Por un lenguaje exclusivo: Pepe Díaz Lastra, Cortázar & Cía.

21.10.2020 19:23

Por Fausto J. Alfonso

 

Uno de los tantos desencuentros que la grieta ha prodigado entre los argentinos es el que se relaciona con el lenguaje inclusivo. Una discusión bastante inconducente, en tanto quienes no se hayan entendido hasta aquí por diversos motivos, no pasarán mágicamente a hacerlo gracias a su uso (quizás todo lo contrario, distanciarán más sus miradas); y quienes ya estén de acuerdo, seguirán estándolo independientemente de su uso (confirmarán sus principios).

Por eso el motivo de estas líneas tiene más que ver con la reivindicación del lenguaje exclusivo, referencia máxima de la diversidad en materia de vocabulario. Una práctica que confirma la independencia de pensamiento, la creatividad personal y la consolidación de la personalidad. Para decirlo en criollo: que cada uno hable como quiera, si quiere autopercibirse libre y lejos del tironeo del momento.

El espectáculo argentino -y también el latinoamericano- ha dado muestras elocuentes sobre la práctica del lenguaje exclusivo. Acaso sea Niní Marshall (Marina Esther Traveso, 1903-1996) quien primero se manifestó en Argentina con un lenguaje así. Su arrolladora y desprejuiciada personalidad la transfirió a una serie de personajes (Catalina Pizzafrola Langanuzzo, Mónica Bedoya Hueyo de Picos Pardos Sunsuet Crostón, Gladys Minerva Pedantoni, Cándida Loureiro Ramallada y Jovita de las Nieves Leiva Peña y Obes, entre otros), cuyos elocuentes y exclusivos lenguajes inquietaron a más de uno.

Polifacética, Niní desandó todos los medios propios de su época, tanto como dibujante, así como periodista, publicista, actriz, cantante y bailarina, y creó integralmente sus personajes. Poseía un dominio absoluto del castellano y el talento necesario para desmenuzarlo, trastocarlo, travestirlo y deformarlo como se le ocurriese a sus criaturas. A tal punto, que el fenómeno que generó su neo-lenguaje fue motivo de análisis en infinidad de textos periodísticos, pero también de múltiples estudios filológicos a nivel académico, a la vez que produjo inobjetables admiradores y defensores de su estilo, como el caso de otra grande a la que le gustaba juguetear con el idioma: María Elena Walsh.

Pero claro, sabemos que salirse del curso, conlleva sus riesgos. Y en el ’43, el gobierno militar de Pedro Pablo Ramírez le puso los puntos por deformar el idioma y la mandó a un primer exilio. El segundo vendría ya con el gobierno peronista y a pedido de Eva Duarte, quien se enteró -por su hermano Juan- que en una ocasión Niní la habría parodiado como si fuese una prostituta. Aunque no hubo registros ni testigos de esa parodia, hay veces en que la palabra de un hermano es suficiente. Y éste es un caso. Pero aquí el lenguaje era lo de menos. Volvamos al punto, entonces.

Un caso menos recordado que el de Niní, pero por demás ilustrativo, es el del actor cómico, locutor y doblajista cubano-argentino José (Pepe) Díaz Lastra (1928-2007), quien en el mítico programa La Tuerca interpretó -entre otros- a un personaje llamado Frastraslafra. Un tipo que alternaba palabras conocidas con vocablos inventados, curiosos, en desuso o de alguna jerga poco difundida.

La asociación derivaba en verdaderos trabalenguas con los que era capaz, por ejemplo, de enamorar a una mujer, convencer a una pareja para que no se separara o tranquilizar a un trabajador ante un problema. Su relato absolutamente incomprensible era, sin embargo, totalmente convincente, por el ritmo, las cadencias y el carisma con que lo embadurnaba Díaz Lastra. Cuando le preguntaban cómo hacía para lograr todos sus objetivos, el personaje remataba con un “y.. es que Frastraslafra sagrapa el calimestrol”.

Si los eruditos quieren vincular a Díaz Lastra con el lenguaje “glíglico” que inventó Cortázar no tienen más que hacerlo y tendrán toda la razón. Julio lo ensayó, por ejemplo, en el capítulo 68 de Rayuela y en el texto breve La inmiscusión terrupta. En ese lenguaje existe una búsqueda de la musicalidad, de un atractivo sonoro, distanciado de la lógica absoluta, pero sin perder la sintaxis gracias al preciso uso de los verbos y la puntuación.

Es imposible no caer seducido por el glíglico, por su melodiosa acentuación. Ahora… la interpretación final de los dichos corre por cuenta de cada uno. Así lo pronuncie Díaz Lastra o lo escriba/diga Cortázar. Se sabe que el autor de Queremos tanto a Glenda fue un perseguido (político, no por el glíglico), pero de Pepe, a diferencia de Niní, no se sabe nada de que lo haya alcanzado la censura. Es muy probable que no lo haya comprendido. Afortunadamente.

Las jitanjáforas también ayudan a configurar un lenguaje exclusivo. Son vocablos sin un significado preciso, que surgen como jugando, con una connotación afectiva o con un doble sentido. A veces como un recurso de intriga, o también para aportar magia. ¿O qué es sino el “abracadabra”?

En este sentido, los artistas nacionales han sumado infinidad de giros idiomáticos que el tiempo ha ido resignificando. Desde Pepe Biondi (suegro de Díaz Lastra, dicho sea de paso) y su “¡patapúfete!” a Juan Díaz con su “cuchuflito”; desde Vicente Rubino con su “indifrundi di shegen” a Carlos Balá con su “sumbudrule”. Ni hablar del cantante Donald y su tracalada de vocablos exclusivos, con “sucundum” a la cabeza.

Por supuesto que el lenguaje exclusivo corre el riesgo de convertirse en sanata, un término que enarboló Enrique Santos Discépolo a partir de una experiencia personal frente a un hombre que se llamaba Zanata y que daba vueltas con las palabras sin decir absolutamente nada.

La sanata es algo que los políticos argentinos (y latinoamericanos, en general) abrazan con pasión y dedicación, siguiendo los modelos espectaculares de la ficción. Como ser: el narigón Fidel Pintos, que se lució en varios programas hablando de modo petulante e incongruente sobre temas que desconocía por completo; y el mexicano Mario Moreno,Cantinflas”, un verdadero descalabro parlante con una penetración cultural de tal magnitud que la Real Academia Española incorporó a su diccionario el verbo “cantinflear” como “hablar o actuar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada con sustancia”.

La sanata tiene variantes, según la intencionalidad y objetivos de quien la ejerza. Así podemos encontrar el verseo, el chamuyo, el camelo, etcétera. Por estos días, se ejercita más la “sarasa”.

En síntesis, la adopción de un lenguaje exclusivo nos confirmaría como creativos y como seres únicos en la diversidad, y ésta nunca sería tan rica ni justificaría tanto su nombre como en ese contexto.

Puede pasar que no nos entendamos. “Hay probabilidades”, dicen los especialistas en lenguaje exclusivo. Pero eso mismo ocurre hoy, con o sin lenguaje inclusivo. No nos entendemos. Por lo cual, no cambiaría demasiado la cosa.

La moraleja es: seamos verbalmente más allá de lo que nos digan que seamos verbalmente. Y si no nos entendemos, es porque no tendremos el tarbucho del mercoperlo.

 

Fotos (de arriba hacia abajo): Julio Cortázar, Niní Marshall y Pepe Díaz Lastra.