Una extravagante correntada

15.09.2015 08:42

 Que periodismo militante. Que periodismo independiente. Que periodismo popular. Que periodismo hegemónico. Que periodismo somos todos. Que quién sos vos para ser –o no- periodista. Etcétera. El tema es que si hay que subirse al tren de la categorización, de plegarse a la artesanía de etiquetar, una nueva revista mendocina incita a ello. Se trata de La Correntada. Una experiencia ligada a algo así como el… “periodismo extravagante”. Sí, sonamos, una nueva.

Si bien sus responsables le atribuyen el mote de “periodismo alternativo”, y puede que bien lo sea, no resulta menos extravagante, como hecho periodístico, editar en Mendoza hoy, es decir aquí y ahora, una revista en papel con temas un tanto incómodos, que informe y opine, y además ensaye una poética de los valores y el optimismo. Estamos mal, muy mal, pero podemos no estarlo, da a entender La Correntada.

Como cabeza más visible de la publicación asoma el persistente gestor de proyectos Eduardo Latino, comunicador muy vinculado a la docencia y práctica de la comunicación popular (podríamos sumar barrial, cooperativa, indie, etcétera, y así retomar los rótulos y empezar de nuevo con esta nota), seguido ahí no más por Juan Alonso, Luciano Bertolotti y Modesto Guerrero. Quienes despliegan esa voluntad de extravagancia, su esfuerzo extemporáneo y su valentía para los contenidos a lo largo de 32 páginas diseñadas –sobriamente- por Marcelo Sosa e impresa con calidad a cuatro colores (o a todo color, para los que no son del rubro).

Este generoso soplo de reflexión no disimula su sesgo popular-latinoamericano, como quien habla “desde las venas aún abiertas de América Latina”. O, mejor dicho, como quien grita y transforma el ejemplar de La Correntada en un cono a modo de “megáfono escrito” (sic de la página editorial). En las líneas de la revista no hay demagogia a la vista. Aunque, es cierto, la demagogia nunca está a la vista y casi siempre al oído. Por eso la palabra impresa suele cuidarse respecto de su par oral. Y aquí se nota cuidada, como bien usada.

Al leer La Correntada (N° 1) se puede optar por ir contra la corriente. Y así, arrancar por el final, ya que su última página propone una lúcida historia gráfica sobre el cuento La autoridad, de Eduardo Galeano. La adaptación y los dibujos son de Chelo Candía y se llama Las hijas de sus hijas. Diez cuadritos son suficientes para redondear sobre las inclemencias varoniles y el destino que las mujeres aún se esfuerzan por torcer.

Volviendo algunas páginas hacia atrás, otras mujeres testimonian porqué optaron parir en casa y qué es el parto respetado, en un artículo bien sazonado con cifras y fuentes confiables. Y varias páginas más hacia atrás, más féminas, esta vez las del grupo Mujeres Huarpes, reflexionan en la voz de Norma Ester Jofré sobre su ser y estar en el secano lavallino y sobre la vigencia de un machismo siempre acechante.

Esto último es, en realidad, un recuadro que forma parte de la primera investigación de La Correntada: En comunidad con la tierra. Que se refiere, claro está, al avasallamiento, sometimiento y despojo del que ha sido objeto la Comunidad Huarpe mendocina en su conjunto, para la cual el INADI y algunas otras “oficinas” son solo escritorios poblados de formularios ventajistas y/o mal impresos. El Estado y los privados. Los privados y el Estado. Nadie se salva si de usurpar tierras se trata. Y no sólo en Lavalle. Va como ejemplo un minipasaje: “En el año 2002, un príncipe de Malasia compró 250.000 hectáreas en Malargüe, de las cuales una parte eran de propiedad privada y otras eran tierras fiscales”. ¿Perdón? ¿What?!!!!!!

En Mendoza, el periodismo de investigación brilla por su ausencia. Por eso, sorprende la abundancia de datos y fuentes y el análisis meditado que se aprecia en este artículo (al que los grandes medios ya deberían estar echando mano, aunque difícilmente se animen). La misma seriedad, con las variantes de enfoque que exige cada tema, se puede apreciar tanto en la entrevista a Nora Cortiñas (“El gobierno pone a Milani y toda la militancia que hay lo acepta sin discutir y sin analizar si está bien o está mal”), como en la charla con el cantautor Alejandro Sicardi (“Más allá de la Vendimia está la realidad real. (…) los trabajadores siguen siendo explotados y despedidos (…) las propuestas de afuera vienen y se llevan una millonada (…) nadie va a saltar, ni los artistas ni las instituciones que nos representan”), o como en el recuerdo hacia Galeano (poeta ligado a la “Memoria, una palabra tatuada en su acción”), quien en página 17 y fútbol en mano parece invitarnos a la 29, donde nos recibe el sensible relato Un barquito de corchos, de Juan Martín Alonso.

El cuento, ilustrado por Marcelo Sosa tiene que ver con el fútbol, claro. Pero también con el concepto de hombría y con el llorar. Con los respetos, los silencios y la camaradería generacional, en un tono (ficcional, por supuesto) muy acorde con el concepto general de La Correntada: valores, poesía y denuncia. Del mismo modo, no desentonan en el contexto el poema Colgado, de Javier Piccolo, ni la obra plástica de Cristina Pérez (El árbol de la vida), ni las pistas culturales que conviven en la página 6.

Es decir, La Correntada posee una coherente musicalidad interna. Tal vez solo desafine en el voto positivo hacia Maduro, al analizar su figura post VII Cumbre de las Américas, en una nota inteligente y bien escrita, pero demasiado benévola en función de esa alternancia de cal y arena que todo el tiempo es el venezolano (la última de cal son los 13 años de cárcel al opositor López por… opositor).

Pero el caso es que La Correntada llegó. Que sea para quedarse depende, como siempre en este tipo de emprendimientos, de múltiples factores que exceden a sus potenciales fieles. Por lo pronto, lo que éstos pueden hacer es rastrearla, buscarla (su distribución “gratuita” es un aspecto motivador). Y leerla. Queda claro que no es periodismo cotidiano, sino extravagante.

Fausto J. Alfonso