Un café con Huguito Vargas ©

10.01.2021 16:00

Hoy falleció el conocido actor y director teatral Hugo Carlos Vargas, dueño de una extensa trayectoria en el teatro y el cine, como así también en el campo de la iluminación y en el ámbito vendimial. Lo homenajeamos con un capítulo del libro inédito Fijate quién dirige.

 

Por Fausto J. Alfonso

 

Todo mendocino sabe que en San Martín y Rivadavia está el Liverpool, ese bar tan beatle. Algunos menos saben que en esa esquina, desde mucho antes que el Liverpool fuese tal, Cristóbal Arnold -a quien se lo homenajea con una placa por calle Rivadavia- craneaba sus espectáculos teatrales, se citaba con los colegas y despotricaba ante este periodista por las siempre destartaladas políticas culturales. Arnold se ubicaba indefectiblemente adentro, al lado de una ventana, de cara a la Avenida San Martín. No paraba de saludar y de ser saludado.

El lugar ejerce cierto magnetismo hacia los teatristas. Cada dos por tres se lo ve, solo o acompañado, a José Navarrete frente a un pocillo, por citar a otro de los visitantes ilustres. Como al también ilustre Hugo Carlos Vargas. El “Huguito”, para muchos. Un tipo que ya se ha acostumbrado a sacar el dni para que le crean la edad que tiene. Flamantes y enérgicos 78 al momento de este breve cruce, que se produce sentados a la mesa que está pegada a la vitrina con pequeñas réplicas de hermosas motos.

“De febrero del ‘40”, dice mostrando el plástico y por las dudas. A veces, se quiere poner a la altura de sus años. Entonces, cuando no recuerda con precisión una fecha o un nombre, larga un… “¿Te acordás cuando hablaba de corrido?”

“Yo empecé de chiquito”, dice, entrador, el Huguito, que ronda el metro veinte y que del bullyng, a lo largo de su vida, sólo ha conocido picardías del tenor que él mismo fomenta. “Es increíble -le decía Hugo López, un amigo de la infancia-. Has conseguido el respeto de todos los vagos de acá del barrio”. Lo que pasa es que Vargas es “muy contestatario ante las injusticias” y llegado el momento se le planta a cualquiera. “Eso es algo que tiene que venir de los viejos, seguramente. Los viejos de antes te criaban con valores. La humildad, el respeto…”, reflexiona el único teatrista de siete hermanos.

¿Empezaste de chiquito, me decías?

De chiquito, hace más de 40 años, en el Taller Nuestro Teatro.

El famoso y legendario TNT.

¡Ahí! Mis maestros fueron Carlos Owens y Maximino Moyano. Allí me inicié con Jorge Fornés, con Elsa Cortopassi, con Elina Alba -una gran compañera-, con Guillermo Carrasco, que después se dedicó a los títeres…

¿Qué te llevó allí? ¿Cómo se te ocurrió hacer teatro?

Todo fue un poco producto de la causalidad y de la casualidad. El teatro siempre me gustó. Iba siempre a ver teatro. Yo soy técnico electrónico. Compartía la electrónica con el teatro. Una vez, estaba participando de la Primera Fiesta del Sol que se hizo en San Juan, en la parte técnica. Ahí, el ayudante de escenografía era Jorge Fornés. Compartimos un buen tiempo, comidas, reuniones. Yo hablaba un poco sobre el teatro, sin saber demasiado. Cuando terminó todo, Jorge me invitó al TNT. Me dijo: “Mirá, ahí nadie te va a decir nada. Vos llegás, te hacés amigo de todos, compartís…”

¿O sea que Fornés es el responsable?

Eso. Cuando llego al TNT sentí una sensación de familiaridad. Lo primero que me dan es un equipo de luces para arreglar. Parecía como un manómetro de los tranvías, con resistencias. Había que poner mucha carga para que bajara la resistencia. Todavía no estaban los dimmer para bajar la luz, no estaban los triac, nada de eso. Todo con válvula. Lo llevé al taller, lo limpié, etcétera.

¿Y el debut como actor? 

Fue en teatro infantil, con un personaje que se llamaba Chevelín. Lo primero que hicimos fue Chevelín versus Trinity. Después vino Magicosas de Chevelín. Más adelante, por mi cuenta hice Chevelín y los piratas, como autor y director.

Apasionado del fútbol, asegura que lo jugaba bien. “Por la talla no jugué en cancha grande, en la liga. Pero lo mismo me di el gusto de jugar con varios importantes de la época, como el Mariposa Ortiz, el Garín que jugó en Talleres, el Beltrán que jugó en Gimnasia. Me gustaba el fútbol compadrón, el amague, el toque. Y… tenía cierta habilidad”. Partido va, partido viene, en medio de uno le llega una gran noticia.

¿Cómo comenzaste en el teatro para adultos?

Era noviembre. Hicimos un partido de fútbol con el flaco Suárez, que tenía en ese entonces el Grupo Arlequín. Cuando terminamos -que fue un partido de locos, en la cancha de El Sauce-, estábamos por comer un asado y el Fornés me dice: “Ahora te quiero hablar artísticamente” (subraya el “artísticamente”). No sabía con qué se venía, porque es tan jodón. “Esta noche -me dice- te va a llamar Carlitos Owens, para abrir la temporada en marzo del año que viene con El adefesio, de Rafael Alberti”, una obra que se pudo estrenar en España recién después de la muerte de Franco, porque estaba prohibida. Bueno, ahí se inició todo, con El adefesio”.

Después de pasar por el TNT, Vargas trabajó con Arnold. Con él hizo el protagónico de La Nona, de Cossa, por el que recibió numerosos elogios; y también Visita, de Monti, donde era uno de los fantasmas del pasado del señor Equis. “Haciendo Visita, me acuerdo que durante una función a la que había ido Daniel Talquenca, en un momento Gladys Ravalle me tira un zapato, me pega en la cara, del lado izquierdo, y me hace salir sangre. Me paso la mano, miro la sangre y le digo: ‘¡Perla…!’ Y seguimos. Ella va para el camarín, vuelve con una toalla y me la tira. Después yo me pongo en la falda de ella y me dice: ‘Petiso, te sale mucha sangre, dejate la toalla’. Seguimos jugando con eso hasta el final de la obra. Lo incorporamos. Después me pusieron dos puntos”.

Visita lo dejó marcado, evidentemente. De gira por San Luis con esa misma puesta, fulbito mediante, el Negro Carrasco le dio un rodillazo en el párpado superior izquierdo. “Me llevan a un lugar, que se llamaba ‘el inyectadero’ y me ponen otros dos puntos. A la noche, hice la función con parches”.

Owens, Moyano, Arnold… Hugo no se privó de trabajar con ninguno de los grandes. Pepe Parlanti lo dirigió en El organito; Elcira Lena en El enfermo imaginario y, si bien quedó trunco un Otelo, en este caso con Benito Talfiti al frente, reincidió en el infantil con la gran Gladys Ravalle, haciendo Pluft el fantasmita. Fue parte de Cúneo o la inmolación de la poesía, dirigida por Osvaldo Facio, uno de sus autores (el otro es Julio Ignacio Castillo); de Cucha de almas, dirigida por Wálter Neira; de Melescas, haciendo de bruja con dirección de su discípulo González Mayo; de La lección, con puesta de Cristina Raschia; y de El callejón en flor, al mando de Nazareno Darré y haciendo nada menos que de Gulliver. Otro ex alumno, Mario Bahamonde, lo convocó para Los apóstatas; y la dupla Laura Bagnato/Vilma Rúpolo para Profesor Doctor Álvar Núñez Cabeza de Vaca. También se las dio de malevo en Tangoneando… la vida, sainete lírico de Jorge Leal, dirigido por su autor. Y hasta fue convocado por el hijo de Arnold, Juan Comotti, para Puente roto y, más recientemente, para la comiquísima e igualmente profunda Nosotros fuimos, donde Huguito hizo de un entrañable Robin, al que le llega su paraíso luego de no pocas humillaciones propinadas por un decadente Batman (interpretado por Mario Ruarte).

“Hacer de Robin fue como volver a empezar, reactivar la memoria. Fue algo muy bello. Además, trabajar con Jorge (Fornés) es volver a los orígenes. Siempre la vida nos acaricia de alguna manera. Robin es un personaje obediente, un tanto servil. Es un tipo servilmente inocente. Lo tomé desde ahí. Pero también un tipo que cuestiona a Batman y que finalmente tiene su recompensa. A Robin lo salva el amor”.

¿Cuándo arrancás con la dirección?

Formé Gente de Teatro allá por los ’80. Lo mío fue una necesidad, principalmente por la talla, ya que no podía hacer muchos papeles. Me siento capaz de hacer Hamlet o cualquiera, pero es una cuestión visual, ¿viste? Le puse Gente de Teatro en honor al trabajo del clan Stivel, que hacía un laburo tan serio, tan bien hecho.

¿Quiénes integraban Gente de Teatro?

Rubén González Mayo, Gige Araujo, Mario Bahamonde, Miguel Lopresti... Debutamos con Chevelín y los piratas en el teatro Independencia. La primera para adultos fue Por simpatía, de Mirko Buchín.

Luego González Mayo terminó dirigiéndote a vos.

Sí. Tuve el placer que me dirigieran dos ex alumnos. Mayo en Melescas y Mario Bahamonde en Los apóstatas, de Manuel Corominola.

¿Y qué te ha permitido hacer la dirección?

Llevar a alguien hasta donde yo no llego… y que me sorprenda.

Hugo Vargas estuvo más de 20 años en el teatro griego Frank Romero Day como jefe de sonido. También fue jefe de comunicaciones internas y utilero general. Durante tres años tuvo un cargo de jefe de trabajos prácticos en la UNCuyo, como iluminador del Elenco Universitario. Trabajó con grandes actrices como Luisa Gámez y Nora Fernández. Dirigió la zarzuela La dolorosa, de Lorente y Serrano, para la Escuela de Canto de Alberto Caparotta. Y el espectáculo Ópera-tango-teatro, un mix de obras (Stefano, entre ellas), óperas y tangos, con orquesta en vivo y grabaciones. En tv hizo la miniserie El jardín de los infiernos y en cine tiene numerosas participaciones. “El cine tiene otra magia. El único que tiene la idea es el director. Vos te ves, te enterás y te sorprendés después”, resume uno de los protagonistas de Héroe local, el premiado corto de Andrés Llugany.

También estuvo al frente de varias vendimias departamentales, con la particularidad de incorporar siempre a los empleados municipales como actores. Casi un neorrealista. Y en este sentido, lo enorgullece el hecho de que una mujer lo haya parado por la calle para decirle, varios años después del suceso: “Usted me dirigió en una vendimia en Las Heras. Me hizo sentir útil, trabajando para la comunidad”.

¿Qué director fue el que más te influyó?

Carlos Owens. Me marcó mucho y marcó mi forma de dirigir. Era un aprendizaje permanente. A mí me gusta trabajar con los sentidos, soy un tanto stanislavskiano. Y siempre impregnado de disciplina y sacrificio. El teatro no es una joda, pero sí es un divertimento para el alma.

¿Con cuál director te hubiese gustado trabajar?

Con Jaime Kogan.

“El teatro es un cuento al que vos le tenés que dar vida de la mejor manera posible, de la manera más seria, sea para niños o para adultos, entregando todo. El teatro nos da un plus: un cuerpo, una voz, acciones, para hacer un personaje que no somos nosotros. Nos permite salirnos de nosotros”, comenta quien durante décadas se desdobló entre la electrónica y el teatro. “A veces la profesión me sacaba de la vocación y a veces la vocación me sacaba de la profesión”. Una práctica teatral, sin dudas, que él la llevaba a la cotidianidad.

¿Tenías antecedentes teatrales en la familia?

Nadie.

¿Qué te dijo tu mamá cuando le comentaste que te dedicarías al teatro?

Me dijo: “Es lo que toda la vida te gustó”. Siempre me apoyó y tuvo un gran respeto. Sabía que era mi sueño. Y a los sueños hay que perseguirlos hasta despertar con ellos.

¿Qué te ha dado el teatro?

Amigos. Muy buena gente. Antes que buenos actores, buenas personas. Gente respetuosa del teatro. Aunque esto se ve en el camino, porque vas encontrando de todo: gente fea, interesada, honesta, especuladores,

¿Tuviste una mala experiencia con algún director?

Sí.

¿Y por qué fue mala?

Por el dinero.

¿Y por motivos teatrales?

No, ninguna. Yo soy muy obediente como actor. No cuestiono.

¿Notás que ha cambiado mucho la forma de hacer teatro desde que empezaste?

Sí. La mayoría de los actores no me transmite nada. Hay mucho actor que se repite, que son siempre ellos. Que ponen “ojitos de y carita de”. Tampoco saben jugar con el imprevisto. Eso me ha alejado de ver teatro.

La última puesta de Hugo se remonta a una década, cuando estrenó -en el Teatro Recreo, hoy Centro Cultural Armando Tejada Gómez- Justo en lo mejor de mi vida, con el elenco Del Fondo. Sin exagerar, una de las obras locales más convocantes de lo que va de este siglo. “Justo en lo mejor de mi vida es una obra que permite al espectador encontrarse con una apuesta muy emotiva, en la que por momentos reirá a carcajadas y, por otros, se replanteará muchas situaciones cotidianas que afectan a todos. Es una obra muy familiar en la que, por una situación muy especial que se da al comienzo, el protagonista tiene que rever su vida; esto es, sus fracasos, sus sueños postergados, sus alegrías…”, sintetizaba oportunamente Vargas para el diario El Sol[1].

En 2016, Hugo recibió el Premio a la Trayectoria, en el marco del XIX Festival de Teatro Estrenos en Mendoza, organizado por la Municipalidad de la Capital. “Fue una enorme alegría cuando González Mayo me lo entregó, cuando se arrodilló y me abrazó”. Años antes, la Legislatura lo había premiado con la Distinción Sanmartiniana.

Siempre con proyectos teatrales, pero sin desesperarse por concretarlos, Hugo reconoce una deuda. Siendo espectador, quedó prendado de la actuación de Rodolfo Bebán en Las mariposas son libres, en aquella exitosa puesta de los ’70. Desde entonces, le tiene ganas a la pieza de Leonard Gershe. Es su asignatura pendiente.

Pero su presente, su hoy, es más de novela que de teatro. Está escribiendo una que se llama Marina (con el tiempo se enteraría que a su actual esposa casi la bautizan así) y que tiene como personaje central a un corresponsal de guerra que, justamente, decide escribir una novela. Aunque cerca del mar, no de la montaña, como él. El destino lleva a este personaje hasta la península de La Guajira, allí donde también fue a parar Henri Charriére, el mismísimo Papillon.

Mientras teclea Marina, Hugo comparte intensamente la vida y el arte con su mujer Laura, quien escribe y toca el saxo y el piano, y a la cual conoció en un viaje en trole, cuando la pequeña hija de Laura, de por entonces cinco años, lo rozó sin querer.

Laura: Cuidado con el señor…

Hugo: No hay problema, señora. Me ha tocado un ángel.

Bonito inicio para otra novela. O quizás para una obra de teatro.

 

Fotos: Arriba, en el medio, recibiendo el Premio a la Trayectoria, en el Festival de Estrenos 2016. Abajo, como Robin, junto al Batman de Mario Ruarte, en la obra Nosotros fuimos, dirigida por Juan Comotti.

[1] Diario El Sol, Mendoza, 25/09/2008.