Nuestra Natasha no es una ficción

07.07.2019 18:01

Por Fausto J. Alfonso

 

Hace algunos años, en Karlsruhe, cuando Alemania estaba partida en dos, una escultora paría una de sus obras más preciadas. Con el tiempo, la joven artista se convertiría en una prestigiosa mujer del arte y aquella obra iría creciendo tratando de hacer lo propio, ya no en el ámbito de la plástica, sino en el del teatro. Ha pasado un tiempo. Un tiempo importante. Más importante en lo simbólico que en lo físico. No importa la cantidad de años. Sí, por ejemplo, que el muro cayó. Que el mundo cambió. Que Mendoza recuerda a Eliana Molinelli como un ejemplo de talento y lucha. Y que su hija, una de ellas, la de la anécdota en cuestión, desanduvo y desanda sus días haciendo lo que le gusta.

Natasha Driban nació en Alemania Occidental. Pero fue apátrida por un tiempo. Así eran las leyes hasta no hace mucho. Su papá, médico, hacía un doctorado cuando ella nació en Europa. De vuelta a nuestro país, no era ni alemana ni argentina. Hasta que fue esto último. De chica encontró una segunda patria en el teatro y se instaló allí, donde lleva un tiempo importante como actriz y bastante menos como directora. Pasó por los grupos Crack, Viceversa y El Enko, por lo que sabe muy bien de qué se trata el tema de la diversidad. En Buenos Aires también tuvo una formación variopinta. Actualmente, dirige Cachetazo de campo, de Federico León; y se prepara para debutar como actriz en Diáfano, una obra escrita y dirigida por el respetado Rubén González Mayo.

Hablamos de temas varios. Un salpicón de ideas y datos. Algunos dispersos y otros no tanto. En una de ésas, Natasha lanza un: “El teatro es como la escritura, queda siempre abierto a las correcciones. Forever”. Y el “forever” (o “for rever”) con el que remata sus dichos delata su otra faceta. Su madre le había dicho que todo bien con los escenarios, pero que se asegurara la vida de otro modo. Natasha optó por el inglés, se recibió de profesora y, hasta hoy, con alternancias, le saca el jugo a su título de distintas maneras. Very well.

Pero hay otra curiosidad… Bueno, hay varias, pero otra que viene al caso. Como niña que se inició de modo raro en la vida, siendo una apátrida; sus primeros contactos con el arte escénico tampoco fueron, digamos, convencionales. Se supone que una criatura (como gustan decirles a los chicos la gente bien grande) debe debutar como espectadora frente a una obra del titiritero amigo, un musical con hadas y princesas o las aventuras de un grupo de animales antropomorfizados. ¡Qué lejos de todo eso fueron sus inicios!

  • Debuté como espectadora cuando era muy chiquita. Me llevaron a ver una obra de Cristóbal Arnold, El kaso Dora, y después Matar el tiempo, en el Cultura Hispánica. Eran obras muy fuertes, terribles.
  • ¿Tus propios padres te sometían a eso?
  • Sí. Pero era un sometimiento agradable (risas).
  • ¿Cómo te impactaron esas experiencias?
  • Era otro mundo, bastante crudo, dramático. Yo me considero una persona recontradramática. En la vida, en todos lados. Tiño todo de dramatismo. Soy muy sentimental y sensible.
  • ¿Cómo siguió tu relación con el teatro?
  • Siempre hice, siempre la mantuve. En la secundaria, en las coprogramáticas del CUC, me daba clases Marta Persio. Una vez me contó que por ahí no tenía ganas de ir a dar clases, pero se acordaba que había una alumna a la que le gustaba mucho el teatro. Era yo. Y a los 18 hice un taller con Gladys Ravalle. Fue alucinante. Fue como ir a un espacio espiritual. Pensaba que me estaba espiritualizando. Me encontraba con un lugar muy íntimo, sagrado. Algo hermoso. Más, en pleno desarrollo de la adolescencia. Fue muy fuerte.
  • Nunca hiciste la carrera formal de Teatro.
  • Es mi gran deuda. De alguna manera, lo necesito para tener más base teórica. Pero tuve la fortuna de estar en Buenos Aires con maestros muy buenos. Maestros que me eligieron para sus clases, a las que era difícil acceder. Entre el 2000 y 2001 estudié con Carlos Gandolfo y en la Escuela de Comedia Musical de Julio Bocca; y entre el 2005 y 2008 con Pompeyo Audivert y Augusto Fernandes. Lo gracioso es que yo me iba de lo de Pompeyo a lo de Fernandes y estaba buenísimo. Uno trabajaba algo muy diferente al otro. Para mí era maravilloso. Estaba feliz. A lo de Gandolfo fuimos con David Ponce. Nos hacía hacer una escena frente a la cámara, que me la acuerdo patente. Una que aún hoy en día la hago con los actores, con la gente que puedo. Frente a una silla vacía, imaginar que hay una persona allí y decirle algo importante que nunca le dijiste. Tenía que ser algo muy importante.
  • Con Pompeyo la formación derivó en un espectáculo, ¿no?
  • Hicimos Armando lo Discépolo.
  • A propósito de Armando… Vos estuviste en Llanto de perro, en Carnaval y en otras obras vinculadas con el grotesco. Pero a la hora de ponerte a dirigir, fuiste por otro lado. ¿Cómo fue esa experiencia con el grotesco y por qué elegís dirigir otro tipo de obras?
  • Hice mucho grotesco en Viceversa. Fue mi formación primera, primaria. Me dio el oficio de actriz, hace tantos años. El realismo y el naturalismo siempre me gustaron, pero era muy mal visto en esa época. Era como mala palabra hablar de la memoria emotiva, de Carlos Gandolfo. Cuando yo estaba en Viceversa… era prohibido. En serio te lo digo.
  • Pero ahora no es así.
  • Claro. De todos modos, lo grotesco no lo excluyo. Pasa como con las religiones. Todas apuntan a Dios. En el teatro todo ronda en torno a encontrar una cierta verdad, que siempre es distinta, porque la mirada y la técnica lo son. Por eso digo, lo grotesco sirvió para eso, para el oficio, pararse en el escenario, experimentar formas. Me interesó mucho. Después hubo un cambio muy grande, pero a veces pienso que en la intensidad del realismo también puede haber un cierto grotesco. Pienso en algunos monólogos de Cachetazo de campo que me dan risa, cuando la situación es terrible. También me pregunto por qué hago eso tan terrible.

Natasha saltó a la dirección hace unos pocos años con la obra Algo de ruido hace, de Romina Paula. Pero lo hizo con cierto pudor. Ensayó una especie de paso intermedio, asociándose a otra directora. La gestación fue en el Espacio M, el taller donde su mamá pergeñó su obra escultórica, donde hoy ella desarrolla su creatividad teatral y donde transcurre esta entrevista, mates de por medio. “Había visto Algo de ruido hace varias veces en Buenos Aires -relata-. Fue alucinante entrar en ese mundo enrarecido. Quise hacerla, pero no me tenía la confianza absoluta. Yo era muy amiga de Valeria Portillo y ella me dijo ‘te voy a ayudar a soñar tu sueño’. Convoqué a los actores, comenzamos a montarla en este lugar, que se volvió a activar como algo cultural, porque estaba abandonado… Ella me ayudaba. Bueno, de a poco las dos fuimos haciéndola”.

Pero en simultáneo, eso de “algo de ruido hace” se fue materializando por otro lado. Otra gestación: el embarazo de su único hijo. “Tuve mi hijo. Yo les dije sigan ustedes y hubo una cosa rara. No sé qué pasó. La cuestión es que me hicieron desaparecer. Me borraron de todo. Siguieron con el proyecto, pero cambiaron el nombre del grupo y yo no aparecí en ningún lado. La obra empezó a cosechar galardones y yo me enteraba cuando lo leía en el diario, con mucha desazón. No pude entender qué pasó. Me sacaron, directamente. Y es una obra que se gestó acá. Siempre me dio mucha tristeza. El tiempo siguió su curso y yo me pregunté si podría hacer alguna vez algo propio, que tenga esa misma fuerza…”

  • ¿Así aparece Cachetazo de campo, tu debut a solas en la dirección?
  • A Cachetazo… la encontré en mi repisa de libritos. Empecé a leerla y a ver cómo conectarme emocionalmente con algo que sea verdadero para poder transmitirlo. Fue difícil.
  • ¿Por qué?
  • Voy a decir una cosa de la que después quizás me arrepienta, pero… Pienso que los actores, aquí, son cerrados. Lo digo en general y en el sentido de abrirse en lo personal para poder transmitir otra cosa. Cachetazo … fue una tarea ardua, pero muy enriquecedora. Siempre se dice que uno no lee una obra, sino que la obra te lee a vos. Que la obra es un viaje a tus recuerdos, que está plagada de tus imágenes. La obra te elige. Y los actores eligen esa obra por algo. Hay una carga personal muy fuerte y justamente en esta obra hay que sacar eso. Acá se da, hay dos actrices que tienen ganas de demostrarlo. Fue una comunión espectacular. Una frecuencia humana especial y un proyecto que hoy vive por sí mismo.
  • ¿Qué dice la gente después de ver Cachetazo…?
  • Cuando salen las actrices, lo primero que les preguntan es si están bien. Las ven llorar tanto… y en realidad salen sonriendo. Sacar la emoción es muy sanador. Esa es la magia. Y en el caso del personaje de Campo, la gente no lo quiere ni ver, lo rechaza, no quiere arrimársele, es muy física la reacción. También hay mucha gente que piensa y comenta sobre la propia relación con sus hijas, la necesidad del diálogo, del reencuentro, de que las cosas terminen bien.
  • Tanto Algo… como Cachetazo… hablan de la relación madre-hijo, de modos muy distintos, claro. Más allá de que ella no fuese del ámbito teatral, ¿de qué modo tu mamá influyó en tu carrera? ¿Te tiró pautas, sugerencias?
  • Bueno, Algo de ruido hace es como muy biográfica. Dos hermanos que se quedaron quietos después de que falleció su madre. Eso era lo que nos estaba pasando a mi hermana y a mí, que quedamos en un vacío después de lo de mi mamá, un personaje que aún sigue siendo muy fuerte y de quien creo me influyó su dramatismo. Vos mirá las esculturas que te rodean. Son esculturas que no te dejan indiferentes. Transmiten cosas muy fuertes. Si pudiesen moverse y hablar dirían un montón de cosas que a lo mejor no te gustaría escuchar. Por supuesto que no son para todos. Hay gente a las que no les gusta y que se alejan. O que te dicen: “¿Y estos monos? ¿Estos muñecos? ¡¡¡¿Qué son?!!!” Me lo han dicho. A mí en las obras me gusta mostrar cosas pequeñas, pero que pertenezcan a todos. Un deseo, una sensación, algo que remita a todos, y que a la vez sea fuerte, que sea como un recuerdo que tenga una carga afectiva, emotiva. Quiero que eso se encuentre debajo de las palabras, como se lo proponían Chéjov, Ibsen… Lo mío apenas es un atisbo, pero me gustaría poder hacer eso.
  • Debe ser muy inspirador trabajar acá…
  • ¿Viste? Lo es. Es mi lugar. Las esculturas me acompañan en saber que lo que voy sintiendo no está mal, que es un camino, una mirada que se va plasmando, que otro después la pueda ver, y se emocione, y la complete… Es lo que quiere, finalmente, todo actor, todo director.

Natasha recuerda que su maestro Gandolfo siempre insistía en que necesitaba alumnos que pensaran por sí mismos y que fueran honestos con ellos mismos. Durante la última devolución, le dijo: “Aprendés a expresar lo que sentís, o te sometés a todos”. Y en eso anda siempre esta chica, expresando lo que siente, sin sometimientos. Una artista que asegura tener un superyó sádico (“me tengo que sentir bastante segura para hacer algo”) y que entiende que el teatro es lo último humano que nos va quedando. “Podría haber hecho mejor la reina de Aída o mi papel en La revancha de la chancha”, confiesa. Aunque más conforme quedó con sus intervenciones en Nahueiquintún, Llanto de perro y la celebrada y premiada Ópera inmóvil, que dirigiera Wálter Neira allá por el ’96.

  • ¿Cómo te considerás como espectadora? ¿Crítica o permisiva?
  • (Piensa un ratito) Y… soy permisiva porque pienso que alguien que se pone enfrente es muy valiente ante la mirada de los demás. Pero también soy bastante crítica, y una espectadora que aprende y aprehende.
  • ¿Qué te ha gustado de lo que has visto últimamente?
  • Fragmentario me interesó. Me remite a mis orígenes, al teatro de imágenes, a cierto expresionismo, a la economía de recursos, a los actores con nada en escena, al frenetismo, al cruce de lenguajes, a lo más abstracto mezclado con lo más concreto. El trabajo de Celeste Álvarez es totalmente opuesto al de los otros tres personajes. El de ella es un personaje que literalmente se estampa contra las paredes.
  • ¿Viceversa fue el primer grupo formal en el que estuviste?
  • Primero estuve en el grupo de inglés de la universidad, Crack, con Rubén Scattareggi. Después Viceversa y luego El Enko. Estuve bastante en cada uno. Fueron diferentes etapas. De enamoramiento y después…
  • De separación y divorcio.
  • Exacto (risas). Lo dijiste vos. Pero gracias a todo eso estoy acá. Uno saca lo mejor. Con Juan Comotti aprendí muchisísimo. Todos los que pasamos por la Enko. Siempre era como ir a una batalla final, sin armas o con armas, con lo que se podía.
  • Y ahora se viene Diáfano, dirigida por González Mayo, a propósito de Fragmentario, que él también dirigió.
  • Ahora estoy en ese proyecto. Una comunión de mujeres que provenimos todas de distintas escuelas, que tenemos distintas identidades dramáticas.
  • ¿Qué te exige Diáfano y qué expectativas tenés?
  • Me exige tratar de poner en práctica desde mi personaje lo que como directora le pedí a mis actrices. Entender cómo esos mundos se van componiendo, entender cuál sería la piedra en el espejo que quiere el director intentar transmitir. Viste que se dice que el arte es un espejo de la realidad, pero que también puede ser una piedra en el espejo. Pompeyo tiene un libro que se llama El piedrazo en el espejo, y habla del sentido de la poetización. Y la dramaturgia de Rubén es muy poética, pero a la vez muy concreta, apunta a cosas muy concretas.
  • Es diáfana pero no es diáfana.
  • Exactamente.
  • ¿Los cuatro personajes son tan diferentes como las actrices?
  • Sí, como somos cada una de nosotras. Las distintas visiones de la vida. También como es cada mujer en su vida, muchas cosas a la vez. Todos tenemos todos los personajes dentro nuestro. Sólo tenemos que sacarlos. Estas mujeres representan a tres generaciones distintas. Ahora me acuerdo de Birdman, la película, cuando el personaje de Edward Norton le dice a Emma Stone (ella tiene 20, él 40) en una escena de seducción: “¿qué es lo que querrías de tu vida?” Y ella le dice que le gustaría sacarle los ojos y ponérselos para ver cómo veía él el mundo a los 20.  En cada etapa de la vida nuestra percepción del mundo es tan diferente…
 

Por los ’30, Alejandro Casona escribió Nuestra Natacha, con un protagónico femenino fuerte, de perfil vanguardista y gran compromiso social. Hoy, aquí y ahora, tenemos a Nuestra Natasha, que nada tiene que envidiarle a aquella heroína. Pero que además cuenta con algo a su favor: no es una ficción.

 

Fotos (de arriba hacia abajo): Natasha sonriente, Cachetazo de campo (su debut en la dirección), Natasha reflexiva.