Luis Villalba para todos y a 24 cuadros por segundo

02.02.2016 10:08

Por Fausto J. Alfonso

 

Siempre me pareció que la poesía mendocina se excedía en vedettes, en niñitas y niñitos viejos y  caprichosos, en facciones celosas y conspiradoras, en falsas y falsos revolucionarios que miraban a todos desde la cima de una escalera tijera (de tres metros, no más tampoco) empuñando sus crípticas líneas, ésas que puede comprender apenas un puñado de iluminados. Me sigue pareciendo lo mismo y, desde la hora cero, claro está, no pertenezco a esa elite de distinguidos decodificadores. La poesía (mendocina) y yo nos costamos mutuamente, si se me permite tal expresión.

No me pasa con el hombre en cuestión. “Es que yo no escribo para expertos, escribo para la gente”, me dice Luis Alfredo Villalba, 1939, mendocino de Mendoza, en una esquina peligrosa de la Sexta Sección (o Siesta Sección, como bien rebautizó Alberto Bistué). El poeta sabía con el buey que araba. O se pasó de modesto, o de demagogo. Lo cierto es que al extenderme su último volumen -bonita dedicatoria incluida- me alcanzaba algo más que un libro de poemas. Me arrimaba también un libro de cine. Nada mal. Veamos.

Fotogramas es el título en cuestión y, para su autor, no sólo supone la alegría de un nuevo texto en circulación, sino también la alegría adicional por la inauguración de su propio sello, Colección Agair Azul. Prolijo en su diseño y diagramación (Gachi Ruth Domínguez) e impreso con la tradicional garantía de Inca, la propuesta elude el lamento quejumbroso del poeta con tendencias suicidas, así como la frivolidad propia de un posmodernismo interpretado a las corridas. Tampoco se hace el geek con juegos de palabras tecno ni el sabiondo del soft porn. Sin embargo, a lo largo y ancho de sus poemas, hay desesperación, ligereza, actualidad y erotismo, como las contracaras auténticas, benignas, de las pretensiones y poses poéticas de turno.

Viejo lobo de cine, Villalba ha guionado y dirigido como quien hace poesía. De allí que no sea extraño que ahora se despache con una serie de poemas aunque pensados como quien hace cine. Sus Fotogramas son parpadeos poéticos, pequeñitas reflexiones sobre la vida (con todo lo que ésta supone). Son muestras y escamoteos, muestras y escamoteos, como en aquel juego que jugaban los cuadritos del celuloide con la cruz de malta en la era pre digital.

Luis es un artista múltiple, se sabe. Ha frecuentado numerosas disciplinas y es un incansable experimentador. Hoy, oficia de Neurus en su laboratorio de la citada Siesta Sección, aunque a diferencia del jefe de Pucho, con menos maldad y mejores resultados. Porque de algún modo, y esto es importante, debe dejar bien parado, con su ejemplo, al “socialismo libertario” del cual proviene.

No sin ironía, sarcasmo y, a veces, una cínica pesadumbre, el poeta proyecta 104 pensamientos políticos, religiosos, amorosos, sociales, cinematográficos… Pero no olvida que el primer compromiso de la poesía es con sí misma. Entonces cuida las palabras como oro. Las cuida en cantidad y en calidad. Y así, como disparos de veinticuatroava parte de segundo, cortitos y al pie, van apareciendo los Fotogramas de su película. Que el lector podrá respetar en su orden o reformular de acuerdo con su gusto o criterio.

Según Fernando Arrabal, el cine es confusión. Según Orson Welles, el cine es fraude. Justamente, la confusión y el fraude abren y cierran la secuencia de poemas de Villalba, siempre que se opte por la lectura tradicional. El micropoema 1, de aliento felliniano, dice así:

 

En el principio las tinieblas cubrían el abismo

y un soplo informe y vacío aleteaba sobre las aguas. 

Entonces Marcello dijo:

Ma questa confusione sono io.

 

Y el micropoema 104 se desprende con:

 

La vida es una obra de arte inconclusa.

Dejar las cosas a medio terminar y huir

como en un fraude chapucero de Orson Welles.

 

La idea de lo inconcluso, de lo “a medio terminar”, reaparece entre líneas (y no tanto) en buena parte del libro. Porque Villalba hace arte consciente e inconscientemente. Cierra lo consciente y deja difuso lo otro. A veces se pone severo y contundente (“Los cochinos invadieron la bahía”). Otras más lírico y existencial (“Mis ojos escudriñan el suelo calcinado/ y buscan con disimulo un trébol de cuatro hojas”). A veces promueve la socio-política (“El pueblo quiere saber qué se ha hecho de su pan y de su vino,/ de su techo y sus ladrillos,/ de su arado, sus pinceles y sus libros”). Otras ataca la crueldad cotidiana (“De vez en cuando matamos una araña/ para conservar la paz familiar./ Al que le toca, le toca. Patona o peluda”).

En ocasiones asusta (“La pesadilla comienza después del happy end”). En otras, vuela (“Los organismos que frecuentamos este hábitat/ soñamos en servilletas de papel”). En unas más, se vuelve intimista (“El fuego hace sus maniobras como tu corazón sobre mi cuerpo…”). Y a veces, pone las cosas en claro: “La página en blanco está disponible para cualquiera”.

Aquella idea de lo inacabado se patentiza en: “Hay vacíos en mí, pedazos de carne ausente/ Vivo en una casa que no existe, con rincones a medio terminar”. Y la ironía sobre el oficio se descarga en: “Aguijoneen a los jóvenes para que escriban poesía,/ un entretenimiento barato, un pasatiempo en liquidación”. De allá y de acá. Con el número 15, marcha un homenaje a Buñuel; con el 93, uno para el Negro Castillo. ¿Y con el 77? ¿A las piernas de mujer? No, nada que ver. Un homenaje al pensamiento crítico, un bien que amaga con escasear.

Para el amante y para el amante del cine-arte (que bien pueden ser el mismo) hay un poema ideal: “Vos y yo en el cine, vos acurrucada en mi pecho, vos conmigo/ en un sistema delicado, frágil, aleatorio/ con butacas difíciles para dormitar/ pero esperables en un cine que exhibe esa clase de películas”.

En fin, queda claro que Fotogramas vale la pena. Que para disfrutarlo no hace falta tener un máster en Kurosawa ni mucho menos un doctorado en Pessoa. Y que Villalba, al menos desde mi perspectiva, no mira desde la escalera tijera. Está un poco más cerca de todo. Sobre todo de la poesía. Bueno, digo… es lo que creo… Aunque el autor, en su 88, me desmerezca poéticamente:

 

No soy nada de lo que vos creés que soy.

Tampoco la idea que te provoca lo que acabo de decir.

Mientras tanto seguiré siendo lo que soy

hasta que deje de serlo.