Valparaíso: un mapa de convivencias

17.02.2014 18:23

VALPARAÍSO, Chile. Peculiar y sorprendente, la geografía de Valparaíso logra condensar en un kilometraje cuadrado poco alentador, un sinnúmero de bondades que regocijan al turista atento. A ése que le importa tanto lo macro como lo micro, el océano como el rocío. Como a aquél que pretende fundir playa con cerro, comercio con cultura, universidad con religión, vida institucional con informalidad callejera, gastronomía al paso con manteles dignos de sibaritas, lo antiguo con lo moderno. Valparaíso es un paisaje de convivencias.

 

Estrecha y tupida como el país todo, la ciudad, sin embargo, se vuelve infinita. Al menos por dos motivos: sus laberínticos circuitos callejeros y la inmensurable recepción que implica su mar. Recorrerla aviva los cinco sentidos al tiempo que los músculos se tonifican. Su historia, que deja huellas indelebles cotidianamente, lejos está de encontrarse solo en solemnes monumentos, monolitos o plaquetas –que también los hay-. Puede sorprender en cualquier resquicio, haciendo contrapunto con la tutela respetuosa de la modernidad de hoy. Otra vez, la convivencia como paisaje.

 

Reina Victoria, Concepción, El Peral, San Agustín, entre muchos otros… Es decir, los legendarios ascensores que surcan sus cerros son, por ejemplo, un buen modo de descubrir esa comunión entre pasado y presente. Construidos entre fines del XIX y principios del XX, se desperdigan por la ciudad casi con discreción. Estrechas callejas o pasadizos invitan al paseante a girar el molinete para acceder a un breve y encarrilado viaje. Ya en la cima, las sorpresas no se hacen esperar y las vías dan lugar al serpenteo. El convivio entre la naturaleza y la mano del hombre confirma su armonía.

 

Tomemos como ejemplo el ascensor Concepción. Inaugurado en 1882, conecta el centro de la ciudad con el Paseo Gervasoni. El final de su trayecto en subida deriva en una suerte de estallido cultural multicolor: bares y barcitos se intercalan con galerías de arte y diseño, ropa alternativa, reductos literarios, botillerías, regalerías de objetos típicos y no tan típicos, tiendas vintage, hostales, también pequeñas iglesias de distinto credo, etcétera. Un rosario de cartelería que, sin embargo, no abruma. Algún fenómeno indescriptible, quizás no estudiado aún, permite que la atmósfera agradable, pacífica, sobreviva incluso a los momentos de mayor concurrencia turística. Microclima, que le dicen.

 

En el Cerro Concepción, y entre esa seguidilla de construcciones, despuntan algunas otras que se imponen ya por su arquitectura como por su historia. El tradicional Hotel Brighton, sobre el Paseo Atkinson al 151, es una de ellas. La Casa-Mirador Museo de Lukas (Paseo Gervasoni 448), que reúne la obra y estudios del celebrado humorista gráfico Renzo Pecchenino (1934-1988) es también una visita obligada. Como a la hora de comer y bebe lo es el mítico Restaurante Café Turri (sobre Templeman 147), que toma su nombre de la torre y reloj público que se alzan ahí donde las calle Prat y Esmeralda se vuelven una en pleno centro porteño. En Turri, un salmón grillé, con papas al romero y salsa de camarones o unos ostiones a la parmesana, pueden ser buenas opciones y son parte de una abundante carta parejamente sabrosa.

 

El Cerro Concepción se conecta con el no menos seductor Cerro Alegre, donde se replica la oferta de entretenimiento y gastronómica del primero. Una de los atractivos, sobre el Paseo Dimalow al 166, es el moderno hotel-restaurant Fauna, producto del reciclado de una tradicional construcción de 1870. Sin necesidad de estar alojado allí, el turista puede disfrutar de sus terrazas, cocktail mediante. Y si uno subió por el ascensor Concepción al cerro homónimo, puede bajar del Cerro Alegre por el ascensor Reina Victoria (1902) y desembocar en la añosa Cervecera Altamira, ya de vuelta al centro mismo de Valparaíso.

 

El centro, justamente, provee para los ansiosos de estómago numerosas opciones que van desde tenedores cinco estrellas, pasando por restaurants de colectividades, hasta los típicos negocios de fast-food y carritos ambulantes. Pero tratándose de una ciudad portuaria, cuna de infinidad de historias marineras y hasta de piratas, no internarse en una típica cantina marisquera, es lisa y llanamente un pecado. Uno de los sitios más tradicionales es el muy tanguero, bohemio y portuario bar-restaurant Cinzano, inaugurado en 1896. Está ubicado frente a la Plaza Aníbal Pinto, uno de los tantos espacios abiertos donde desde hace 25 años se desarrolla el festival Valparatango. Allí esperan pescados y mariscos en todas sus variantes de preparación y presentación. Cualquier consejo sería quedar en deuda con el resto de los platos del Cinzano. Pero perderse el congrio con papas a caballo o los camarones al pil-pil también sería una deuda del visitante.

 

A pasos del puerto, la plaza Sotomayor dista bastante del concepto de plaza que al menos se tiene en Argentina, arbolada, con bebederos y juegos para niños. Ésta es una explanada, absolutamente despejada, con sus límites trazados en el pavimento y enfrentada al monumento a Prat o Monumento a los Héroes. Importantes edificios rodean a la Sotomayor: el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, los Tribunales de Justicia, el Hotel Reina Victoria, el cuartel de bomberos… Y algunos bares, como el Capullito, desde cuyas mesitas (interiores y exteriores) se puede degustar, por ejemplo, un expreso doble –sazonado con vainilla- con una porción de kuchen, mientras se contemplan las rutinas humanas que marcan el comercio, el transporte y los trámites.

 

A la vuelta de la plaza, en Blanco 588, el café-bar-restaurant Neptuno abriga no pocas historias. De las de antes, pero también de las de ahora, ya que en 2009 las crónicas periodísticas registraron la “presencia” del fantasma de un marino inglés (suicidado allí mucho tiempo atrás) que se las ingeniaba para toquetear a los empleados y parroquianos o para salir en las fotos digitales tomadas por los turistas. La cosa es que en el lugar se sirven unas ricas empanadas de mariscos o de camarón y queso. El eventual toqueteo no se cobra.

 

Tras el café en Capullito o las empanadas en Neptuno, no es mala idea cruzarse al Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, donde muestras y actividades interactivas esperan y sorprenden. Por estos días veraniegos de 2014, por ejemplo, en ese espacio uno puede pintar a lo Pollock, pero digitalmente. El resultado se ve en vivo, claro, pero le llega además por mail al pintor improvisado. Unos pasos más allá, se puede intentar la técnica del frotagge y sentirse por un rato Max Ernst. O descender al subsuelo y admirar una gran muestra de los trabajos de Solveig Norrman (1934), artista sueca que estrechó lazos importantes con Chile. Norrman creó una generosa serie de estampas que muestran -en simultáneo- prácticamente toda su vida familiar y la historia del movimiento obrero sueco. Cada trabajo incluye textos explicativos insertos en el mismo campo pictórico.

 

La traza irregular de la ciudad vuelve apasionante cualquier circuito por el que uno opte. Agotar el conocimiento de Valparaíso es imposible en un puñado de días. Para cualquier turista sensible, seguramente la revisita se impone. Cumplir con el tour en bote, empaparse de los tips de la vida portuaria, saludar al lobo marino que trepó a la boya y, en ese contexto, sacarse la foto turística de rigor, puede ser un primer paso. Pero de allí en más, espera un largo camino. Un recorrido que incita más a la improvisación que a la programación.

 

Fausto J. Alfonso