Sobrevivientes del amor y el desamor

02.06.2026 23:09

Por Fausto J. Alfonso

 

No es poca cosa que, a quince años de que hayan asomado, cuatro perdedores, porfiados navegantes en los mares del romanticismo y el patetismo, sigan convocando a los mendocinos a ver teatro. Más aún en estas épocas inciertas, en la que surcar esos mismos mares se ha transformado en una práctica que se expande hacia gran parte de la humanidad.

Pero claro, Rotos de amor concentra en su interior y exterior los anzuelos teatrales apropiados para que el gran público se sienta a gusto. Los exhibe con honestidad, simpleza y experiencia artística. La transparencia del producto hace que cualquier connotación corra por cuenta del espectador. Las cartas están a la vista, y no marcadas desde lo subliminal.

Con una narrativa clásica, bajo la estructura de cuadros-sketchs con remates propios (que subrayan un personaje por vez) y una secuencia de escenas posterior que agrupa las penurias colectivas en búsqueda de soluciones (también colectivas), se desarrollan las andanzas de cuatro visitadores médicos para quienes el amor ha mutado de sueño a pesadilla.

La obra reúne todo aquello que se presume eficaz: personajes con un perfil muy marcado, muletillas, tics y clisés en sus discursos y comportamientos, un doble sentido prudente (y por momentos anticuado), mínimas referencias a la actualidad (como para no enlutar la comedia), un puñado de malos entendidos que se superan pronto, y un final amable, como debe ser, luego de pasar por instancias anunciadas de planteo, desarrollo y clímax.

Con esos ingredientes, los intérpretes tienen lo suficiente como para construir ciertas maquetas donde la gesticulación abunda (sobre todo cuando el otro habla; nunca hay lugar para el “no asombro”, para la indiferencia) y las contorsiones están a la orden del día ante las decisiones inesperadas de alguien o los efectos colaterales de la automedicación.

Un poco ingenuos y bastante destartalados, estos individuos desnudan ante el público sus brotes de despecho, revanchismo, envidias o broncas varias; pero también sus apuestas a la perseverancia, el idealismo, lo platónico, en pos de… lo romántico. Están rotos, pero no acabados. A veces, portando la inocencia de quien espera un milagro. Que, por otro lado, ocurre de un modo impensado.

Originalmente, este texto llevaba por título Club de Caballeros. El propio autor, Rafael Bruza, lo rebautizó Rotos de amor, e hizo de ésta una de sus más exitosas obras, montada por distintos elencos a lo largo y ancho del país. En Mendoza, hubo una primera versión (con el título original), a inicios de los 2000, con dirección de Fernando Mancuso, a cargo del elenco de la UNCuyo y de la que no podemos olvidar una desopilante labor de Juan Guinovart en el papel del Mudo. Pero el viejo título perdura en el texto. De hecho, Rodríguez, uno de los personajes, recuerda en dos ocasiones la pertenencia del grupo a un Club de Caballeros.

La puesta vigente responde a la dirección original del recordado Claudio Martínez y reúne a cuatro actores de larga e intensa trayectoria, quienes alcanzan una sinergia apropiada cuando el espectáculo ronda unos veinte minutos, momento desde el cual no paran de potenciarse hasta el final. Ellos son: Víctor Arrojo (Rodríguez), Marcelo Lacerna (Berlanga), Daniel Posada (Artemio) y Aníbal Villa (el Mudo).

Cada cual tiene sus momentos de lucimiento, dosificación que responde a una “ley de compensaciones de virtuosismo” propia de este de tipo de espectáculos, donde lo que cuenta es el equilibrio y cierta previsibilidad/seguridad en todos los aspectos. Esto, a priori, actuaría como un inhibidor a la hora de destacar la labor de uno por sobre el resto. Y de ser así, pesaría la lectura de lo injusto.

Pero, desde nuestra lectura, más injusto sería no hacerlo. De allí que arriesgamos que el personaje de Posada, en parte favorecido por sus propias características y en parte por el timming del que fue dotado por el actor, resulta el más rico. Retrato de un pícaro roncador vencido -a veces insensible al dolor ajeno, otras veces poeta (hasta con intertexto serratiano)- devenido optimista de cartón, Artemio resulta gracioso y cambiante sin empalagar ni fastidiar. El actor está muy bien. Por eso, es particularmente efectivo que en un momento Rodríguez diga respecto de él: “Está actuando… y mal”.

Rápidos para capitalizar imponderables que surgen en relación con el vestuario, la utilería o el texto, el cuarteto actoral (y musical, como comprobará el espectador) sale airoso en un escenario abierto, donde los espacios se crean con apenas un puñado de luz y uno que otro objeto. Los espectadores, en tanto, terminan satisfechos. Y los personajes, al menos en parte, curados. Aunque parecieran no estar exentos de una recaída.

 

Ficha:

Rotos de amor, de Rafael Bruza. Dirección: Claudio Martínez. Intérpretes: Víctor Arrojo, Marcelo Lacerna, Aníbal Villa y Daniel Posada. Asistencia técnica: Emilio Lacerna. Producción general: Paula Ledaca. Prensa: Eugenia Cano. Sala: Teatro Independencia. Función del 21-05-2026.