Los disfuncionarios de la incultura

17.06.2021 17:31

Por Fausto J. Alfonso

 

Mendoza. Siglo XX. Y también XXI. En los espacios culturales, las cúpulas se queman. En las bibliotecas, desaparecen los incunables. En los museos, se prioriza el manducar. En los espacios abiertos, se entinta el paisaje queriendo emular a Christo (el búlgaro, no el otro). En las salas oficiales, se escurre la taquilla. En los teatros griegos, las grúas se caen. Como los clusters. En la vía pública, se estampa el logo para sponsorear al visitante. En las editoriales… no pasa nada, ni siquiera lo peor. La lista podría seguir tranquilamente, siempre refiriéndose a organismos oficiales, tras los cuales se esconden -y no es una metáfora- los disfuncionarios de la incultura. Ñoquis eternos, y para más desabridos, con menos cintura que Thalía, por citar a alguien que ellos puedan llegar a conocer. Menos cintura para la gestión, se entiende.

Nadie se pregunta, a veces ni los mismos artistas, de dónde surgen estos especímenes que carecen de conocimientos y modales, pero además de palabra, coherencia y, créase o no, de cultura. Los venimos viendo desfilar desde hace décadas, rotando por oscuras oficinas, amobladas con roñosos escritorios, pero con cajones de doble fondo. Matarifes del arte y el pensamiento, trozan y destrozan cuanto se les cruza por delante y se ofenden cuando uno les reserva un espacio en la galería del terror. Van y vienen de un puesto a otro, siempre agradeciendo (por dentro) que haya algo llamado Estado y posan con su Malbec como bebida puente y simbólica de ese matrimonio malavenido entre el Turismo y la Cultura.

No tiene demasiado sentido ensayar una lista de aquellos que beneficiaron a Mendoza, simplemente porque no los hay. Ni para empezar. Lógicamente, entre los susodichos hay matices. Están los que salen de un cargo sospechados de corrupción y los que salen investigados por corrupción. Tarea para el lector: ir a los archivos y chequear uno por uno. La mayoría -en actividad o no- debe explicaciones. Pero como apenas saben balbucear, difícilmente las den alguna vez. Mientras, las causas se apolillan a la par de jueces, fiscales y testigos.

Y así como hay matices entre los disfuncionarios, hay atenuantes para su accionar. Primero, a nadie le interesa investigar a los funcionarios de Cultura porque siempre es más redituable desenmascarar a los de Hacienda, Obras Públicas, etcétera. Segundo, la corrupción es parte de la Cultura. Y en ese contexto sería como investigar a la Literatura, el Teatro, la Plástica… con el riesgo de caer en la censura. Cosa que sí está mal vista, por supuesto (aunque ahora sólo por el que la padece de modo directo). La corrupción es cultural y como tal no se toca.

Entre otras habilidades, los disfuncionarios de la incultura tienen la de programar reuniones que nunca se consuman. En ese sentido, son hombres y mujeres récords. Otra destreza es la de jugar a las escondidas con un ingenio enorme para detectar cuevas. Una más, y aquí el balbuceo se suspende por unos minutos, una capacidad innata para ensayar excusas a la hora de liquidarle a un artista una mísera función, un subsidio indignante o alguna otra chuchería. Porque a ese nivel se mueven, al nivel de las chucherías, mientras disfrutan de un sobresueldo y un estilo de vida que luego se les hace difícil explicar y que incluye inversiones inmobiliarias o la apertura de un negocito, a modo de gustada. O la búsqueda de un conchabo para la suegra (¡uy!, qué feo suena esto último, qué poco culto).

Pero son amigables. Eso sí. Trato informal y alegre siempre. Mirada y decir inclusivos. “Empáticos” (¡qué palabrita!). Sensibles. Porque los artistas son sensibles y deben tratar con ellos. Y también, siempre prestos a expresiones como “yo te lo soluciono”, “dejámelo a mí” o “ya te lo averiguo”, que tratan de compensar dichos como “venite mañana”, “llamame más tarde” o “haceme acordar”. Porque hay que señalar que es condición sine qua non, para acceder a estos cargos, sufrir de cierta amnesia parcial y regulable.

Debe quedar claro. La Cultura de Mendoza no se ha co-escrito entre el Estado y los artistas. Son estos últimos, en su gran mayoría, los que la han escrito. Al mismo tiempo que han invertido tiempo, energía y plata “a cuenta de” para que el Estado los ayude. Pero salvo los entongados de turno, el resto siempre ha salido perdiendo. Sea frente al signo político que sea.

La pandemia, maldita para casi todos, pero bendita para algunos pocos, les ha facilitado a los disfuncionarios en general, y a los de la incultura en particular, nuevas herramientas para sus escondidas y evasivas. A más comunicación, más excusas. Más justificaciones incomprobables. Las palabras “sistema” y “plataforma” pasaron a ser sus muletillas, tanto como los verbos “caer” y “tildar”. Un cara a cara con ellos es más difícil que con Putin. Entonces hay que conformarse con verlos en los perfiles de tal o cual red, con looks de neo-hippies tecnológicos, a todas vistas piolas y amigables, y siempre dejando que se transparente ese “dejámelo a mí”, tan canchero como hipócrita.

Los disfuncionarios de la incultura son tipos informales, desestructurados. Porque así es la cultura, a diferencia de la política o la economía. De tan informales que son, se han olvidado para qué están. Olvidadizos. Son locos, che. Pero de lo que no se olvidan es de la selfie con el cooptado de turno. Eso es de cajón. Llevan la propaganda adherida a su ser, como la remerita de Metallica o el bucito con algún motivo “joven”. Porque la cultura no envejece. Y tampoco está mal hacerse el pibe.

Hoy, todos y cada uno de ellos se sienten desbordados por la pandemia. No dan abasto. Pobres. Realmente dan pena. Tanta como la que da el estado de la Cultura en Mendoza.