Apología descontroladísima de Cristina

23.06.2020 16:05

Por Fausto J. Alfonso

 

Las pruebas son contundentes. Están las imágenes. Está el relato. Están sus palabras, el sonido. ¿Qué más? Cristina es única, irrepetible. A lo largo de la historia de la humanidad no ha habido mujer alguna que se acerque a su talla. Hasta acá. Y es muy probable que de aquí en más nadie se atreva a equipararla. Porque ahí está el punto. Hay que atreverse. Hay que ser atrevida. Hay que tener coraje, vehemencia y desprejuicio. Tres características que en este mundo parecen en extinción.

Sin embargo, ella las practicó de pequeña. Porque la precocidad también fue su fuerte. Siendo muy chiquita lo dijo: Que iba a ser “justa y buena” (sic); que iba a “proteger a todos” (sic, también); que iba a “gobernar sabiamente” (sic final). Se tenía fe. Algo que también suma a la diferencia. Por eso no pasó mucho hasta que hombres y mujeres decidieron inclinarse una y otra vez frente a su paso. Siempre firme.

Su personalidad avasallante jamás dio respiro a fieles ni a falsos aduladores. Poner puntos sobre las íes ha sido su especialidad. Tiene, maneja, impone las ideas que corresponden. Y punto. De allí su impermeabilidad a las sugerencias. Sean del canciller, del tesorero, del arzobispo, de los pretendientes (que los hay a paladas), de los campesinos, de unos cuantos machirulos que hacen de la obsecuencia un deporte diario. Pero ojo, los escucha a todos. Con maternal paciencia, y moviendo el esqueleto con diplomática cintura.

Desde la cumbre de la escalera, dialoga con ellos y ellas. Está con todos. Se muestra a todos y piensa en todos. Sin perder su elegancia que todo lo incluye: lo femenino, lo masculino, lo andrógino. Sin caer en la androginia vulgar, en aquel clisé de los ’80. Dura y fría como un témpano, pero conciliadora y antibélica. Todo lo porta en su justa medida, con una intención matriz: “Quiero cultivar el arte de la paz”.

Cultivar. Cultura. Palabras clave. Desde tempranito, en la inmensidad de su lujoso (pero nunca ostentoso) cuarto, recurre a Moliére y a sus pícaras enseñanzas. Y en adelante, una jornada abrumadora. Como día tras día, desviviéndose por el pueblo. Camina de prisa, pero siempre con estilo, por los interminables pasillos del palacio y, con la misma decisión con que le para el carro a Axel (“Ya hablaremos bastante en el parlamento”, lo frena), por más mimado que éste sea, se detiene para besar en la boca a una subalterna, integrándola, desmintiendo la existencia del clasismo. Haciéndola suya y haciéndose de ella.

Va y viene como por una pasarela, sabiéndose una prócer de carne, no de bronce. Alternando los abrigos de piel con los de cuero. Con sus inmaculadas blusas blancas, con cuellos que saben de volados y pecheras multibotones. Con vestidos imposibles de tan complejos y joyas que -hay que reconocerlo- solo ella merece y solo a ella le quedan bien.

Va y viene como pancho por su casa. Casa tomada desde un poder legítimamente conseguido y mantenida con incuestionable autoridad. Tras de sí va dejando una estela acorde a las expectativas de todos: de la gente, de los mastines y del embajador de Francia. Pero particularmente, del embajador de España. Porque ese… ese sí que le cae bien. Por eso mientras intiman le habla de Calderón y Velázquez. Porque también sabe de ellos. Cultivar. Cultura.

¿Algo más para confirmar que es única, irrepetible? Si hasta arqueando una ceja detiene una manifestación en su contra. Si vestida de hombrecito y compadreando puede embaucar a toda una comunidad. Si es la reina de la interpretación a la hora de montar una farsa de alcoba. Si estalla de sensualidad echada en el piso, a centímetros del hogar de leños, desmembrando un racimo de uvas tintas con sus dientes y labios que recorren todo el tramo que va desde la ingenuidad a la obscenidad. Dientes y labios que compiten vanamente con sus pómulos y sus ojos, en lo que, indefectiblemente, se trata de un empate múltiple. Si puede atesorar monedas extranjeras en sus senos, la mejor caja fuerte del reino. Si disfruta de sus deseos irrefrenables tanto como de sus sombreros exóticos, de la soledad y de las sombras, del sudor nacionalista.

Cristina es ama y señora. Reina cuando quiere. Y cuando no quiere más, no lo hace. Elige un sucesor, ante una multitud que llora y ríe en simultáneo. “A veces me gusta huir, para ser libre”, dice. Y todos la entienden. ¡Cómo no! “Hay una libertad que me pertenece y que el Estado no puede tocar” (otro sic y van…). El vulgo acepta, comprende su derecho a la intimidad. A los advenedizos y celosos -que son los menos, los que no entienden nada- sólo les queda comerse el sapo. Ella se ha ganado todo en buena ley y nadie es quién para contradecirla.

Cristina es hermosa, inteligente, ejemplar y con un talante… Su prestancia es a prueba de todo. Pero nunca, nunca más excelsa y portentosa que sobre su yegua. Esa yegua de Cristina que se luce surcando los prados soleados, así como los bosques nevados. Que se detiene ante el humilde. O ante el futuro amado, el mismo que morirá en sus brazos (los de ella, se entiende) y la condenará (esto en sentido figurado) a nuevos desafíos.

Se dijo al inicio. Hay pruebas contundentes: las imágenes, el relato… A 87 años de su realización, La Reina Cristina (Queen Christina, EEUU, 1933) nos entrega la mejor versión de Greta Garbo, la más perfecta, la inmortal. Nunca lució más hermosa y arrolladora, sensible y misteriosa, etérea y marcial, como en la piel de Cristina de Suecia, aquella que reinó por el siglo XVII. Viéndola, cualquier adjetivación queda escasa.

Cada una de estas líneas descriptas, de estas sentidas líneas, están allí. En ese celuloide de antaño. En una de las mejores películas de Rouben Mamoulian. Con John Gilbert como el galán español, Lewis Stone como el canciller Axel Oxenstierna, Ian Keith como el calentón Magnus, Elizabeth Young como Ebba, la probable amante mujer de Cris, y gran gran gran elenco.

Queen Christina se puede disfrutar en zoowoman.website en perfectas condiciones de imagen y sonido, idioma original y subtítulos en castellano. Vale la pena.