Mundo, inframundo e inmundo teatral

08.11.2018 20:02

Por Fausto J. Alfonso

 

¡La pelota no se mancha!, sostienen los del fútbol, con todo derecho. ¿Y la escena? ¿Qué pasa con ella? ¿Importa o no que se manche? ¿Acaso el teatro no es sagrado? ¿O ese adjetivo es el lugar común al que se recurre para las definiciones al paso?

Quiero pensar que el teatro fue, es y será sagrado. Pero sagrado de verdad. Y que ahora, cuando la máscara de la comedia está más que en duda, y la tragedia lo tiñe todo, es el momento propicio para el sinceramiento, para el barajar y dar de nuevo.

Hoy, el Teatro ha perdido su mayúscula y ha pasado a ser simplemente teatro. Los hechos extra-artísticos lo han manchado. Muchos generalizan, no separan la paja del trigo y para ésos, el teatro es -en Mendoza y la Argentina- una actividad aberrante donde gente aberrante comete actos aberrantes.

La suerte de unos y otros se determina desde el anonimato. Las denuncias son el pan nuestro de cada día. El periodismo sensacionalista hace dulce con el conventillerío virtual. El periodismo serio no se mete, por las dudas. Nadie defiende al teatro. Al contrario, se encargan de alimentar la mancha. Por acción u omisión. El que no es políticamente correcto es demagogo. O chismoso. O aprovechador. O extorsionador. No hay sensatez ni sentimientos. Solo odio, especulación, fanatismo, resentimiento... 

El mundo teatral está constituido por seres humanos. Como todo mundo, tiene un inframundo, donde esos seres son un misterio. Por eso el inframundo teatral debe ser así: misterioso. Intrigante, mágico. En definitiva, poético. Es decir, un inframundo a la altura de la actividad. Como el de aquellas viejas divas que potenciaban su glamour mientras menos las conocíamos más allá de los escenarios o las pantallas.

El inframundo no suele salir a la superficie. Pero si sale, es muy probable que en la mayoría de los casos se les caiga el fra y resulte inmundo. Ver el film Terciopelo azul, de David Lynch, para corroborarlo.

El inframundo teatral pareciera haber entrado en las generales de la ley. Pareciera. Sería una pena que así fuese realmente. Pero corre el riesgo de parecerse al inmundo de la política. Se está jugando con fuego al mismo tiempo que se banalizan hechos y palabras importantes, graves: manipulación, acoso, abuso, explotación…

El teatro nació y creció para azuzar nuestras emociones, nuestros sentidos y nuestro intelecto. Pero no de este modo, donde ciertos actos privados se ponen en el centro de la escena para llenar a ésta con su inmundicia, viéndonos obligados a desviar la atención hacia el puterío de turno.

El teatro está en riesgo y cierta gente no se da cuenta. No suma. Confunde. Hace de su vida privada un show. Un reality que muchos consumen y llaman, erróneamente, teatro (aquí, más que nunca, con minúsculas).

Todo lo que ha estado saliendo a la luz y ha involucrado a gente de teatro, no ha hecho más que perjudicar al teatro mismo. Lo cual no quiere decir que no deba salir a la luz. Sobretodo si es cierto. Pero a la luz de la justicia. Que “en la Argentina no existe”, dirán algunos. “Que la única forma de visibilizar las cosas es de ese modo”, dirán otros. Puede ser…

Pero el teatro no está para hacer justicia, aunque esté -desde siempre- para hacer denuncias. A no confundir. Aquí, ver la puesta de Fragmentario, de Rubén González Mayo, para corroborarlo.

El teatro es el único espacio “real” que queda. Es allí donde la gente se puede reunir a reflexionar y divertirse, a debatir, a analizar, a “verse la cara”. Hoy, más que nunca, el teatro es importante. ¿Qué digo? Fun-da-men-tal. Es la última muestra de contacto humano. Y es lo último que, en ese sentido, va a desaparecer. Si no lo apuramos con un empujoncito, claro.

Por eso, he seleccionado cinco escenas que no me han gustado, deseando que el “no me han gustado” se comprenda.

Escena 1: Un director teatral recibe un tremendo escrache virtual.

Escena 2: Un director teatral es objeto de pegatinas humillantes.

Escena 3: Un director teatral recibe un tremendo escrache real.

Escena 4: Un director teatral es monitoreado mientras enseña.

Escena 5: Un director teatral se suicida.

Las cinco escenas bien podrían formar parte de una misma obra. Ser los eslabones de una secuencia cuyo dramatismo va in crescendo -con prisa y sin pausa- hasta el macabro e irreversible desenlace.

Sin embargo, las cinco escenas no se relacionan entre sí. Y bien podría asegurarse que se trata de cinco momentos de distintas puestas, si no fuese porque, en realidad, son momentos de la vida misma y no del teatro como actividad artística.

Tomarse las cosas en serio. Ponerse las pilas. Activar cuando hay que hacerlo. Quedarse en el molde, si es necesario. Denunciar cuando se deba. Hacerse cargo. Del inframundo al inmundo hay solo una sílaba. Ésta se puede caer en cualquier momento.