sale del cuarto para buscar la notebook y mostrarle sus autofotos, que incluyen algunos desnudos. Cuando regresa, él ya se ha ido para retomar su deambular.

Toni Servillo sale airoso al componer a Jep. No es fácil congeniar en un mismo personaje cinismo, angustia, nostalgia, algarabía, tristeza, mordacidad, resentimiento y desazón, por más que se cuente con 142 minutos por delante (y una buena cantidad de jornadas detrás de éstos). Tiene momentos inolvidables, como su fallida, aunque irónica entrevista con Talia Concept (la artista conceptual interpretada por Anita Kravos), sus reflexiones sobre cómo abordar un velorio y sus cruces intelectuales con Stefania (Galatea Ranzi), que comienzan a agravar el tono del film cuando ronda los cincuenta minutos.

Un elenco tan diverso como la fauna retratada (que incluye a Carlos Verdone, Sabrina Ferilli, Iaia Forte, Franco Graziosi, Serena Grandi y un Roberto Herlitzka como el impagable Cardenale Bellucci, entre muchísimos más), una banda de sonido que reúne literalmente de todo más la música original de Lele Marchitelli, la impactante fotografía de Luca Bigazzi y un diseño de arte entre chic y clásico terminan por conformar un combo ante el cual es imposible permanecer indiferente. Las moralejas tipo Criollitas, onda “el placer está en las cosas simples de la vida” (para Jep, lo más importante es “el olor de la casa de los viejos”, aunque usted no lo crea) o los chistes previsibles (su jefa es enana y se juega con eso) también son parte de “la vida” y de esta belleza grande que se alzó con el Oscar al Mejor Film en Lengua no Inglesa.

 

Fausto J. Alfonso