Con el humor, ¡no!

22.02.2020 11:01

Por Fausto J. Alfonso

 

“Primero aceptamos el café descafeinado, después admitimos las hamburguesas sin carne -o, aún peor, la leche vegetal-, y tenía que pasar, tarde o temprano, que alguien diera por buena la comedia sin chistes”. Así arrancaba un artículo publicado hace unos días por el diario español El Mundo. Y vaya si su autor, Javier Blánquez, tiene razón.

Su publicación fue a propósito de la presentación en tierra hispana del espectáculo Supernature, protagonizado por el inglés Ricky Gervais (foto), un ácido comediante que no negocia límites y no duda en precisar que "el humor tendría que ser como tirarse un pedo en el funeral de un niño".

En una Argentina desencantada por el accionar de sus políticos, sindicalistas, jueces y hasta “hombres de fe”, que se suprima el humor sería lo peor que pueda pasar. Pero hacia allá vamos. Todos se ofenden, todos nos ofendemos, mientras la censura hace un trabajo paciente, sostenido, con las tijeras más que afiladas.

Ya no importa que el humor forme parte de ese compartimento mayor llamado ficción. Hay que darle trabajo al INADI atosigándolo de intrascendencias y, mientras esto ocurre, otros aprovechan para robar, matar y violar. Claro, cuidemos las formas. Porque además, ¿para qué el humor?, ¿para qué los humoristas? ¿Acaso no queremos ser un país serio? ¡Noooo! Queremos ser un país en serio, y para ello es esencial el humor.

La andanada contra el humor no comenzó ayer. Viene de años y en el marco de la supresión de otras libertades que incluyen aquellas de poder expresar los gustos personales, el deseo, la sensualidad, la elegancia, la galantería, el erotismo, las opciones estéticas, etcétera. Libertades todas que tienen que ver con la expresión, con el opinar.

Como hoy se confunde ficción con realidad y se vive la realidad como una ficción, todo está invertido. El bueno es el malo y viceversa. La víctima es el victimario y al revés. Todo es así. El humor, hasta el menos elaborado (Midachi, por decir) siempre fue catártico. Pero ya no. Hoy, el humor es sinónimo de ofensa y su progresiva y sostenida desaparición de la televisión, la radio y los medios gráficos, con ínfimas excepciones, tiene que ver con una cruzada moralista medieval instalada por algunos sectores de la sociedad. La pacatería de ayer (siglos XIX y XX) resulta un bebé de pecho comparada con la actual.

¡Pero ojo! No es que estemos en una instancia como la planteada en el Cambalache de Discépolo, donde es lo mismo un burro que un gran profesor. Estamos en una instancia superadora. Hoy el burro está muy por arriba del gran profesor. Alusión ésta que bien puede generar problemas con los defensores de los animales, que van por todo, aún cuando se le esté regalando al burro un status que no debiera tener.

Para Gervias, a quien muchos podrán ubicar por haber presentado varias veces los Globo de Oro, “la comedia funciona cuando hay golpes bajos”, sencillamente porque “los golpes bajos son divertidos”. En sus espectáculos, el humorista descarga munición de la gruesa sobre temas vinculados a la pedofilia, la transexualidad, Dios, el aborto y el sida. Y es lo suficientemente irritante como para que sus oponentes lo tilden de conservador. Hace un tiempo hubiese sido tildado de lo contrario. ¿Las cosas avanzan o retroceden?

Según Blánquez, que presenció uno de sus shows, Gervais repetía cada tanto “sólo son chistes…”, “no pasa nada…”. “Y por supuesto, no pasó nada- dice el cronista-. Se acabó el espectáculo, se nos abrieron las arterias, ganamos en salud, y regresamos a casa después de desfogarnos durante un rato. A nadie le molestó. Y si alguien sentía que cualquier ocurrencia desproporcionada le ofendía, Gervais avisó de la existencia de ‘hojas de reclamación en la salida’, a lo que apostilló: ‘Las podéis rellenar, pero sabed que me limpiaré el culo con ellas. Os concederé el honor de manchar vuestro nombre con mi mierda’. Fue una victoria contra la tiranía de la corrección política, y no una victoria menor”.

Ahí está el punto. La culpable de este panorama es la radicalización de la corrección política que en nuestro país se ha instalado como un pernicioso dogma. Todo tema debe ser abordado con cara de culo y de manera fatalista, solemne. Por eso el humor es mala palabra.

En la Argentina modelo XXI ya prácticamente no está permitido hacer chistes sobre religión, colectividades y colectivos, sexo en general y orientación sexual -cualquiera- en particular, niños, animales, razas, plantas, defectos físicos de cualquier tipo, tipos de alimentación, modos de vestirse y/o maquillarse, tonadas y formas diversas de hablar, enfermedades, accidentes domésticos, atentados, catástrofes, personajes míticos, símbolos políticos, prostitución, etcétera. Por ahora, solo quedan habilitados los chistes sobre suegras, aunque en ningún caso se debe aludir a los bigotes de la misma. Se han puesto nuevamente de moda los barberos y pueden recurrir a la justicia.

“La tolerancia de una sociedad se podría medir por su capacidad para reírse de sí misma -decía El País en una editorial del 30 de agosto de 2018, titulada Defender el humor-. Abundan los colectivos que se sienten agraviados con una prodigiosa facilidad y no dudan en linchar públicamente, sobre todo a través de las redes sociales, a todo aquel que ose hacer burla o sátira de sus comportamientos ancestrales o sus costumbres modernas. El pueblo gitano tiene toda la razón en denunciar la discriminación que sufre desde hace siglos y el racismo que lo condena a tener menos oportunidades, algo que no se ha superado en la España del siglo XXI. Pero el humor debe afrontarse siempre desde la tolerancia, porque forma parte de un espacio de libertad irrenunciable. Por eso, la denuncia de la Sociedad Gitana Española contra el cómico Rober Bodegas por un monólogo sobre el pueblo romaní es una muestra de intransigencia y un intento de cercenar la libertad de expresión.

“Por su propia naturaleza, la sátira suele ser un espacio que no tiene por qué coincidir con lo ‘políticamente correcto’. La transgresión y la provocación son condiciones propias de la creatividad, lo que conduce a otorgar un plus de libertad de expresión a los artistas. Las asociaciones gitanas deben ser intolerantes con el racismo, no con los chistes. La sátira exige siempre un cierto margen para la ofensa, con los lógicos límites de no incitar al odio, la violencia o la xenofobia”.

Más acá en el tiempo, el 12 de enero de este año, el mismo El País publicó otro artículo editorial titulado Desdramatizar, donde calificaba al humor como “el mejor disolvente de la intolerancia y el tribalismo que se generalizan en las redes sociales” y como “la herramienta más eficaz para poner en cuestión los propios prejuicios”.

“La heterodoxia y la provocación -dice el periódico refiriéndose al humor- son sus armas y fortalece a cualquier sociedad que se quiera abierta y tolerante. Sana, en definitiva”. Estos dichos venían a cuento de que para la Nochevieja española, la tv estatal dio claras muestras de adultez al emitir un programa satírico sobre el golpe de estado del 23-F.

En España, la situación es similar que en Argentina. El deterioro de las relaciones a todo nivel a raíz de los fundamentalismos sectarios es enorme. Aquí y allá, mucha gente termina ofendiéndose por los chistes sobre muertes, corrupción y pedofilia, pero no reacciona ante hechos concretos protagonizados por salvajes asesinos, políticos ladrones o curas abusadores. Hay que condenar al humorista. Es muy fácil meterse con alguien que no tiene más poder que un puñado de chistes.

“Sentirse ofendido es una actitud que se está imponiendo, y crece el número de aspectos que no pueden ser sometidos a la menor crítica. Así, el estilo patibulario de algunos políticos coexiste con la piel fina de esos sectores que no toleran el menor cuestionamiento de sus principios, sus rasgos identitarios, sus cuestiones de fe. La vida pública se parece entonces a un patio de parvulario, donde junto al grupito de los matones hay un coro cada vez más amplio que musita quejas y se desgarra las vestiduras. Ambos extremos se alimentan mutuamente en una espiral creciente que amenaza con dejar fuera de juego actitudes menos exacerbadas”, dice la citada editorial de enero.

Lo concreto es que mientras más posibilidades haya para hacer humor, habrá más margen para un mejor humor: creativo, agudo, inteligente, diverso, etcétera. Pero mientras la libertad de expresión se vea amenazada y la autocensura siga ganando adeptos, el humor quedará circunscripto al ámbito de algunas desabridas propuestas de youtubers o al de lavados discursos de standuperos chochos con su corrección política.

Da la sensación que poderosos y obsecuentes, demagogos y repetidores, quieren decretar el Síndrome de Moebius para todos. Y esto sí que no es un chiste. ¿O sí lo es?