Sobre el daño que hace el video (y un ejemplo)

24.12.2018 19:27

Por Fausto J. Alfonso

 

La práctica de seleccionar obras teatrales por video, para que participen en fiestas, festivales o concursos, ya es un método de muy antigua data. Evidentemente, llegó para quedarse para siempre. Es algo tan absurdo como naturalizado, que se defeca en Benjamin y su teoría sobre lo aurático, y que sistemáticamente hace repensar a muchos su participación en aquellos eventos. Es una locura consentida por todos. Un atentado que nos implica y complica a todos. Una farsa. ¿Podríamos seleccionar una película para los Oscar, haciendo que los actores recreen en vivo una de sus escenas? A nadie se le ocurriría semejante disparate.

“Pero… ¿cómo hacés con 53 espectáculos?”, me decía un amigo, a propósito de la convocatoria para la próxima edición de la Fiesta Provincial del Teatro, a celebrarse del 22 al 27 de enero de 2019. La única opción, se me ocurre, sería un jurado que trabaje durante todo el año. Un jurado que vea teatro. Simplemente, en tren de ser justos con todos y cada uno de los participantes. Caso contrario, video por medio, se trata de una lotería. Lisa y llanamente. Salvo que el jurado convocado justo haya visto en vivo esas 53 obras. Para lo cual, no harían falta los videos.

Con esto, no se intenta desmerecer la labor del último jurado de preselección ni de sembrar dudas sobre su legitimidad ni sobre la legitimidad de su elección. La cuestión es el método. El jurado tuvo que lidiar con los 53 videos y tendrá sus buenos fundamentos acerca del porqué escogió las 12 obras que escogió. De hecho, cinco excelentes puestas de este año que se apaga, están en ese lote: Fragmentario, Los Invertidos, Dementes, Anagnórisis y Cachetazo de Campo. Y seguramente, el resto de las obras elegidas responden, al menos, a sus mejores versiones en video.

Pero, en este bingo teatral, así como el video hace daño, también puede hacer favores. Ciertamente involuntarios. Esos favores quedan finalmente en evidencia a la hora de la fiesta y la selección final, disparando comentarios acerca de la dudosa calidad de la preselección o frases más piadosas al estilo “¡cómo habrán sido las otras!”.

Así, especulo con que obras como Entre alfileres, La farsa de los ausentes o De cómo moría y resucitaba Lázaro el Lazarillo no presentaron un video a la altura de las circunstancias; y que otros espectáculos que en escena no reunieron los méritos de aquéllos presentaron una seductora versión cinética.

No obstante, el caso que particularmente más me llama la atención (he aquí el ejemplo que anuncia el título de esta nota) es el de Cocinando con Elisa. Claramente, uno de los estrenos más importantes del año y, además, lejos, uno de los más logrados.

Se puede tomar el todo o desmenuzarlo parte por parte: como sea, los méritos están a la vista. Una escenografía funcional, sintética y creativa; un diseño lumínico preciso, que destaca los colores dominantes; apagones que son más que simples separadores; una recuperación lúcida y actualizada del espíritu del gran guignol; una campanilla inquietante que preanuncia escenas nada previsibles; un estilo de actuación con una técnica afinadísima, donde lo pantomímico alcanza niveles de gran complejidad (y velocidad) y donde los textos están dichos con hondura, humor y ferocidad; un timing envidiable entre las actrices y en el espectáculo todo; una puesta que aprovecha al máximo lo concreto y lo abstracto del espacio; en síntesis, una dirección general que no ha dejado librado nada al azar y que consigue una atmósfera sórdida e irónica, muy palpable. Y el texto. Sí, también el texto, con su costado anecdótico y su temática profundísima y lacerante. Una gema 2018 que tiene en Silvia del Castillo, Jimena Semiz y el gran Rafael Rodríguez a sus principales responsables.

Pero el video no perdona. Al contrario. Si puede profundizar las heridas, lo hace.