Mundo, inframundo e inmundo teatral (Parte IV y final)

19.11.2018 20:03

Por Fausto José Alfonso

 

Un prestigioso director teatral mendocino (sí, el mismo que se ofrece a comprar soga en la parte III de esta saga) se arroga el derecho de la verdad. Por eso, descalifica a quienes piensan distinto con palabras o expresiones tales como “machista”, “misógino”, “protector de la violencia que durante años nuestros ‘maestros’ han sostenido hacia compañeras”, “parásito”, “seres asquerosos”, “ratas…” Todo un ejemplo de democracia, tolerancia, integración y respeto a la diversidad. Las banderas que suele levantar cuando le dicen lo que quiere oír. Si le dicen lo contrario, ya saben dónde se coloca las banderas.

Lo interesante es que habla en nombre de una generación. No se sabe cuál, pero pobre de ella si está obligada de por vida al pensamiento único y a tener que agachar la cabeza ante líderes totalitarios como éstos. Además, en su osado derrotero, también se permite hablar de psicomagia (perdón, Jodorowsky).

Brotado, el director en cuestión enchastra a diestra y siniestra y se erige como el paladín del feminismo, tratando de convencer al mundo que una nota sobre el teatro es, en realidad, un escrito perverso: un llamamiento a que las mujeres se callen.

Si hay alguien que ha dado voz a las mujeres de teatro durante los últimos 35 años ha sido quien suscribe. Siempre con respeto y altura. Y, sobre todo, sin especulaciones ni oportunismos. Repito, para el que lee rápido: sin especulaciones ni oportunismo. Basta revisar esos 35 años de escritos y grabaciones para comprobarlo.

Ahora te hablo a vos. Durante este tiempo, ¿sabés (perdón por el tuteo, sé que no se hace con los grandes) cuántas obras he visto relacionadas con la violencia de género? ¿Y cómo me he dedicado al tema? ¿O pensás que me desayuné con Fragmentario?

Ya no te hablo más. Para el susodicho es muy fácil -ahora- embanderarse con el feminismo (porque el director en cuestión es, por sobre todo, feminista, a diferencia del resto del mundo, que es machista), llenarse la boca de sloganes y frases hechas, hablar, hablar y hablar. Antes de quedar bien de la boca para afuera, sería mejor hechos concretos, de esos que confirman la actitud y el pensamiento favorable hacia la mujer.

Pongo un ejemplo, sin esperar que se dé por aludido nadie en particular. Un director de teatro debe pagar a sus actrices lo que les corresponde. Ese acto, sencillo, es mucho más feminista que endulzarles el oído a las chicas diciéndoles “yo estoy con ustedes; miren el cuco aquél” e incitarlas a la violencia y al odio en el marco de una causa noble.

La sobreactuación de este prestigioso director (no me canso de decir prestigioso, porque lo es) llega a extremos delirantes, tales como cuestionar una de las fotos de portada de este blog con tal de quedar bien con su entorno. Dice textual: “Encima su página usa una foto por defecto que es de una mujer erotizada. Por favor!!!” Director picarón. Allí fue que posó sus ojos y no en las otras fotos de la página: una de Luis Buñuel, otra de Maximino Moyano… Señores poco eróticos, al parecer.

Ante tan humilde lectura cabe aclarar que no es una foto por defecto y que desconocer esa imagen no es digno de un prestigioso director que se dice feminista. Tarea para la casa.

Finalmente, a la sobreactuación hay que sumarle la incoherencia con la que se mueve este señor del teatro. El blog que lo horroriza contiene una extensa entrevista a él, críticas (positivas) de sus espectáculos y otros tipos de notas que lo incluyen, siempre respetuosamente. En ningún momento informó su desagrado por compartir el espacio virtual con “una mujer erotizada”.

Tampoco impugnó cuando quien suscribe formó parte de jurados que lo premiaron (hasta con el premio máximo) ni se resistió a notas para distintos medios de Mendoza y Buenos Aires hechas por la “rata parásito misógina”.

Pero bueno, en algún punto es entendible. Si no se quejó en su momento era porque no estaba involucrado en la causa que hoy lo desvela. Fin.