Mundo, inframundo e inmundo teatral (Parte II)

13.11.2018 18:45

Por Fausto J. Alfonso

Después de maravillarse (e indignarse de envidia) con la Cabiria de Piero Fosco, David Wark Griffith tomó cuatro episodios de la historia, distanciados en el tiempo y el espacio, para construir una obra monumental: la caída de Babilonia en el 539 a.c., la pasión y muerte de Jesús, la Noche de San Bartolomé en 1572 y una huelga de trabajadores en la actualidad de entonces (hablamos de 1916). Al film lo bautizó Intolerancia.

Como nada ha cambiado desde entonces, el maestro Griffith bien podría hoy agregar un quinto episodio, ambientado en la preclara Mendoza. Provincia donde la intolerancia se ejerce con ahínco y dedicación. Sitio donde desde un colectivo se dispara a mansalva al peatón solitario. Ése que no se sube a ninguna traffic y piensa por sí solo.

Hoy nadie está exento del peligroso juego de ser metido “en la misma bolsa”. O de ser “el hombre equivocado”. Gracias, Hitchcock, por tanto. Hoy todos somos potenciales Sacco, Vanzetti o los falsos culpables del crimen de Cuenca. Después vemos. Nos disculpamos. Cuarenta años después. Con los descendientes, porque el equivocado ya es fiambre. O no nos disculpamos, qué tanto.

Pero ahora, ya ni siquiera se trata de dictar la culpabilidad a partir de hechos. Les ha llegado el turno a las opiniones. El que opina “supuestamente” en contra de lo esperable debe ser humillado, insultado, descalificado, desligitimado, puesto en ridículo, exonerado, etcétera. Se lo declara -sin más vueltas- culpable de no opinar como quisiese el otro. Tolerancia cero.

Yendo más allá: se lo declara culpable aun cuando solo sea la forma de la opinión la que no se atiene a lo esperable, y aunque haya acuerdo en la cuestión de fondo. ¿O acaso alguien (yo en este caso) se puede poner del lado de un abusador, de un acosador o del caduco patriarcado ? ¿Hablamos distintos idiomas?

No es que opinar no pueda traer consecuencias. Para eso se opina, creo. Políticos y mediáticos se quejan porque los sacan de contexto. La práctica existe (aunque no siempre es así) y aquéllos echan mano a esa figura para tapar algo grave. Pero una cosa es sacar de contexto y otra interpretar lo contrario.

El fusilamiento virtual fue -creo- en Facebook. Un mundo que desconozco, pero que me lleva a pensar que, evidentemente, no está previsto para el debate serio y para contribuir al intercambio de ideas, la búsqueda de soluciones y, en síntesis, la paz.

Desconocer al otro, desconocerlo en profundidad (pensamientos, intereses, sensibilidad, trayectoria, trabajos, principios éticos, preocupaciones, formación, etcétera) y salir a cazarlo con el gatillo fácil virtual no es, justamente, un modelo a seguir. Practicar la golpiza en masa (los pungas de la Peatonal me entenderán) no es muy de ciudadano. Es reaccionar del mismo modo que siempre se ha repudiado. La corporación contra el individuo.

Hoy, lo malevo, la guapeza, tendría que pasar, a lo sumo, por la ficción de la escena. Aunque no estoy del todo seguro. Quizás ya tampoco tenga su lugar allí.

Interpretar una nota pensada y escrita en defensa del teatro, como si se tratase de un encubrimiento a quienes merecen un castigo ejemplar por sus hechos repudiables, se me ocurre, al menos, un gesto injusto, dudoso. Sobre todo, si entre los “interpretantes” hay gente que sí me conoce y sabe cómo pienso. En cuanto a los que no me conocen, difícilmente ahora tengamos el disgusto mutuo.

Pero, para concluir, lo peor sería que se tratase de una reacción macartista. Estaríamos ante algo inédito e insólito, desde el momento que tal reacción habría sido parida desde la misma comunidad teatral, que desde siempre aboga por la tolerancia y la libertad de expresión.