Lorenzo, la Cheli y los jóvenes viejos

02.04.2017 16:06

Por Fausto J. Alfonso

 

La sala Elina Alba estaba llena. Sin embargo, la ausencia fue masiva. ¿Cómo entenderlo? Vamos por parte. El motivo era la presentación de El universo teatral de Fernando Lorenzo, libro co-escrito por Graciela González de Díaz Araujo y Beatriz Salas. En él, las autoras ahondan en la literatura teatral de quien fuera uno de los artistas mendocinos más importantes del siglo XX (1923-1997) y referencian tanto los textos dramáticos como los espectaculares.

Editado por el INT (Instituto Nacional del Teatro), para su Colección Historia Teatral, el volumen es un aporte clave para entender a Lorenzo y las distintas estéticas que frecuentó (de lo indigenista al neogrotesco) y de cómo su incidencia en el panorama teatral mendocino se convierte o debería convertirse en objeto inevitable de estudio para las actuales y futuras generaciones.

Así, a lo largo de sus páginas nos encontramos con un repaso de su trayectoria desde lo cronológico, un estudio de su producción ubicando en contexto su textualidad, y los escritos originales de Nahueiquintún y Los establos de su majestad (ambos en yunta con Alberto Rodríguez hijo), Alice Moreau (co-autoría de Silvia Ghilardi), El cerrojo, El concierto a fuego lento de la señora Decroly, La conferencia y Un lunes, además de la versión 2010 de Los establos de su majestad, adaptada por Sonnia De Monte.   

La inexplicable (básicamente, porque no se explicó) ausencia de una de las autoras, Salas, hizo de la presentación un verdadero tour de force por parte de Cheli de Díaz Araujo. Con una actitud cálida, democrática y de gran entereza (sin dejarse flaquear por recuerdos ni cuestiones personales) coordinó y compartió la mesa académica con aquellos teatristas en quienes Lorenzo impactó. Allí estaban el director Walter Neira, quien más puestas de textos de Lorenzo ha realizado hasta ahora; la pluriartista Vilma Rúpolo, que remontó en clave multimedial Los establos de su majestad, a más de tres décadas de su primer estreno; y el actor y director Gustavo Casanova, que reflexionó sobre esa puesta y luego compartió escenario con la actriz Laura Bagnato. José Kemelmajer y Jorge Fornés también se sumaron con sendas y elogiadas actuaciones, en lo que, en síntesis, resultó una cabalgata ágil y fluctuante desde donde homenajear a Lorenzo. Que incluyó, asimismo, la proyección del documental de Ulises Naranjo que hace unos años hiciera sobre el gran Fernando.

Cheli realizó una sentida semblanza de Lorenzo, quien -nunca está de más recordarlo- excedió su rol de dramaturgo y se instaló en los terrenos de la poesía, la actuación y la dirección, entre otros. Atinadamente, la autora fue alternando sus apreciaciones entre las representaciones escénicas y la exposición de los distintos invitados. Hasta que en un momento determinado, se refirió al gran amor que Lorenzo sentía por los jóvenes (y que sin duda éstos retribuían) y leyó una poesía al respecto. En el documental de Naranjo, sin ir más lejos, se podían ver escenas compartidas entre  Lorenzo y los jóvenes poetas de los ‘80/’90: Patricia Rodón, Luis Abrego, el mismo Naranjo…

Lo llamativo de la reunión fue la ausencia masiva de gente joven, salvo dos o tres excepciones (una Laura Rodríguez por aquí; una Luli Aybar, coordinadora del evento, por allá), en una clara demostración de que la historia del teatro mendocino está generacionalmente fracturada. De allí que la sala estuviese llena de contemporáneos a Lorenzo y gente de la generación posterior inmediata y, al mismo tiempo, vacía de jóvenes de 20, 30, 40 y hasta un poco más de años, como si no quisiesen saber de donde vienen, al menos dramáticamente, y como si descreyesen de poder aprender de los antepasados y se autoglorificasen por sus propios y supuestamente indiscutidos aportes.

“Me parece que aquí se corta la cadena”, me comentaba off the record un popular artista mendocino allí presente. Se refería, justamente, al hecho de que de no seguir sosteniendo la historia con estos actos, en pocos años más nadie sabría de la existencia de Lorenzo y de tantos otros. Con la memoria corta, el teatro mendocino estaría desapareciendo todo el tiempo y nunca se integraría como historia. Es cierto, no moriría nunca, como bien señaló Neira en un momento. Pero tampoco crecería, aunque sea por acumulación.

Los jóvenes viejos, parangonándolos con aquellos de la película de Rodolfo Kuhn, no son los que acompañaban y aprendían de Lorenzo en los ’90, en los ’80 y quizás antes. Los jóvenes viejos son los que hoy esquivan el bulto de los antepasados y no tienen más referencia que la autosuficiencia. Creen que todo es viejo. Incluído ellos, con lo cual no hacen más que confirmar que son jóvenes viejos.

Para ellos, este joven libro: El universo teatral de Fernando Lorenzo. Saber que existe es el primer paso.