Poética que estremece y pacifica

27.08.2026 11:58

Por Fausto J. Alfonso

 

Pasados casi dos meses desde la mitad de año y faltando un buen puñado de días para que concluya, es decir, en un momento random que podría haber sido cualquier otro, se me antoja recuperar un espectáculo de los tantos que vi en distintos sitios durante el primer semestre. Se me antoja por su capacidad para conmover, su equilibrada dosis de abstracción, su puesta minimal y estilizada, sus voces que me condujeron hacia una dimensión supranatural, sus cuerpos comprometidos con el dolor y respetuosos de éste, y su música, que, asociada al resto, nos permite percibir la espiritualidad no como una condición a ejercer para lograr un beneficio más allá de lo terrenal, sino como un aura que nos acompaña/guía en los distintos tránsitos que, en definitiva, no es más que uno solo con distintos grados de visibilidad, carnalidad e interacción con el otro.

Leve, una mirada posible, porque de este espectáculo hablo, está inspirado en The sacred veil (El velo sagrado), obra musical de Eric Whitacre, con textos del poeta y letrista Charles Anthony Silvestri, de su esposa Julie y del propio compositor. Planteada en doce movimientos, esta creación para grupo coral, violonchelo y piano, abreva en los lazos amorosos, la fragilidad de la vida, la alegría, el duelo y el consuelo. Su carácter universal tiene, sin embargo, un móvil personal real: la muerte de Julie, esposa de Silvestri, siendo muy joven, cuando sus dos hijos aún eran pequeños.

Alentado por colegas cordobeses y con la tranquilidad que me daba haber visto otros espectáculos de Cristina Gómez Comini, avancé hacia el hermoso y confortable Teatro Comedia, en el microcentro cordobés. Allí me esperaba, con la entrada de prensa, Gabriel Abrile, a quien hacía años no veía. Quien a su vez había sido alertado de mi presencia por Guadalupe Pedraza, crítica teatral de La Voz del Interior. Como verán, este antojo me lleva a ventilar pormenores y a escaparme de la crítica convencional.

Pero volviendo. Leve… no se trata de un réquiem ni un responso. Tampoco de una elegía. Aunque tenga un poco de todo eso y, en algún punto sea su suma, estamos, por sobre todo, frente a un poema lírico-musical que asume la forma de una declaración de amor, que trasciende infinitamente, eternamente (tómese esto literal) el momento de la declaración misma. Un poema amoroso que contiene todos los matices que pueden caracterizar a una vida en común. En ese sentido, los títulos de algunos movimientos son por demás ilustrativos: Tengo miedo, Tiempos deliciosos, Tú te elevas, yo caigo…

Aquí, la obra original de Whitacre se ha reconvertido en un espectáculo interdisciplinario, en el que sonidos, imágenes y movimiento conviven en armonía. El velo sagrado se refiere a ese vaporoso, liminal e inquietante muro que se alza frente a un nacimiento o una muerte. Y que se abre, según lo explica el texto inicial, levemente y lo suficiente para que el amor se deslice hacia un nuevo hogar donde esperan los seres amados.

En escena, el velo -que Augusto Bernhardt y Mauricio Rondot han logrado graficar plasmando su misterio- separa el espacio de los bailarines del espacio de los músicos y coreutas. Podemos especular que los primeros están del lado de los vivos y los otros del de los muertos, pero nada nos sugiere que el pasaje de uno hacia otro lado sea grave o traumático. En todo caso, lo contrario. Del “otro lado” espera un paisaje blanco, voces hermosas, música pacífica, anfitriones amables. Sí, todo hace pensar que es lo contrario a lo que dictan las convenciones de la imaginación.

La atmósfera de ensoñación que acompaña en general al espectáculo no es, no obstante, narcotizante ni un mero vehículo para la evasión o la idealización. La cruda realidad está enquistada (esto también tómese literalmente). Los textos desgarradores, hiperrealistas en su detallismo científico; los puñetazos inesperados, no están ausentes. Los cuerpos dúctiles sufren las tensiones, aunque sin caer en la rigidez. El espíritu lúdico de ciertas escenas, que nos trasmiten la felicidad de la convivencia y el intimismo de lo familiar, alterna con las señales de alarma, que en alguna medida desdramatizan los niños con su comprensión parcial de la realidad (y en este punto me muerdo los dedos para no teclear detalles).

La idea de “el otro” como sinónimo de “hogar” (título del movimiento 3) pisa fuerte en este peculiar relato donde el palpitar de los órganos de los personajes se siente más allá de su expresión visual y cala hondo en el espectador. La pelea con lo inevitable, la lucha por la permanencia en el plano de lo terrenal exige a los bailarines despliegue y contención a un mismo tiempo, y expresarse con libertad sin apegarse a lo literal del texto, salvo en ocasiones. Se impone una búsqueda de lo etéreo y lo poético en los movimientos, aun frente a las potentes y condicionantes imágenes que se sugieren, como, por ejemplo, “un carruaje hecho de mar ha venido a llevarse a su esposa”.

Esta suerte de canto de gratitud hacia dos personas que se han amado parece haber encontrado la sensible asociación perfecta en Camilo Santostefano y Cristina Gómez Comini. El punto de partida de Leve…, las fuentes de las que se nutre, son materiales de alto riesgo, que en manos inexpertas pueden derivar no solo en el fracaso, sino también en el ridículo. En estas manos, eso no ocurre. La dupla nos permite ingresar, durante 50 minutos, en un espacio-tiempo por demás novedoso, bello. Un poema musical que nos estremece, pero también nos da paz.

The sacred veil fue compuesto en 2018 y desde entonces ha tenido distintas representaciones en Estados Unidos, Europa, Oceanía y América Latina. Sus once movimientos son: El velo se abre, En un año oscuro y lejano, Hogar, Poesía magnética, Cada vez que hay nacimiento, Tengo miedo, Estoy aquí, Tiempos deliciosos, Un último aliento, Queridos amigos, Tú te elevas, yo caigo, y Niña de las maravillas.

La puesta concebida por Gómez Comini se puede ver en Youtube, en una grabación bastante buena en términos de sonido y de planos y angulaciones (quiero decir, alejada del estatismo del punto de vista único). Hoy, ante la imposibilidad de verla en escena (ya ha bajado de cartel), vale la pena este acercamiento, aceptando que la experiencia y su conmoción no va a ser la de un espectáculo en vivo. También, es una buena ocasión para interesarse e indagar en todos los artistas que confluyeron en esta singular propuesta.

 

Ficha:

Leve, una mirada posible. Espectáculo de música coral y danza contemporánea basado en The Sacred Veil de Eric Whitacre. Dirección musical: Camilo Santostefano. Dirección escénica y coreográfica: Cristina Gómez Comini. Texto: Charles Anthony Silvestri, Julie Lawrence Silvestri y Eric Withacre. Grupo coral: 12 de Cámara. Coreutas: Ayelén Regalado, María de los Ángeles Triay, Agustina Morcos Porras, Emilia González Zanotti, Celeste Podoroska, Marcelo Del Río, Gioia Falco, Daniel Asrín, Exequiel Ibarra, Héctor Marenchino, Humberto Savid, Franco Padilla y Ángel Carranza. Dirección: Camilo Santostefano. Compañía de Danza Viva. Dirección: Cristina Gómez Comini. Bailarines: Luciana Álvarez, Ludmila Cassano, Lucía Castoldi y Lucas Cadelago. Piano: Andrea Melliza. Violoncello: Pedro Catriel Luna. Diseño de escenografía: Augusto Bernhardt. Realización: Mauricio Rondot. Vestuario: Ana Rojo. Iluminación: Rafael Rodríguez. Sonido: Leticia Tolosa. Espectáculo en inglés, con supratitulado en castellano. Sala: Teatro Comedia, Rivadavia 254, Córdoba. En Youtube (con subtítulos en castellano): "LEVE" Una mirada posible - Musica coral y danza contemporánea - YouTube