Cuando el Covid va, Kazan está de vuelta

08.08.2020 20:46

Por Fausto J. Alfonso

 

La película cumple 70 años y pareciera que el Covid llegó para recordárnoslo. Pánico en las calles, del siempre genial y controvertido Elia Kazan, es un film estupendo, en el que el tema de la salud pública adopta la textura del cine negro y revela los comportamientos más disímiles frente al enemigo invisible.

Desde que arrancó la pandemia que nos tiene en vilo, se multiplicaron de modo exponencial los artículos de películas sobre el tema. Generalmente, se trata de propuestas de gran presupuesto, con abundantes dosis de espectacularidad gratuita y sensacionalismo, que especula con el uso efectista de los colores, los sonidos chirriantes, las actuaciones crispadas y, cómo no, los efectos especiales.

Sin necesidad de nada de eso, Kazan (pensar en su filmografía y en sus pergaminos) estaba asentando sus pasos en el cine -luego de un trabajo teatral notable- cuando realizó este film que no desatiende ninguno de los aspectos que hacen al cuadro de situación: la prevención, la seguridad personal y colectiva, el accionar de los científicos y de las fuerzas de seguridad, el rol del periodismo; el crimen y el delito a las sombras de la tragedia; el papel del héroe y otros temas colaterales.

Dos cuestiones se entrecruzan para lograr la eficacia del film: un enfoque semidocumental, perfectamente fotografiado, de diversos sitios de la Nueva Orleans amenazada (el puerto, las calles, los bares, los depósitos, las vías, la morgue, etcétera) y de escenas colectivas; y una trama vigorosa, que se toma solo dos o tres respiros para la reflexión en solitario o las escenas intimistas. Sobre todo, los pasajes vinculados a uno de los personajes, donde se aborda la puja entre la responsabilidad familiar y la social.

Con una intriga sólida, planteada desde la primera escena, Pánico en las calles hace que la tensión y el ritmo vayan de la mano hasta el final. Sí, esto se ha dicho millones de veces. Pero en este caso… es cierto.

Durante una partida de cartas en un sucucho, un inmigrante ilegal que ha llegado en un barco con ratas, se descompone. No quiere jugar más. Justo cuando va ganando. Los otros tres, delincuentes todos, no lo toman a bien y lo terminan amasijando y tirando por ahí.

El médico forense descubrirá que el occiso tenía “peste neumónica, una forma pulmonar de peste bubónica, la peste negra de la Edad Media” (sic). Y el héroe del film, el médico militar Clinton Reed, del “Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos”, interpretado por Richard Widmark, se pone al frente de la patriada y ordena la rápida detección del paciente cero. Para ello, hay que actuar con la mayor rapidez posible y, sobre todo, discreción absoluta. Evitar el pánico en las calles. Hay 48 horas.

Sin amarillismo ni dilaciones, Kazan retrata las pulseadas e internas entre el sanitarista y el capitán a cargo de la investigación policial Tom Warren (Paul Douglas); la lucha del primero contra la dejadez, la terquedad y la ignorancia; la autoridad civil vs. la militar; la resistencia de algunos “colas de paja” a colaborar; el tema siempre “político” de las jurisdicciones; y el dilema periodístico ¿difundir o no? Éste, bajo un básico pero incuestionable razonamiento: si la salud es pública, todo aquello que atañe a la salud atañe al público.

Pero lo que nos acerca aún más al film -aquí y ahora- son las escenas en las que se trabaja sobre aspectos más puntuales, esos que hoy desbordan los medios de comunicación: inoculación de pacientes, alerta sobre las formas de transmisión (que son iguales que las indicadas para el Covid), médicos mal pagos, resistencia a la ciencia y a las vacunas, objetos a incinerar, cuerpos a cremar, gente con barbijo o frotándose con alcohol, el concepto de cuarentena... Nuestro actual vocabulario encuentra su valioso antecedente en Pánico en las calles. Todo está, sin subrayados, surgiendo espontáneamente en el marco de un guión cuidadísimo.

Párrafo aparte para los rufianes, encabezados por un debutante Jack Palance (Blackie) que echa miedo del grande. Es interesante ver cómo las jerarquías, mezquindades y extorsiones en el ámbito del hampa siguen su curso, desatendiendo al virus, que comienza a hacer estragos en el físico de cada maleante.

Numerosas escenas de las jugadas por estos personajes se corresponden a los mejores momentos del film. Casi sobre el final, una de ellas impacta por su dinámica: el espigado Palance y el gordo Zero Mostel (Fitch) escapan de la policía cual Laurel y Hardy, impregnados de un gran patetismo. Una gran corrida de cuerpos en descomposición, que genera en el espectador múltiples emociones. Viniendo de Kazan, por supuesto que Pánico en las calles tiene actuaciones garantizadas.

Pero no nos olvidemos de algo. La película, más allá de la epidemia, habla sobre el equilibrio y la complementación de los poderes. Algo que hoy pende de un hilo en todos los rincones del planeta. Doblemente valiosa.

 

Ficha:

Pánico en las calles (Panic in the streets, EEUU, 1950, 93’). Dirección: Elia Kazan. Guión: Richard Murphy (sobre un argumento de Edna Anhalt). Música: Alfred Newman. Fotografía: Joseph MacDonald. Intérpretes. Richard Widmark, Paul Douglas, Jack Palance, Barbara Bel Geddes, Zero Mostel, Dan Riss, Tommy Cook, Alex Minotis.