La animalada de Puenzo

02.11.2020 00:13

Por Fausto J. Alfonso

 

Animalada es un film argentino fechado en 2001, guionado y dirigido por Sergio Bizzio, acerca de un estanciero que se enamora de una oveja. Resulta que ahora, cuando pensábamos que ésa sería la única animalada que el cine nacional nos brindaría, aparece Puenzo con la propia. El bueno de Luis se ha enamorado de un lobo y el metejón lo ha llevado a querer cambiar el nombre del premio del festival de Mardel, hasta hoy Ástor, por el de Lobo de Mar.

Usualmente, estas brillantes ideas suelen ser de asesores trasnochados que de algún modo quieren justificar su sueldo sideral. Es difícil creer que a Puenzo se le haya ocurrido tal pavada. Una pavada tan grande como dañina. Es cierto también que el hoy titular del INCAA no es “el” referente de la lucidez, a juzgar por el puñado de películas que ha hecho y por el triste desempeño al frente de la institución que maneja el dinero audiovisual, cuando lleva escasamente un año en función y las sospechas de corrupción y pedidos de rendición de cuentas lo circundan. Pero es la cara del organismo y debe hacerse cargo de la bigotuda criatura marina.

Ponerse a tono con el mundo de los festivales. Ésa fue una de las versiones no oficiales que circularon para justificar el despropósito. Es decir: que en Locarno se entregue el Leopardo, en Berlín el Oso, en Venecia el León, en Valdivia el Pudú y algún otro animalito en algún otro festival, conmina a Puenzo y los suyos a borrar de un plumazo a Piazzolla. ¿Permeables? Nooooooo, pa’ na’… No importa que en la treintena restante de festivales y en los premios de las distintas academias nacionales de cine del mundo se entreguen distinciones con nombres de personalidades, flores, seres mitológicos u otros motivos. Importa sólo ese puñado que optó por lo zoológico.

Ahora, y de última, si hay cierto encono con Ástor, se podría volver al primer nombre (pre-2005): el Ombú. Aunque tampoco se justificaría. Y si la cuestión es meramente política, ya que el bandoneonista no era peronista, podrían optar por el Néstor, a propósito de una indiscutible personalidad de la cultura, cuya envergadura encuentra su justificación en el fabuloso Centro Cultural que lleva su nombre (y que algún intrépido, por qué no tarambana, sugirió cambiar por el de ¡¡¡Quino!!!).

Otra versión señala que se ha querido respetar la línea del gobierno anterior, iniciada con las imágenes de bichos en los billetes. De ese modo, Ástor, un prócer, debería ser desplazado como todo prócer y sin chistar, en beneficio de alguna simpática especie autóctona no humana.

Piazzolla nació en Mardel en 1921. El próximo año sería un buen motivo para -en el marco del festival, claro- festejar su centenario con una retrospectiva de su obra para cine. Ya sea ejecutándola en vivo o proyectando los films. Más de cuarenta películas -nacionales y extranjeras- echaron mano a sus composiciones o tuvieron banda de sonido original del creador de Libertango. No hay excusas. Material abunda.

Más allá del cine, hablar de la magnitud de Piazzolla en términos musicales es ocioso. De su proyección a nivel universal en ese sentido, también. En materia artística ha sido, hasta hoy y sin dudas, el marplatense más genial y trascendente (aclaración: el poeta y cantante Guillermo Vilas se destacó más en la esfera deportiva). Lo suyo es sanamente envidiable. ¿Envidiable? Ummm… ¿Y por Puenzo como andamos?

El director se hizo famoso con la oscarizada La historia oficial (1985). Un film con un tema potente, comprometido, que el paso de los años dejó al descubierto su factura de telefilm. Antes, había realizado el trivial largo Luces de mi ciudad, con Pipo Pescador, y el trivial medio Cinco años de vida, episodio del film colectivo Las sorpresas. Y después, ya bendecido por EEUU, logró lo que nadie: que Jane Fonda y Gregory Peck actuaran mal en el bodrio Gringo viejo (1989), basado en Carlos Fuentes. Al rato, con La peste (1992), partiendo de Camus, confirmó que lo suyo era un pacto con el aburrimiento y lo soporífero. Y no hay mucho más: en 2002, un documental co-dirigido con Luis Barone y parte de la miniserie Broken silence y en 2004, otra película para el olvido absoluto: La puta y la ballena. Desde entonces… la plancha, en los laureles que Hollywood le otorgó allá lejos y hace tiempo.

¿Ignorancia? ¿Torpeza? ¿Envidia? ¿Revanchismo? ¿Obediencia debida? De prosperar la iniciativa, Puenzo, en nombre del INCAA, cristalizaría su propia animalada. Hay que entenderlo. También es una forma de perpetuarse. No teniendo películas memorables, todos lo recordaríamos por este agravio. Por esta zoofilia platónica. Por ésta, su propia Danza con lobos (otro bodrio, si los hay).

Última aclaración: en Cannes se entregan Palmas, no Perros. Que alguien avise urgente al INCAA.