Siempre con la misma cantinela (o cantaleta)

07.01.2014 19:41

Ciertas bandas sonoras cinematográficas nacieron para sufrir. Su trivialización a partir del uso y abuso que la televisión (especialmente los noticieros) y la publicidad les deparó, las han convertido en lugares comunes de la música, en una obviedad pura. Por suerte, los creadores de esas –en general- bellas melodías, no alcanzan a enterarse hasta dónde llega el bastardeo. También por suerte, Nino Rota descansa en paz. ¿Descansa en paz?

En 1963, Federico Fellini estrenó la que para muchos fue y es su obra cumbre: Fellini 8½. Como ya había ocurrido con media docena de películas suyas anteriores a ésta, y como sería luego con otras tantas, el musicalizador fue el recordado Nino Rota (1911-1979, en la foto). Fiel al estilo “melanco-circense” compartido con el director, el compositor creó una melodía que no tardó en volverse entrañable para los cinéfilos y que se repite con múltiples variaciones y velocidades a lo largo de los 138 minutos del film.

La presunta ligereza y algarabía de esa música es evocadora, en realidad, de una profunda complejidad psicológica y sentimental de un individuo puesto en aprietos por su capacidad creadora: el director de cine que interpreta Marcello Mastroianni, el mismo que sufre un bloqueo, una falta de inspiración. Los fantasmas femeninos, el sexo, los desbordes, la infancia, la atmósfera surreal, el drama de la creación; en síntesis, la película de su propia vida (la del personaje, la de Fellini mismo) está puesta en esa partitura que dista mucho de ser una mera música festiva.

Nuestra Susana Giménez (ya sabemos que es simpática, espontánea, metepatas, etcétera, etcétera y que todo se le perdona en nombre de esos atributos) no lo entendió así, evidentemente. En un acto de coherencia se la zampó a su show. Y decimos en un acto de coherencia, porque como es archisabido su programa se “inspiró” en el de Raffaella Carrá (Pronto, Raffaella), nacido cuatro años antes en la pantalla tana.

Si el programa en sí no era un dechado de originalidad, ¿por qué debía serlo su música? Para ese entonces, Rota ya estaba muerto. De no haber sido así, quizás hubiese muerto súbitamente ante el primer “¡¡¡¡Cooooorrecto!!!” Las generaciones jóvenes, cuando hablan de la partitura de Fellini 8½ (si saber que es tal, claro) se refieren a ella como “la música del programa de Susana Giménez”. Horror.

Pero los agravios al músico milanés –muchos disfrazados de homenajes- no culminan allí. Otra de sus más preciadas bandas sonoras se cita recurrentemente en tono burlesco o de precaria parodia. Es, lógicamente, el tema de amor de El Padrino (1972), el film de Francis Ford Coppola. Pese a que el acento musical está puesto en lo romántico, la referencia a esta composición siempre está presentada en un contexto de oscuridad y sospecha, es decir, acentuando la asociación con el personaje principal de la historia de los Corleone (primero Vito, luego Michael).

La imaginación de Rota otra vez se quedó corta. Para muestra basta un –solo un- botón: la musicalización del segmento de Gerardo Sofovich, siendo jurado de Bailando por un sueño, momentos antes de dar su veredicto.

Dicho sea de paso, y contrariamente a lo que se piensa, la banda de sonido de El Padrino no ganó el Oscar, ya que su tan citado tema principal era una reversión de otra creación de Rota para el film Fortunella (1958), de Eduardo De Filippo y con Giulietta Massina. Pero ese es otro tema.

Volviendo al asunto de turno, lógicamente no ha sido sólo con Rota que los “musicalizadores” de programas y programejos se han ensañado. Quienes destinan su tiempo a buscar melodías para acompañar las noticias también tienen predilecciones inamovibles. En este sentido el top three se integra con las bandas de Cinema paradiso (1988), La lista de Schindler (1993) y Carrozas de fuego (1981), compuestas respectivamente por Ennio Morricone, John Williams y Vangelis Papathanassiou.

Si la noticia o el informe connota nostalgia, va de cajón la de Morricone; si lo presentado es o esconde una tragedia, va –sin dudar- la de Williams; y si se trata de destacar una proeza deportiva o un ejemplo cualquiera de superación, va –qué si no- la de Vangelis. Una, otra y otra vez, sin parar. Por eso, si hay tres bandas de sonido definitivamente bastardeadas y gastadas hasta restarles todo encanto, sorpresa o mérito musical son ésas.

Claro que esta tarea de acoplar composiciones ya probadas al oído del gran público desde la “ficción” a nuevas imágenes vinculadas con la “realidad” no se restringe a la cantera cinematográfica. La música académica también ha padecido el manoseo. Si no, pensemos nada más que en Carmina Burana (Carl Orff) y en Carmen (Georges Bizet). En ambos casos, se nos vendrán a la memoria unos cuantos programas de ficción, noticieros, publicidades, eventos varios al aire libre y no tan libre, y hasta desfiles de moda de Gabriel Canci. Así habló Zarathustra (Richard Strauss) y mucho Beethoven también han servido de menú elegante en versión fast food. En general, la idea es dotar de una pátina culta a algo que obviamente no lo tiene y que, en el fondo, reniega de su condición.

Volviendo por segunda vez al asunto de turno, por supuesto que, además de Susana, muchos otros programas se han colgado del trabajo de los compositores de bandas sonoras. Con mayor o menor discreción, pagando o no los derechos que corresponden, han tratado de barnizar lo propio con un prestigio ya conseguido por otro. Uno de los casos más recordados es el de Hora clave, el programa de Mariano Grondona, cuya cortina era el tema central del film La Misión (1986), compuesto por el ya citado Morricone.

Saltando un buen tramo en el tiempo, como para probar lo siempre vigente de la práctica, podemos poner el oído en la música incidental de varios tramos del programa Todos contra Juan 2, la muy buena creación del cuestionado actor kirchnerista Gastón Pauls. Reconoceremos que allí se echó mano a la banda de Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha (1970), creación (¡otra vez!) de Morricone. Compositor que además ha sido citado por el universo publicitario en numerosas ocasiones a partir de sus varias y célebres partituras para westerns spaghettis.

Por otro lado, desde que fueron compuestos por Bernard Herrman en 1960, los espeluznantes acordes de Psicosis se han multiplicado hasta el hartazgo y, casi siempre, en contexto berreta. En menor medida también han sido desnaturalizadas para usos varios las bandas de films tan disímiles como El golpe (1973), escrita por Marvin Hamlish; Cabaret (1972), de Ralph Burns; Blade runner (1982), de Vangelis; Tiburón (1975) y La guerra de las galaxias (1977), de John Williams; Rocky (1976), de Bill Conti; Candilejas (1952), compuesta por el propio director del film, Charles Chaplin; Último tango en París (1973), de Gato Barbieri; Vestida para matar (1980) y Doble de cuerpo (1984), ambas de Pino Donaggio; Zorba el griego (1964), de Mikis Theodorakis; Anónimo veneciano (1970), de Stelvio Cipriano: Los paraguas de Cherburgo (1964) y Verano del 42 (1971), las dos de Michel Legrand; y Love story (1970), de Francis Lai; entre muchísimas más y sólo por nombrar películas conocidas. Debemos especular con que otro tanto pasa con films de perfil más bajo y de derechos más eludibles.

El uso del recurso usurpatorio aparece justificado cuando de programas dedicados al cine se trata. Aún hoy conservamos frescas las imágenes de Función privada, el ciclo que emitía en los ’80 el viejo ATC, con Romúlo Berruti y Carlos Morelli instruyéndonos licorcito mediante. La música era nada menos que la de la felliniana Amarcord (1973), compuesta por Rota, lógicamente. Mucha gente llegó hasta la película gracias al programa de tv, cosa que difícilmente haya ocurrido con Susana y Fellini 8½.

Casi treinta años después, Morelli está al frente de El cine que nos mira, ahora en la Televisión Pública, y con la música de Amélie (2001), de Yann Tiersen, como apertura y cierre del interesante envío. Claro que en estos casos, está puesta la pasión y no el oportunismo. Por eso, bienvenidos sean. Como para equilibrar un poco.

 

Fausto J. Alfonso



Texto original publicado en revista digital Don Marlon, escenarios y otros placeres, octubre de 2011.