Mundo, inframundo e inmundo teatral (la saga completa)

20.11.2018 18:03

Por Fausto J. Alfonso

 

Capítulo 1: La opinión

                                   

¡La pelota no se mancha!, sostienen los del fútbol, con todo derecho. ¿Y la escena? ¿Qué pasa con ella? ¿Importa o no que se manche? ¿Acaso el teatro no es sagrado? ¿O ese adjetivo es el lugar común al que se recurre para las definiciones al paso?

Quiero pensar que el teatro fue, es y será sagrado. Pero sagrado de verdad. Y que ahora, cuando la máscara de la comedia está más que en duda, y la tragedia lo tiñe todo, es el momento propicio para el sinceramiento, para el barajar y dar de nuevo.

Hoy, el Teatro ha perdido su mayúscula y ha pasado a ser simplemente teatro. Los hechos extra-artísticos lo han manchado. Muchos generalizan, no separan la paja del trigo y para ésos, el teatro es -en Mendoza y la Argentina- una actividad aberrante donde gente aberrante comete actos aberrantes.

La suerte de unos y otros se determina desde el anonimato. Las denuncias son el pan nuestro de cada día. El periodismo sensacionalista hace dulce con el conventillerío virtual. El periodismo serio no se mete, por las dudas. Nadie defiende al teatro. Al contrario, se encargan de alimentar la mancha. Por acción u omisión. El que no es políticamente correcto es demagogo. O chismoso. O aprovechador. O extorsionador. No hay sensatez ni sentimientos. Solo odio, especulación, fanatismo, resentimiento... 

El mundo teatral está constituido por seres humanos. Como todo mundo, tiene un inframundo, donde esos seres son un misterio. Por eso el inframundo teatral debe ser así: misterioso. Intrigante, mágico. En definitiva, poético. Es decir, un inframundo a la altura de la actividad. Como el de aquellas viejas divas que potenciaban su glamour mientras menos las conocíamos más allá de los escenarios o las pantallas.

El inframundo no suele salir a la superficie. Pero si sale, es muy probable que en la mayoría de los casos se les caiga el fra y resulte inmundo. Ver el film Terciopelo azul, de David Lynch, para corroborarlo.

El inframundo teatral pareciera haber entrado en las generales de la ley. Pareciera. Sería una pena que así fuese realmente. Pero corre el riesgo de parecerse al inmundo de la política. Se está jugando con fuego al mismo tiempo que se banalizan hechos y palabras importantes, graves: manipulación, acoso, abuso, explotación…

El teatro nació y creció para azuzar nuestras emociones, nuestros sentidos y nuestro intelecto. Pero no de este modo, donde ciertos actos privados se ponen en el centro de la escena para llenar a ésta con su inmundicia, viéndonos obligados a desviar la atención hacia el puterío de turno.

El teatro está en riesgo y cierta gente no se da cuenta. No suma. Confunde. Hace de su vida privada un show. Un reality que muchos consumen y llaman, erróneamente, teatro (aquí, más que nunca, con minúsculas).

Todo lo que ha estado saliendo a la luz y ha involucrado a gente de teatro, no ha hecho más que perjudicar al teatro mismo. Lo cual no quiere decir que no deba salir a la luz. Sobretodo si es cierto. Pero a la luz de la justicia. Que “en la Argentina no existe”, dirán algunos. “Que la única forma de visibilizar las cosas es de ese modo”, dirán otros. Puede ser…

Pero el teatro no está para hacer justicia, aunque esté -desde siempre- para hacer denuncias. A no confundir. Aquí, ver la puesta de Fragmentario, de Rubén González Mayo, para corroborarlo.

El teatro es el único espacio “real” que queda. Es allí donde la gente se puede reunir a reflexionar y divertirse, a debatir, a analizar, a “verse la cara”. Hoy, más que nunca, el teatro es importante. ¿Qué digo? Fun-da-men-tal. Es la última muestra de contacto humano. Y es lo último que, en ese sentido, va a desaparecer. Si no lo apuramos con un empujoncito, claro.

Por eso, he seleccionado cinco escenas que no me han gustado, deseando que el “no me han gustado” se comprenda.

Escena 1: Un director teatral recibe un tremendo escrache virtual.

Escena 2: Un director teatral es objeto de pegatinas humillantes.

Escena 3: Un director teatral recibe un tremendo escrache real.

Escena 4: Un director teatral es monitoreado mientras enseña.

Escena 5: Un director teatral se suicida.

Las cinco escenas bien podrían formar parte de una misma obra. Ser los eslabones de una secuencia cuyo dramatismo va in crescendo -con prisa y sin pausa- hasta el macabro e irreversible desenlace.

Sin embargo, las cinco escenas no se relacionan entre sí. Y bien podría asegurarse que se trata de cinco momentos de distintas puestas, si no fuese porque, en realidad, son momentos de la vida misma y no del teatro como actividad artística.

Tomarse las cosas en serio. Ponerse las pilas. Activar cuando hay que hacerlo. Quedarse en el molde, si es necesario. Denunciar cuando se deba. Hacerse cargo. Del inframundo al inmundo hay solo una sílaba. Ésta se puede caer en cualquier momento.


Capítulo 2: Intolerancia

Después de maravillarse (e indignarse de envidia) con la Cabiria de Piero Fosco, David Wark Griffith tomó cuatro episodios de la historia, distanciados en el tiempo y el espacio, para construir una obra monumental: la caída de Babilonia en el 539 a.c., la pasión y muerte de Jesús, la Noche de San Bartolomé en 1572 y una huelga de trabajadores en la actualidad de entonces (hablamos de 1916). Al film lo bautizó Intolerancia.

Como nada ha cambiado desde entonces, el maestro Griffith bien podría hoy agregar un quinto episodio, ambientado en la preclara Mendoza. Provincia donde la intolerancia se ejerce con ahínco y dedicación. Sitio donde desde un colectivo se dispara a mansalva al peatón solitario. Ése que no se sube a ninguna traffic y piensa por sí solo.

Hoy nadie está exento del peligroso juego de ser metido “en la misma bolsa”. O de ser “el hombre equivocado”. Gracias, Hitchcock, por tanto. Hoy todos somos potenciales SaccoVanzetti o los falsos culpables del crimen de Cuenca. Después vemos. Nos disculpamos. Cuarenta años después. Con los descendientes, porque el equivocado ya es fiambre. O no nos disculpamos, qué tanto.

Pero ahora, ya ni siquiera se trata de dictar la culpabilidad a partir de hechos. Les ha llegado el turno a las opiniones. El que opina “supuestamente” en contra de lo esperable debe ser humillado, insultado, descalificado, desligitimado, puesto en ridículo, exonerado, etcétera. Se lo declara -sin más vueltas- culpable de no opinar como quisiese el otro. Tolerancia cero.

Yendo más allá: se lo declara culpable aun cuando solo sea la forma de la opinión la que no se atiene a lo esperable, y aunque haya acuerdo en la cuestión de fondo. ¿O acaso alguien (yo en este caso) se puede poner del lado de un abusador, de un acosador o del caduco patriarcado ? ¿Hablamos distintos idiomas?

No es que opinar no pueda traer consecuencias. Para eso se opina, creo. Políticos y mediáticos se quejan porque los sacan de contexto. La práctica existe (aunque no siempre es así) y aquéllos echan mano a esa figura para tapar algo grave. Pero una cosa es sacar de contexto y otra interpretar lo contrario.

El fusilamiento virtual fue -creo- en Facebook. Un mundo que desconozco, pero que me lleva a pensar que, evidentemente, no está previsto para el debate serio y para contribuir al intercambio de ideas, la búsqueda de soluciones y, en síntesis, la paz.

Desconocer al otro, desconocerlo en profundidad (pensamientos, intereses, sensibilidad, trayectoria, trabajos, principios éticos, preocupaciones, formación, etcétera) y salir a cazarlo con el gatillo fácil virtual no es, justamente, un modelo a seguir. Practicar la golpiza en masa (los pungas de la Peatonal me entenderán) no es muy de ciudadano. Es reaccionar del mismo modo que siempre se ha repudiado. La corporación contra el individuo.

Hoy, lo malevo, la guapeza, tendría que pasar, a lo sumo, por la ficción de la escena. Aunque no estoy del todo seguro. Quizás ya tampoco tenga su lugar allí.

Interpretar una nota pensada y escrita en defensa del teatro, como si se tratase de un encubrimiento a quienes merecen un castigo ejemplar por sus hechos repudiables, se me ocurre, al menos, un gesto injusto, dudoso. Sobre todo, si entre los “interpretantes” hay gente que sí me conoce y sabe cómo pienso. En cuanto a los que no me conocen, difícilmente ahora tengamos el disgusto mutuo.

Pero, para concluir, lo peor sería que se tratase de una reacción macartista. Estaríamos ante algo inédito e insólito, desde el momento que tal reacción habría sido parida desde la misma comunidad teatral, que desde siempre aboga por la tolerancia y la libertad de expresión.


Capítulo 3: La soga

En un claro acto de inducción al suicidio y, por ende, apología del delito, un prestigioso director teatral mendocino se ofreció (siempre vía Facebook y envalentonado por el grupo, claro) a comprar la cantidad de soga necesaria para que personas como yo ejerzamos el teatro de la muerte. No se refería a Kantor, justamente.

Personas como yo son los que no se amparan en ninguna asociación, corporación, sindicato, empresa hegemónica ni colectivo de ningún tipo. Que quieren ejercer la libertad de opinar -en forma individual- en un país donde a otros todavía no les llega la noticia de la caída del autoritarismo.

Esos otros se creen con derecho a determinar quién trabaja y quién no, hasta cuándo lo hacen, quién entra y quién sale de “sus” sitios (están claramente a favor de las privatizaciones), quién escribe y deja de escribir, quien piensa bien y quién lo hace mal. O quién puede pensar y quién no. Son los dueños del espacio, la palabra y el pensamiento. Ahora también, de la vida.

En un derroche de sensibilidad artística, estos paladines de la civilidad, mueren por ver muertos. Y ahí están, arrimando una mano, con una soga.

Esos se autodenominan “guardianes” (sic) de la moral y de preservar a la gente buena de personajes como uno. Son como el Comando Pío XII o algo así. Odian la independencia y el libre pensamiento.

Pero el suicida no espera que un changarín (¡horror! ¡discrimina a los changarines!) vaya a comprarle la soga. La compra por sí solo. Con o sin subsidio del INT. En mi caso sería sin subsidio.

Las capturas de pantalla, los datos de las llamadas amenazantes y los mails intimidatorios ya se encuentran donde deben. ¡Salud!


Capítulo 4: Sobreactuación

Un prestigioso director teatral mendocino (sí, el mismo que se ofrece a comprar soga en la parte III de esta saga) se arroga el derecho de la verdad. Por eso, descalifica a quienes piensan distinto con palabras o expresiones tales como “machista”, “misógino”, “protector de la violencia que durante años nuestros ‘maestros’ han sostenido hacia compañeras”, “parásito”, “seres asquerosos”, “ratas…” Todo un ejemplo de democracia, tolerancia, integración y respeto a la diversidad. Las banderas que suele levantar cuando le dicen lo que quiere oír. Si le dicen lo contrario, ya saben dónde se coloca las banderas.

Lo interesante es que habla en nombre de una generación. No se sabe cuál, pero pobre de ella si está obligada de por vida al pensamiento único y a tener que agachar la cabeza ante líderes totalitarios como éstos. Además, en su osado derrotero, también se permite hablar de psicomagia (perdón, Jodorowsky).

Brotado, el director en cuestión enchastra a diestra y siniestra y se erige como el paladín del feminismo, tratando de convencer al mundo que una nota sobre el teatro es, en realidad, un escrito perverso: un llamamiento a que las mujeres se callen.

Si hay alguien que ha dado voz a las mujeres de teatro durante los últimos 35 años ha sido quien suscribe. Siempre con respeto y altura. Y, sobre todo, sin especulaciones ni oportunismos. Repito, para el que lee rápido: sin especulaciones ni oportunismo. Basta revisar esos 35 años de escritos y grabaciones para comprobarlo.

Ahora te hablo a vos. Durante este tiempo, ¿sabés (perdón por el tuteo, sé que no se hace con los grandes) cuántas obras he visto relacionadas con la violencia de género? ¿Y cómo me he dedicado al tema? ¿O pensás que me desayuné con Fragmentario?

Ya no te hablo más. Para el susodicho es muy fácil -ahora- embanderarse con el feminismo (porque el director en cuestión es, por sobre todo, feminista, a diferencia del resto del mundo, que es machista), llenarse la boca de sloganes y frases hechas, hablar, hablar y hablar. Antes de quedar bien de la boca para afuera, sería mejor hechos concretos, de esos que confirman la actitud y el pensamiento favorable hacia la mujer.

Pongo un ejemplo, sin esperar que se dé por aludido nadie en particular. Un director de teatro debe pagar a sus actrices lo que les corresponde. Ese acto, sencillo, es mucho más feminista que endulzarles el oído a las chicas diciéndoles “yo estoy con ustedes; miren el cuco aquél” e incitarlas a la violencia y al odio en el marco de una causa noble.

La sobreactuación de este prestigioso director (no me canso de decir prestigioso, porque lo es) llega a extremos delirantes, tales como cuestionar una de las fotos de portada de este blog con tal de quedar bien con su entorno. Dice textual: “Encima su página usa una foto por defecto que es de una mujer erotizada. Por favor!!!” Director picarón. Allí fue que posó sus ojos y no en las otras fotos de la página: una de Luis Buñuel, otra de Maximino Moyano… Señores poco eróticos, al parecer.

Ante tan humilde lectura cabe aclarar que no es una foto por defecto y que desconocer esa imagen no es digno de un prestigioso director que se dice feminista. Tarea para la casa.

Finalmente, a la sobreactuación hay que sumarle la incoherencia con la que se mueve este señor del teatro. El blog que lo horroriza contiene una extensa entrevista a él, críticas (positivas) de sus espectáculos y otros tipos de notas que lo incluyen, siempre respetuosamente. En ningún momento informó su desagrado por compartir el espacio virtual con “una mujer erotizada”.

Tampoco impugnó cuando quien suscribe formó parte de jurados que lo premiaron (hasta con el premio máximo) ni se resistió a notas para distintos medios de Mendoza y Buenos Aires hechas por la “rata parásito misógina”.

Pero bueno, en algún punto es entendible. Si no se quejó en su momento era porque no estaba involucrado en la causa que hoy lo desvela. Fin.