Teatro & Medios: sin medios para el teatro

17.11.2013 17:43

Una reflexión sobre la crítica relación entre el periodismo y la escena mendocina. Intereses, suspicacias y mediocridades varias que embarran una cancha de la que nadie sale limpio. *

Debo -aunque también quiero y creo poder- hablar sobre la actual relación que existe entre los medios de comunicación y el teatro mendocino. Esto supone que me sumerja en el terreno de la ficción, algo totalmente ajeno a mí, acostumbrado a trabajar con la realidad. Digo esto en función de que la ficción me permitiría poder abordar una relación que, a ciencia cierta, hoy ya no existe.

Algunos me dirán que sí. Que por los medios circula información teatral. Que leyeron la entrevista a tal o cual director. Que se enteraron del estreno de tal o cual obra. Que hay una cartelera con nombres, días y horas. Y puede que tengan razón, pero eso no alcanza.

Decir que hoy existe una verdadera relación teatro-medios es tan poco creíble como decir que existe una verdadera relación teatro-Estado, por el simple hecho de que se monte la Fiesta Provincial del Teatro o se llame a concurso para una co-producción entre el Independencia y el por estos días desdibujado Cervantes.

 

Lo trivial

Hoy, como en otros períodos del periodismo local, puede que existan voluntades personales, aciertos aislados, esfuerzos dispersos. Pero lo concreto es que el periodismo teatral, fundamentalmente en los grandes medios, ha quedado reducido prácticamente a la nada.

No es novedad que el periodismo teatral, y el de espectáculos en general, sea considerado una práctica menor, aún por los propios dueños y editores de medios.

En un ejercicio de autocrítica y, más aún, de autoflagelamiento, debo sincerarme y decir: los periodistas, hoy, no estamos cumpliendo con nuestra misión. Nuestro trabajo es pobre y, en ocasiones, paupérrimo.

Después de más de veinte años de hacer periodismo de espectáculos, y sobre todo periodismo teatral, no es fácil atravesar este presente y llegar a esta conclusión del momento: se hacen pocas cosas y se las hace mal. De modo trivial, ligero, superficial.

Por supuesto que hay motivos, hay atenuantes, hay presiones y hay culpables de que las cosas estén así.

Hoy, la multiplicidad de trabajos a los que debe atender un periodista para mantenerse como tal, y no tener que cambiar de oficio, las presiones horarias de cada uno de esos trabajos, la sobreoferta de espectáculos, la feroz competencia entre los medios y, paradójicamente, el espacio restringido que se le dedica al arte y al espectáculo, hacen que, por un lado, el periodista-crítico no pueda plegarse más estrechamente al proceso de elaboración y maduración de una propuesta; y por otro, que aún teniendo la posibilidad de hacerlo, no estén dadas las condiciones para abordar su tarea con toda la profundidad de análisis con que artistas y público se merecen.

 

La presión

Las presiones a las que vive sometido el periodista de espectáculos son múltiples. Además, a diario aparecen nuevos modelos de presión que lo arrinconan hacia un lenguaje vacuo, blando, lavado y, en definitiva, inservible.

La mayoría de esas presiones son comunes a todos los medios. Algunos de estos medios demuestran cierta voluntad por erradicarlas y, por ende, por resultar más creíbles; en tanto que otros las esgrimen como un triunfo del sistema por sobre la pluma rebelde, o sea, por sobre el periodista de espectáculos o periodista teatral.

En el seno de la redacción y en sus alrededores residen, lógicamente, las presiones endógenas. Jefes de Redacción, de Espectáculos y de Publicidad, directores periodísticos y dueños de medios alentados por artistas amigos de la casa, se convierten de la noche a la mañana en especialistas en cine, teatro, música, danza, televisión, literatura y pintura. Aunque a fuerza de censuras, caprichos y componendas varias. En torno de este tema hay todo un anecdotario que bien podría conformar un suculento y tragicómico volumen del espectáculo mendocino.

A esas presiones endógenas, se suman las exógenas, propias de las distribuidoras cinematográficas, propietarios de salas, productores varios (los mismos que, cuando les conviene, descontextualizan frases de críticas y las reproducen en sus afiches para engañar al público), agentes de prensa, multimedios, auspiciantes y hasta la actitud patoteril de ciertos artistejos o la actitud vulgarmente intimidatoria de funcionarios dedicados a la “cultura”.

 

El enemigo

Y aquí hago un aparte, a propósito de este tipo de funcionarios. Pareciera que para esta gente el periodista es un enemigo (no un opositor, que por naturaleza sí lo es). Por lo tanto, y atentos a aquello de que si no puedes con el enemigo, debes unirte a él, adoptan actitudes francamente despreciables. En realidad, la metodología es sumar al periodista a su misión de modo tal de “neutralizarlo”, de apagar sus objeciones. Entonces, lo tientan con alguna tarea, elogiándole su capacidad, que sin dudas contribuirá a este “salvataje de la cultura vernácula” que tanto nos preocupa a todos. Me ha ocurrido y le ha ocurrido a otros colegas. La mayoría no ha aceptado. Pero uno que otro, sí. Uno que otro, no se acuerda muy bien ni de dónde viene ni a qué plataforma ideológica defendía.

Cuando digo alguna tarea -y con esto termino el aparte- no me refiero a la ocasional y fugaz participación como jurado de alguna competencia teatral. Cuestión lícita. Me refiero a cargos políticos de segunda, disfrazados de asesoría técnica o con algún rótulo sofisticado que de idea de trascendencia y sapiencia.

Hasta aquí, algo sobre el entorno laboral del periodista. Quienes crean que el periodista de espectáculos la pasa bárbaro porque entra gratis al cine o a una sala teatral, bien puede ir cambiando de opinión.

 

Lo obsceno/Lo superficial

Difícilmente, las cosas puedan salir del todo bien trabajando en ese marco. Pero, concretamente, ¿cuál es el resultado de todo esto a los ojos y al oído de la gente? ¿Qué lee o escucha de nuestra parte, como resultado de la mezcla de aquellas condiciones insalubres y de nuestra propia incapacidad por hacer mejor las cosas?

En principio, se encuentra con un material a priori saludablemente liviano, pero en realidad obscenamente superficial. Creo que esto tiene que ver con los siguientes aspectos:

- Artículos demagógicos.

- Entrevistas lights.

- Críticas descomprometidas.

- Panoramas o balances meramente descriptivos.

- Sospechosa insistencia en determinados temas o artistas.

- Falta de jerarquización del material.

- Empobrecimiento del lenguaje, esgrimiendo como excusa el “multitarget”.

- Priorización de temas no locales, pero que respondan a los cánones del espectáculo comercial.

- Relacionado con lo anterior, cobertura (a modo de entrevistas, críticas, anticipos) de las “visitas”, en perjuicio de la producción local.

- Exceso de material de agencias, sin ningún aporte local.

- Exceso de notas cortas para temas trascendentes y de notas largas para temas intrascendentes.

- Publicación de críticas de medios porteños, cuando bien sabemos que la mirada local y el impacto de un espectáculo en Mendoza puede llegar a ser muy diferente.

- Exceso de gacetillas sin procesar.

- Títulos exitistas y populistas.

- Excesivo interés por emular lo peor del periodismo de espectáculos televisivo.

- Reducción de la mirada hacia aquellos nombres legitimados (y que aquí no nombro por una cuestión obvia).

- Necesidad de rescatar cosas buenas contra toda evidencia. En este sentido, los mendocinos nos podemos considerar unos afortunados. A juzgar por algunos medios, todo lo que pasa en Mendoza, y por Mendoza, es de una calidad inobjetable.

- Una actitud general más cercana a la publicidad que al periodismo.

- Una falta de interés de los medios por formar mejor a sus periodistas de espectáculos.

- Y una falta de interés de los periodistas por formarse mejor, aún cuando el contexto no se lo exija.

 

El escote

Marilyn Monroe dijo alguna vez: “El problema con los censores es que se preocupan de que una chica tenga escote. Deberían preocuparse si no lo tiene”. Del mismo modo, los medios deberían preocuparse porque sus periodistas tengan escote intelectual y no orejeras para caballos que les restrinjan la mirada del mundo que los rodea.

La remanida pero irrefutable apreciación que reza: un pueblo maleducado es más fácil de dominar, puede trasladarse al ámbito periodístico. Porque tampoco es bueno que el periodista sepa mucho. Incluso a algunos artistas hasta les viene bien que no sepan más que tipear una gacetilla.

Cada vez más los medios necesitan periodistas que no opinen (valga la contradicción). En esto, hay prácticamente uniformidad y de hecho, los medios gráficos apenas se distinguen por el tamaño, la calidad de impresión o el precio de tapa, pero no por el tratamiento personal de la información.

Bueno; todo esto es lo que estamos haciendo. Mal, por supuesto. Y justificados, de algún modo, por aquel cerco de presiones.

 

El vacío

Pero hay más para alimentar nuestro desaliento. Y tiene que ver con la desaparición de espacios en los que se ejercía la práctica del periodismo teatral. Desde revistas especializadas, como Ubú Todo Teatro, a revistas que eventualmente publicaban temas teatrales desde una óptica diferente a la que propician los grandes medios, caso revista Diógenes, caso revista Acceso. También, la extinción de los suplementos Altillo, de Diario Uno, y Fin de Semana, de Los Andes, significó en su momento un retroceso importante. Esos vacíos jamás fueron cubiertos.

No obstante, Mendoza hoy cuenta con cinco diarios, una red de tv por cable importante, dos añosos canales por aire (lo de añosos corre en todos los sentidos) y una red radial muy extensa. Pero este envidiable caudal de medios, se traduce en desdibujadas secciones de espectáculos en las que se informa poco y se reflexiona menos, y en las que el hecho teatral asoma tímidamente. Las propuestas alternativas se reducen al mundo de la radio, a un puñado de programas para los que nos sobran dedos de una sola mano a la hora del conteo. La televisión, por supuesto, sigue desconociendo al teatro mendocino.

 

Lo incierto

Ante este poco auspicioso panorama, ¿cuál es el futuro del periodismo teatral en Mendoza? Incierto. Imprevisible. Existe la suficiente materia prima (léase propuestas artísticas), la infraestructura para su difusión y gente que necesita ejercer la profesión de manera salubre y constructiva.

Como en tantas otras cosas, lo que falta es un cambio de mentalidad, que deviene de una buena educación e información. Empezar por reconocer el problema es una forma, y eso es lo que pretenden estas líneas.

 

Fausto J. Alfonso

 

* Ponencia -versión corregida- presentada durante las I Jornadas Provinciales de Reflexión Teatral, CRITEA-Mendoza, Teatro Las Sillas, Setiembre de 2005.