Intenso picoteo, tan picante como actual
Por Fausto J. Alfonso
Allá por marzo de 1962, Eugene Ionesco fechó Delirio a dúo. Un mes después se estrenó y un año después se editó. Y 64 años más tarde, nos encontramos, como suele pasar con ciertas obras de gente inspirada, que Delirio… nos habla de lo que pasa hoy y a la vuelta de la esquina. O sea, nos alerta que discutimos formas y no fondos, que vemos al árbol y no el bosque, que ensimismados en el metro cuadrado perdimos noción del contexto.
Ella y Él, los protagonistas, andan en eso. Despuntando el vicio de la discusión ridícula, mientras el mundo se desmorona a su alrededor y las esquirlas del afuera van destruyendo el adentro sin una toma de conciencia real, apenas con amagues de preocupación. Quién sabe si la cosa no viene también de antes y algo se gestó desde el interior, a juzgar por la cama matrimonial que luce partida de arranque. Pero lo concreto es que, rodeados de una batalla campal, Ella y Él no hacen más que potenciar su violencia a partir de una trivial pelea sobre zoología: ¿son el caracol y la tortuga un mismo animal?
La propuesta exige dos intérpretes que se acoplen sin fisuras para no perjudicar el vértigo, la musicalidad y el ritmo que tiene el texto. Que es mucho, pese a la extensión de la propuesta, cercana a lo breve, y que solo descansa en pequeños tramos, que a su vez abren un portón al vértigo, la musicalidad y el ritmo que exige la corporalidad. Esto es, movimientos coreográficos exasperados, ridículos y angustiantes a un mismo tiempo, pero con la gracia, con una comicidad, digamos, de un absurdo desesperante. Prácticamente, no hay lugar para la tregua. La virulencia de la palabra y de lo físico se encadenan en una cinta sin fin, anulando cualquier decisión cuerda.
Lisette Velázquez y Nicolás Gómez cumplen holgadamente al encarnar a este dúo delirante. La dicción clara, siempre, y el acento irónico, cuando cabe, retienen la atención constante del espectador. Los argumentos descabellados hacen lo suyo. Discutir sobre hijos hipotéticos, así como sobre otros hechos que no sucedieron, hacerlo por las dudas, es también un modo de eludir aquello que realmente hay que debatir y por lo que, en última instancia, se justifica la angustia.
En el juego físico, los dos también aciertan, actuando como animalitos gruñones a bordo de sus caprichos o animalitos miedosos que se cubren del peligro con endebles caparazones de media sombras con diseño de camuflaje. Detalle escenográfico (o de vestuario, según se mire) que prueba que en algún punto saben que son partícipes de una guerra, aunque no tengan muy en claro cuál guerra es, a qué bando pertenecen o si son neutrales.
Enmascarados tras un potente maquillaje, tratan de sacarle la careta –metafórica- al otro, en un campo de batalla que, a los ojos del espectador y por la buena acción de la luz sobre los escombros, refleja un mix de gris, ocre y beige propio de lo polvoriento.
Si circunscribimos la acción al ámbito privado, no tardaremos en reconocer en Ella y Él a una pareja tóxica contemporánea. Celos intelectuales, tensión, violencia psicológica y física, palabras que manipulan, pero también apelaciones a lo literal, que termina siendo también una trampa bajo el aspecto de dar la razón al otro.
Estos cuerpos expresivos, que han perdido el colchón, pero no sus almohadas (poderosas armas) nos obligan a reflexionar desde el desquicio. Y nos entretienen, sin dudas. Pero, cada tanto, un personaje macabro, de terrorífica sonrisa, trasunto del soldado indicado en el texto original e interpretado por Antonella Magni, nos reubica en la gravedad de lo global. Destruye algo para hacer de ésta, una comedia rota en más de un sentido.
El trabajo de Víctor Arrojo denota un poder de síntesis propio de quien tiene una vasta experiencia. Se evidencia en el equilibrio entre la acción, el plano visual y el sonoro; y en como dotar de densidad un texto de engañosa pequeñez, confiando en la sinergia de la pareja.
Atractivo en lo formal y actual en sus conceptos, el espectáculo es el resultado del trabajo investigativo del grupo Proyecto Lima, integrado por los citados intérpretes y director. La propuesta germinó en la capital peruana, pero se materializó en nuestra provincia, en coproducción con Cajamarca Teatro. Una alianza fructífera.
Ficha:
Delirio a dúo, de Eugene Ionesco. Coproducción: Proyecto Lima y Cajamarca Teatro. Dirección general y producción general: Víctor Arrojo. Intérpretes: Lisette Velázquez, Nicolás Gómez y Antonella Magni. Asistencia de dirección y producción: A. Magni. Asistencia técnica: Álvaro Maíz Moles y Luna Navarro. Dirección coreográfica: Federico Pérez Gelardi. Música original: Sergio Aballay. Diseño escenográfico: María José Delgado y V. Arrojo. Diseño lumínico, vestuario y maquillaje: M. J. Delgado. Fotografía: F. Pérez Gelardi. Sala: Cajamarca Teatro (España 1767, Mendoza).