Creación, formación y opinión teatral en La Rioja

01.11.2026 14:40

Por Fausto J. Alfonso

 

LA RIOJA. Sería muy arriesgado decir que, en no mucho tiempo, el Teatro terminará siendo la única actividad que no puede prescindir del humano para su concreción. Arriesgado, pero no disparatado. De ser así, el eterno arte moribundo terminaría transformándose en el único sobreviviente -quizás con más vitalidad que nunca- de una época artesanal deglutida por el progreso mal entendido. Aunque no estaría del todo solo. La Crítica, como reverso de esa arte, o como parte constitutiva de su mundo, se instalaría a su lado, como esas amistades que se aceptan a regañadientes, porque a veces iluminan y otras te echan sombra. La conclusión es esa a la que arribamos siempre: mientras haya Teatro, habrá Crítica.

Sobre ésta y otras tantas cuestiones vinculadas, tuvimos la ocasión de reflexionar durante un par de días en una nueva visita a la capital riojana, siempre cálida en su esencia para con el visitante, pese a que el Niño, en esta ocasión, haya determinado una apariencia engañosa. Una recepción más fresca (asociada a una persistente garúa) que afortunadamente no contagió a los cuerpos anfitriones, no empañó las actividades ni acobardó a los convocados: alumnos, docentes e investigadores de Artes Escénicas y Comunicación, más comunicadores de medios, interesados todos en saber cómo y para qué se hace una crítica, cuáles son sus modalidades y de qué modo la actividad se ha ido adecuando a las cambiantes realidades hasta llegar a esta era donde pareciera que la plenitud está en lo digital.

Sin embargo, todas las actividades en torno de la crítica -un curso, una conferencia, la presentación de un libro- lejos de la virtualidad, confirmaron la existencia aún de lo analógico y lo presencial. Todos nos vimos cara a cara, recorrimos juntos distintas instancias, enseñamos y aprendimos, expectamos y opinamos, durante el 16 y 17 de octubre. Los alumnos más jóvenes demostraron una curiosidad poco frecuente (es así, y hay que admitirlo) para los tiempos que corren, y los más grandes una necesidad de aportar sus fortalezas desde la humildad y la apertura al diálogo.

Las actividades fueron organizadas por la Licenciatura en Arte Escénico del Departamento de Ciencias Humanas y de la Educación de la Universidad Nacional de La Rioja (UNLaR). Fue en el marco del proyecto de extensión “Ciclo de capacitación para docentes, investigadores y estudiantes de nivel medio y superior de Artes Escénicas y afines”, y se trabajó en cogestión con el Departamento de Capacitación del ISAC (Instituto Superior de Arte y Comunicación Prof. Alberto Mario Crulcich). La licenciada Miriam Corzi se puso al frente del asunto coordinando y gestionando todo lo necesario para lo llevado a cabo en el aula 201 del Módulo V de la UNLaR. Pero, además, poniendo a disposición para el resto de las actividades, el Teatro La Kanoa de Papel, que junto a Daniel Acuña Pinto y equipo sostienen en Olsacher 2680, allí en el barrio 25 de Mayo Sur.

Corzi y Acuña Pinto crearon el grupo Kamar Teatro de la Luna para trabajar en modo laboratorio, inspirados fundamentalmente en Eugenio Barba y su Odin. En La Kanoa realizan sus experimentos y muestran al público sus resultados. Su presencia en festivales dentro y fuera de su provincia ha sido intensa y sostenida en el tiempo. En 2027 el grupo cumplirá 30 años y suma una cantidad casi igual de montajes. Algunos de ellos: Panóptico, Yezucristi, Vía Petram, Kermesse, En el último trago, Nosotras en el espejo, Canción de cuna para refugiades y Huellas en el agua. Por su parte, la sala cumplirá 20 en 2027. Por eso, sus responsables ya comentan, sin detalles, sobre festejos que se extenderán a lo largo de ese año.

Mientras, disfrutan de las funciones de su última producción: Aqueronte. Propuesta (y aquí la conexión con los párrafos iniciales) que sirvió de cierre a esos dos días de intensa actividad, no solo como despliegue o motivo espectacular, sino también como detonante para la detección de los elementos con los que está constituido el espectáculo y como motivo para la reflexión sobre temas varios.

Kamar Teatro de la Luna produce un teatro poético y político, en el que la estética de lo primero y la toma de posición de lo segundo, no incurren en los lugares comunes de lo simbólico ni en la especulación propagandista, respectivamente. Aun cuando las ideas se muestren sólidas, las imágenes impacten y el “mensaje” eluda lo indefinido, su producción no busca la conmoción inmediata (aunque pueda ocurrir y de hecho sucede en algunos espectadores) ni el efecto demagógico, sino más bien un shock interno que nos llevamos a casa para hacer madurar.

Comprometidos con su aldea inmediata y también con los problemas transversales a las comunidades contemporáneas de distintas latitudes, Kamar ofrece una mirada humanista, donde el dolor, la desprotección y la desigualdad (y otros temas que derivan de esos) encuentran su cauce en un lenguaje escénico de engañosa austeridad y una propuesta física impregnada de tensión, escorzos y movimientos/gestos/secuencias asociados a lo ritual.

Y a propósito de cauces, es la etimología de Aqueronte, como río del dolor, la que se impone como primera lectura gráfica, de movimiento y de acción en este espectáculo. La circulación, el fluir espacio-temporal de cuatro personajes (lecturas de Medea, Antígona, el mártir riojano Wenceslao Pedernera y una joven latinoamericana padeciente del exilio) en confrontación con la muerte, siguiendo un derrotero ambiguo, que pareciera por momentos de despojamiento y por otros de abatimiento y sobrecarga, bajo la mirada y el instructivo fatal de un quinto personaje, el enterrador que guía por paisajes que el espectador imagina dantescos, aun en el minimalismo de la propuesta.

Porque allí, entre otros puntos, anida la riqueza de este Aqueronte. En una propuesta planteada desde la circularidad, con personajes que recrean una y otra vez un ciclo, la idea de reiteración se complementa con la de renovación. Pedirle una vuelta más a esas criaturas es reclamarles cada vez una mirada distinta, hacia los hechos, hacia sí mismos, hacia la vida y hacia nosotros. Y lo hacen, construyendo un espectáculo que de iniciarse distante y abstruso pasa a ser cada vez más luminoso y cercano al público. Los mitos se actualizan y la distancia entre ficción y realidad se estrecha al punto de que los personajes nos pueden extender su mano (y nosotros la nuestra), implicándonos con sutileza.

En Aqueronte, Kamar recurre a varias de sus constantes. Al planteo circular (desde lo espacial, lo narrativo y lo temático), se suman sus reflexiones sobre la muerte, el destierro, la memoria, los abusos, la conexión con la naturaleza y la defensa de la autenticidad de los pueblos. También cierta poesía que surge con espontaneidad desde los desposeídos, la miseria y la tristeza, en la línea de un Pasolini, por ejemplo, impregnando de sensibilidad sincera lo que se muestra y dice. Las rigurosas actuaciones de Corzi, Acuña Pinto, Josefina Bordón Arruda, Inés Castro y Leonardo Paredes hacen que la carga emocional de la propuesta no desborde hacia el sentimentalismo o el lamento vacuo. Los cuerpos se ofrecen como lienzos en sobre relieve, donde las penas y alegrías adquieren un espesor concreto. 

Como en muchos otros de sus espectáculos, aquí también están presentes los múltiples cruces intertextuales. O las vinculaciones intratextuales, es decir, con la propia obra (inevitable pensar en Canción de cuna para refugiades). Por otra parte, Miriam Corzi nos confesó que en Aqueronte hay un vínculo sutil con la labor de sus colegas del Grupo de Teatro Independiente Constructores, con quienes han compartido laboratorio, y también sinceró que su Antígona se inspira o nutre parcialmente de la creada para una de las obras más lejanas de Barba: Oxirhincus Evangeliet.

Lo cierto es que Kamar bebe de distintos autores con desprejuicio y teje un texto en relación también directa con el tejido muscular de sus actores. Lógicamente, el resultado es la sumatoria de dramaturgias actorales que permite a los intérpretes sentirse firme en sus habilidades luego de una serie de exploraciones personales, individuales, y al director contar con toda una red de actantes bien diversos que lo desafían a una puesta rica en matices, pero que en algún punto debe ser homogénea para que exprese de modo más o menos claro su intención. Acuña Pinto lo logra. Permite reunir todos los materiales escénicos -humanos, objetos- bajo una estética integradora y un discurso concreto, más allá, y por suerte, de sus múltiples lecturas.

La propuesta nos introduce desde el vamos en una atmósfera hecha a base de canto, silbido, viento y algún instrumento autóctono. De una estamos a la intemperie y comenzamos a peregrinar en un circuito de evocación, desafío, temor y por qué no también de celebración de la muerte. Un periplo de caída de máscaras, marcado ritualmente por estaciones desde el seno del espectáculo, y desde afuera por la ineludible mirada antropológica del grupo. El tiempo se convierte en una sumatoria de tiempos (y de épocas) y, casi sin que nos demos cuenta, escuchamos -incluso en distintos lenguajes- el aquí y ahora. El tiempo actual, que nos reclama estar atentos ante las injusticias cotidianas, ante los atropellos y ante las evidencias que nos hablan de cuentas y asuntos pendientes (en tal sentido, hay una notable escena en la que se manipulan cartas y sobre la cual mejor no dar más detalles).

Aqueronte apela a varias situaciones donde la exigencia física para ilustrar el dolor se vuelve primordial. Los intérpretes realizan un despliegue notable en ese sentido, del mismo modo en que sus cuerpos también se cristalizan logrando en ocasiones fotografías de gran impacto, como sucede con los cuerpos apilados y retorcidos de las mujeres, como si un cuadro del expresionismo latinoamericano se hubiese revelado de golpe ante nuestros ojos.

Por sobre todo lo dicho, y a nuestro entender, se erige un concepto, que emerge por sobre los obstáculos y oscuridades que enfrentan los personajes: el de resistencia. Y éste encuentra una solución musical estupenda al aferrarse a la canción Io ero Sandokan (Scola-Trovajoli), que en los 70 se popularizó con el film Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola). Así como en esta estupenda película la canción conecta la lucha de los partisanos con el día a día de la resistencia de los personajes centrales (a lo largo de 30 años), en Aqueronte asocia la digna pelea que las personas/personajes han sostenido a lo largo de la historia de la humanidad por mantener su libertad y sus derechos, con los clásicos/contemporáneos que vemos en ese momento en escena. Perfectamente escogido, el tema impulsa a la propuesta hacia un momento extático y de gran lucimiento colectivo. El director orquesta con un ritmo peculiar los gestos, movimientos y voces, logrando un espectáculo con identidad propia dentro del espectáculo mayor.

Sobre el final, vemos una toma de posición política expresada en la línea de todo lo visto. Esto es: como surgente o consecuencia del mismo flujo de situaciones, de modo discreto, nada ostentoso. Como una insignia que se porta con naturalidad.

Así, con Aqueronte, se cerraron dos días de una fructífera actividad, que asoció la creación artística con la formación de opinión y ésta con la evaluación individual y colectiva de la primera. Otra circularidad que fluye, siempre dejando entreabiertas las puertas para el disenso y la diversidad de opiniones.

Y La Rioja teatral sigue activa. Por estos días -2 al 6 de noviembre- desarrolla su 2° Congreso de Artes Escénicas, organizado por la Licenciatura en Arte Escénico, del Departamento de Ciencias Humanas y Comunicación de la UNLaR, bajo el lema “Mirando la escena desde un compromiso político, social y cultural”.

 

FOTOS: Distintas escenas de la obra Aqueronte, del grupo Kamar.