Una casa de 80, pero bien aggiornada

19.06.2016 11:57

La casa. Adaptación de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Elenco: Las Sillas. Intérpretes: Pinty Saba, Mary Dillon, Diana Wol/María Spinelli, Samantha Toro, María José Elmelaj, Andrea Real, Mariana Fernández, Gisela Lorca, Eliana Dottori y Laura Lahoz. Sonido y musicalización: Arturo Tascheret. Diseño lumínico: Tobías Deltín y Gustavo Casanova. Diseño de vestuario: Inna Oganessian. Ambientación y utilería: Juan Bernardo Marín. Puesta en escena y dirección: Gustavo Casanova. Sala: Círculo Médico (función del 10-06-2016).

 

Por Fausto J. Alfonso

 

Hoy, 19 de junio de 2016, se cumplen exactamente 80 años desde que Federico García Lorca le puso punto final a uno de sus dramas más conocidos: La casa de Bernarda Alba. Y hoy como ayer, y anteayer, la obra se sigue montando sin descanso a lo largo y ancho del planeta Tierra. Como ocurre con otros textos pensados para el teatro, la pregunta y la respuesta son recurrentes, y seguirán siendo invariables:

-          ¿Por qué montarla, una vez más?

-          Porque como buen clásico es inagotable y se actualiza con el solo paso del tiempo.

Como efectivamente esto es así, solo queda que quien la tome sepa leerla a la luz de la actualidad y trate de legar algo de su identidad a la historicidad de esta tragedia familiar inconmensurable.

Quien la ha tenido que asumir en este caso ha sido el director Gustavo Casanova, retomando un trabajo que el elenco Las Sillas ya venía realizando y para el cual tuvo que hacer fundamentalmente una adaptación espacial y mover algunas piezas del elenco.

En principio, el resultado habla de romper con la formalidad del espacio en cuestión (el Teatro del Círculo Médico), con la frontalidad que exige una puesta a la italiana, para de este modo romper también con la parte de “realismo” que hace al “realismo poético” con que se suele tipificar este drama. Por el mismo motivo, lo “poético” se redobla, por la presencia de espacios metafóricos y la descentralización de la acción, que exige al espectador que más de una vez mueva su cabeza como si se tratase de una cámara y siga a las actrices por los rincones de la sala.

A este punto a favor hay que sumarle la puesta en el escenario mismo (que no deja de ser el ámbito donde se desarrolla la mayor parte del conflicto). Prescindiendo de escenografía y utilería realistas, el director optó por un leit-motiv visual a partir del uso de telas. Como se sabe, las hijas de Bernarda son chicas que saben coser, que saben bordar, aunque no sepan abrir la puerta para ir a jugar (bueno… saben, pero no las dejan, claro).

Al ser la manipulación de telas una constante, Casanova se aferró a ello para suplir gran parte de lo material. La presencia de sábanas, manteles, cortinas, telas varias, sirven de separadores de escenas, ambientadores, mobiliario, creadores de atmósferas y justificación de las acciones. Y terminan asociándose al aspecto “poético” del texto, que sigue siendo puntal de la historia como 80 años atrás.

El predominio de telas blancas dan luminosidad al agobio y encierro de las protagonistas y de algún modo suple la referencia lorquiana de que la acción debe transcurrir entre paredes “blanquísimas”. Ciertamente se trata de una luminosidad cautiva. Tras la muerte del padre de familia, el luto es lo que domina. La verdadera luz está afuera, donde la animalidad y la hombría acechan.

En este marco espacial y cromático, las actrices deambulan como si estuviesen enjauladas (en realidad lo están); algunas con resignación cristiana y otras por momentos rebotando como fieras (tal el caso de Adela, la hija menor). La relación madre, hijas, vecinas y criadas se vuelve un entramado de pequeñas intrigas, grandes verdades y ocultamientos, y deseos insinuados o abiertamente caldeados.

Pinty Saba aporta toda su experiencia a una Bernarda lo suficientemente intransigente como para echar miedo. Moldeada en y para la dureza, representa el machismo que le tocó en suerte. Violenta en sus acciones, grotesca en sus comentarios, está prendida a tradiciones y costumbres ¿por entonces? incuestionables, y hasta a conceptos tramposos en términos de educación. Sus hijas la padecen, aunque en distintos grados de la relación sumisión-rebeldía.

Nuestro tiempo (hoy se habla mucho de integración, para arribar siempre a conclusiones machistas o feministas) prueba la vigencia de La casa... Posiblemente lo haga desde esta variante del machismo femenino; el machismo de Bernarda, adquirido por formación y también por herencia. La obra abre mil debates a partir de la figura del hombre, que nunca está en escena: el hombre como protección, como mal, como deseo, como pecado, como trampa, como objeto de competencia, como ausencia, como status… Allá en el fondo, naufraga la noble idea de la necesidad del otro, de la complementaridad.

Mary Dillon (Josefa, la madre de Bernarda) y María Spinelli (en remplazo de Diana Wol, como la Poncia, una de las criadas) tienen labores destacadas para roles destacados. Representan la sabiduría de la vejez, de la experiencia, aderezada en un caso con locura y en el otro con perspicacia. Ciertamente, y más allá de su buen trabajo, Spinelli no da con la edad del personaje: una Poncia que se ha pasado una vida entre esos muros y que sabe tanto como ellos.

Samantha Toro, como Adela, es uno de los trabajos más interesantes. Fuera de sus intervenciones verbales, a la hora del silencio sigue la acción con un atento juego de miradas y pequeños gestos. Con su rebeldía controlada, pero a punto de estallar en cualquier momento, le toma el pulso a todos los que la rodean y deja en evidencia la precariedad de esas “maneras” que su madre se empeña en perpetuar. Para ella, Casanova optó por un final distinto en lo formal, donde tras liberarse de una lencería añeja y represiva, para dar paso a una más moderna y con ella a su instancia de protesta y liberación, se encamina hacia ese final de fondo que muchos ya conocen, pero que igualmente no se revelará acá.

La casa… se inicia en el hall del teatro, donde los deudos velan al jefe de familia, en una atmósfera bastante lograda. Ir a La casa… es volver al pasado para reflexionar sobre el hoy del hombre, sobre el hoy de la mujer. Y con suerte, sobre el futuro de ambos.