Simplemente, Maximino Moyano

08.06.2017 10:43

Por Fausto J. Alfonso

 

¿Qué título ponerle a esta nota, si su nombre lo dice todo?

Pocas prácticas periodísticas más reconfortantes que entrevistar a Maximino Moyano. A lo largo de 30 años lo hice muchas veces y cada ocasión era un reencuentro con la humildad, la pasión, la ironía finísima -jamás agresiva- y, fundamentalmente, la ética. No sería exagerar decir que con su partida se desmorona -definitivamente, pero definitivamente- un modo, una forma de entender el teatro. Y más específicamente, el teatro “de provincias”, expresión que usaba para referirse tácitamente al cúmulo de obstáculos que inciden a la hora de crear en Mendoza.

Lejos de cualquier vedettismo o polémica estéril, puso el pecho por los derechos del actor cuando el momento justo lo requería, sin especular ni buscar réditos personales. Cualquiera que, en su otro ámbito, el de la Justicia, haya sido su compañero, podrá atestiguar que allí también era un ejemplo a seguir. Tras muchas décadas de Poder Judicial, Maximino se retiró y de un modo en el que no muchos pueden hacerlo: dejando su escritorio inmaculado, si sirve esta expresión como metáfora.

No era un tipo común, evidentemente. Hasta donde pudo no dejó de ver teatro. Pero no solo el de sus amigos o contemporáneos. Uno lo podía encontrar en cualquier sala, en cualquier obra, enfrentado a cualquier estética. Pese a sus convicciones, su estilo, sus elecciones, era todo un desprejuiciado. En este punto, tampoco se puede decir lo mismo de muchos.

Enumerar exhaustivamente sus premios y sus trabajos como director y actor (más allá de lo que sale por estos días en los medios masivos) es un trabajo arduo del que luego alguien se encargará. O no. Quizás lo más importante es subrayar que no se traicionó ni traicionó a nadie.

Me llega la noticia de su muerte el Día del Periodista. Y me deja con un cuestionario hecho para un libro de incierta publicación. No sé si perdonarle este trámite inconcluso. Pero para que quede en claro qué clase de tipo era, elegí una de las tantas charlas con él. La que publiqué (¿o me publicaron?, se dice) el 10 de setiembre de 2005 en Diario Los Andes. Aquí va.

 

"Pretendo verme incluido entre la buena gente”

 

Se trata de un mendocino con autoridad teatral. Sabe de lo que habla y deja en claro que el hecho de no bastardear el oficio no implica estar demodé.

 

No apura su café en la Piazza. Repasa parte de su historia y de la historia del teatro mendocino con absoluta calma, con todo el tiempo del mundo. La situación no deja de ser saludable en estas épocas cuando se impone el fast, sea gastronómico, sea literario, sea teatral.

A la hora de criticar, es casi un dandy. Nunca pierde los modos, aunque no por sutil deja de descargar munición gruesa. Con casi medio siglo en los escenarios, como actor y director, se para sobre convicciones inalterables, que a su vez tienen como único sustento lo que es casi un dogma: no prostituir el oficio.

Hace 28 años que está al frente del elenco de Cultura Hispánica. Sus últimas puestas son "Variaciones cotidianas Ravel", trabajo colectivo que parte de "Los dactilógrafos", de Murray Schaffer, y se relaciona estructuralmente con el famoso "Bolero"; y "Las últimas lunas", de Furio Bordon. Fue docente de teatro durante 24 años y recibió numerosas distinciones, entre ellas el premio que lleva el nombre de su admirado Leónidas Barletta. Con ustedes, Maximino Moyano.

 

-           ¿Qué fue lo último que vio?

-          Una obra de Boris Vian en la Enkosala: "Los constructores de imperio o el Schmürz". Un trabajo interesante, de un grupo joven. La pieza la encontré bien movida en el espacio pequeño de la sala, aunque algo envejecida. Sonaba a aquella vanguardia de los '50 de Francia.

-          El año pasado salió ofuscado de ver Los Macocos. ¿Qué no le gustó?

-          Es un grupo de los que trabaja en el off de Buenos Aires, con cierta prensa y muchos años de actuación. Pero se me ocurre una forma de hacer teatro un poco bizarra, con recursos destinados a impactar fácilmente en la platea, gruesos, directos, en su mayoría groseros. No me convenció para nada. No me pareció un espectáculo de gran jerarquía, como se lo quería presentar aquí.

-          Sin embargo, ahora está agendado de nuevo.

-          Bueno... seguro se está intentando atraer a un público que gusta de esta cosa directa.

-          ¿Este sería el teatro que más le molesta o hay algo que lo desencaja más?

-          No es que me moleste. Simplemente advierto que se trata de un teatro que se hace con recursos demasiados simples y demasiado tendiente a gustar.

-          ¿Hay algún tipo de teatro que sí realmente le molesta?

-          La cosa comercial disfrazada de culturosa.

-          ¿Qué es lo que más añora de los '70?

-          Había una suerte de mística en los grupos. Porque en principio había grupos que, equivocados o no, exponían una ideología y una tendencia con sentido social. Se trataba de elevar la puntería en todo sentido, elevar el grupo y a la vez elevarse en conjunto con el medio. Hoy no se advierte la existencia de grupos. Desde que ha cambiado la situación económica, hay muchos elencos con sala propia -que era el sueño que teníamos en los '70- pero los grupos como entidad han desaparecido. Hoy tenemos un señor que es dueño de una sala, pero no existe un grupo ideológico en torno, por lo menos estable. De modo tal que tampoco existen las temporadas. Se hace una obra, mañana se estrena otra, a los quince días otra, en una sala actúan diferentes grupos y todo esto no permite crear una corriente de público.

-          ¿El texto sigue siendo para usted tan importante como hace 30 o 40 años?

-          Para mí lo fundamental son los actores. El teatro es el que hacen ellos. Luego, lo que sustenta su trabajo, es un buen texto. La estructura dramática permite que una obra sea o no de buena recepción.

                        

Como actor, junto a Elsa Cortopassi, en Potestad, de Eduardo Pavlovsky.

 

-          Ante tanto teatro ligero, por llamarlo de algún modo, ¿no se siente demodé con lo que hace?

-          Está bien que los jóvenes hagan esta incursión en el teatro ligero porque pareciera que es lo que les permite vivir y lo que Mendoza admite en los actores locales. Digo admite porque no les admite otro tipo de teatro más serio y profundo. Eso no quiere decir que todos tengamos que rendirnos ante estos atajos o actitudes de conveniencia. Uno debe resistir.

-          Como el Cardenal.

-          Sí señor. En este momento, la actitud debe ser de resistencia y, citando al Cardenal, vemos a Pavlovsky haciendo "Variaciones Meyerhold", de donde un poco nosotros tomamos la idea para nuestras "Variaciones Ravel".

-          ¿Para qué sirve el teatro hoy en una sociedad como la mendocina?

-          Siempre debe servir para mostrar cómo estamos viviendo y hacernos ver de qué otras formas podemos vivir. Esa toma de conciencia es lo que -consciente o inconscientemente- logra el teatro.

-          Usted siempre tuvo otras actividades. ¿No pudo o no quiso abandonarlas?

-          Podría haberme dedicado a vivir de esta actividad, pero tendría que haber transado, hacer cosas en comederos, en boliches nocturnos... El teatro que yo hago no cabe en esos lugares. Entonces tuve que buscar otra actividad para seguir haciendo el teatro que yo creo que hay que hacer.

-          ¿No se justifica entonces hacer teatro malo para hacer teatro bueno?

-          En absoluto. Mucha gente dice que está haciendo esas cositas de momento para poder vivir y algún día hacer algo bueno. Pero se les pasa la vida y nunca hicieron algo bueno.

-          Durante muchos años estuvo al frente de una sala. ¿Cómo repercutió en el grupo la falta de ese espacio?

-          Y... se produce la dispersión. Después de muchos años en esa sala habíamos logrado poder representar todo el año, de febrero a diciembre, cuatro funciones semanales, lo que hoy sería una entelequia.

-          ¿Qué le interesa de lo que hoy se ve en Mendoza?

-          Es una pregunta difícil. No hay un teatro con una orientación determinada. El mismo elenco de pronto realiza distintas propuestas. Es todo muy ecléctico.

-          En lo personal, ¿para qué le ha servido hacer teatro?

-          Creo que la gente que está dedicada al teatro, a la música, sin intereses menores o subalternos, es buena gente. Y yo pretenciosamente pretendo verme incluido entre esa buena gente.

-          ¿Cómo ve la programación del Independencia?

-          Es esa cuestión ecléctica, en la que se advierte buena intención pero donde no se sabe qué traer para gustar a la mayoría o para gustar a la élite. Se está tratando de equilibrar entre lo popular y el público que suele asistir al Independencia. Porque éste tiene un público que no va a otras salas. Un rasgo característico del mendocino: va a ese teatro por circunstancias extrateatrales.

-          ¿Hasta dónde el Estado debería subsidiar al teatro?

-          En países emergentes como el nuestro el Estado debe subsidiar. En Buenos Aires se subsidia al San Martín, se subsidia al Colón, para beneplácito de 3.000 personas, y nadie se queja. ¿Por qué nosotros no tenemos un pequeño Colón?

-          Con respecto a fiestas y festivales que se organizan desde el Estado, ¿sirven?, ¿son confiables?

-          Yo les tengo desconfianza. Estas fiestas nacen en principio desde Buenos Aires, con finales que se realizaban en la Capital. Servía en parte a los actores porque podían actuar en un gran teatro, ser vistos por un gran público y por la mayoría de los críticos de Buenos Aires, que los hay y muy buenos. Luego, Buenos Aires sintió esta molestia y empezó a tirarlas hacia el interior. Últimamente desde el interior se las tiras al subinterior. A esta altura no creo que le sirva a nadie. Gente de Mendoza que por un día vaya a hacer una función a, por ejemplo, Santa Rosa... O un grupo de Córdoba que por un día venga a hacer una función a las Lagunas del Desierto... Tampoco ha aumentado el público de Mendoza después de los festivales.

-          ¿Qué reflexión le merece que en la fotogalería que une las salas Lucero y Politti no haya ninguna foto de estos actores?

-          No habrán encontrado a los familiares. Otra cosa no se me ocurre. Además, no hay en Mendoza un archivo oficial de las cosas que se han hecho. Yo tengo fotos de Politti, con quien hemos trabajado juntos, pero nadie me las pidió.

-          ¿Qué es hacer teatro independiente hoy?

-          Lo independiente conlleva aquella conducta, aquella mística que supuso el teatro independiente en Buenos Aires a partir de los '30, con Barletta y el Teatro del Pueblo. Esa independencia, ideología y pureza estética que hoy en Buenos Aires sigue manteniendo Alejandra Boero. Una férrea actitud de calidad y conducta.

-          ¿Qué no haría en nombre del teatro?

-          He tratado de vivir siempre de alguna otra actividad para no prostituir esta actividad. No haría jamás algo exclusivamente comercial o que traicionara esos emblemas del viejo teatro independiente.

                    

Jorge Fornés y Rubén Hernández, en una de sus tantas puestas: Anclado en Madrid.

 

-          Supongamos que por un momento tiene que oficiar de estatua viviente. ¿Qué esquina y personaje escogería?

-          No creo que me pudieran hacer esa propuesta, pero si se trata de ser exhibido, bueno... tendría que ser la del kilómetro cero. Que es donde todos quieren hacerse ver, sobre todo ahora que estamos en período electoral. Y como personaje elegiría a Leónidas Barletta. Lo representaría tocando la campana.

-          ¿Cómo ve la gestión del INT?

-          Entiendo que encauza mal los subsidios. No creo que sirva a los fines que estaba propuesto. Por ejemplo, hay una gran cantidad de subsidios que van a parar a manos de tres o cuatro comerciantes que, aleatoriamente o por conveniencia, permiten algún tipo de actuaciones de gente vinculada al teatro, y obtienen de esta manera los dinerillos que seguramente serían bien recibidos en lugares más idóneos. Pienso en el grupo de Fermani, por ejemplo, que se puede compartir o no su experiencia, pero es seria. O en Castellani, que también investiga de manera seria, callada, discreta.

 

“El mendocino no es exigente, es presumido”

 

Para Maximino Moyano, eso de que el público mendocino es exigente responde a "uno de los mitos que la gente que viene de afuera trata de alimentar, porque no hay como decirle valiente al tonto para que trabaje".

Según el director, "todo el mundo viene y dice el mismo verso: 'Este público que es tan exigente...' Y el mendocino se lo cree. No es exigente, es presumido. No se puede ser exigente con lo que no se conoce y, teatralmente, el público de Mendoza conoce poco. Lo que el mendocino no advierte es que lo que le dicen a él lo dicen en todos los centros que incluya su gira. Depende de la inteligencia de cada uno de esos centros el creérselo o no".

Un hecho protagonizado por el propio Moyano bien vale como anécdota-moraleja y también como comentario irónico. "Hay una obra -cuenta-, que hicimos hace algunos años, 'Un viejo olor a almendras amargas', de Abel Mateo, donde sobre el final aparece un actor que representa al autor y dice: 'Hemos tenido el gusto de actuar en esta plaza que es conocida por todos por ser su público tan exigente...' Y el público aplaude".

 

“Es hora de que el Gobierno instrumente sus planes”

 

"En principio me parece un error -dice el director respecto de la fusión de Turismo y Cultura-. Son elementos que deben estar separados. La cultura debe tener autonomía. Esto nos estaría indicando que en la Provincia no habría un plan provincial de cultura".

 

-          ¿Y la convocatoria del gobierno para el Plan Estratégico, a dos años de asumir, que le parece?

-          Mire, como recopilación de datos puede servir, pero... no sé hasta qué punto es lícito estar citando a la gente para que traiga ideas. Creo que el trámite debería ser a la inversa. El equipo gobernante sospecho que fue elegido porque tenía determinados planes. Es hora de que los instrumente.

-          ¿Ha visto diferencias entre la gestión Romero y la gestión Lacerna?

-          Se me ocurre que no depende de ellos. Son políticas que arrancan más arriba. No creo que un subsecretario pueda modificar una estructura superior. Romero creo que se debe haber encontrado con los mismos problemas, sobre todo en aquella época que teníamos un gobernador mucho más autoritario, déspota, si cabe la palabra.

-          ¿Se ve como subsecretario de Cultura?

-          Noooo. Para nada.

-          ¿No se ve ni le gustaría?

-          Ni me veo ni me gustaría. Hay que encontrar primero un gobernador con un equipo que tenga una idea clara de la propuesta cultural y a partir de ahí conversar. Pero, tomar un puesto de ordenanza de tercera para de ahí intentar modificar el régimen cultural... me parece un sueño imposible.