Una gran actuación emerge de un pozo conmovedor
Por Fausto J. Alfonso
Tan contrastantes como complementarios. Así son los dos personajes de Pozo de zorro. Criaturas que anidan en un solo actor: Gustavo Torres. Pero ojo, no se trata de una patología dual. Estamos frente a un iluminado desdoblamiento interpretativo, un acto de fe teatral, que el intérprete lleva adelante para hacernos reflexionar sobre el comportamiento y las ideas de quienes tenemos enfrente. El logro es que lo logra, valga la redundancia; y lo hace desde una labor visceral, intensa, que por momentos se vuelve muy conmovedora.
Sobre el escenario del acogedor espacio conocido como Casa Teatro, nos sorprende lo que en principio se perfila como un hecho delictivo, un asunto con pretensiones de suspenso, un embrión de policial. Un hombre atildado, mesurado, inmerso en su rutina es sorprendido por otro maltrecho, desaliñado. Lo que es mucho peor: armado. Sí, existe un tire y afloje propio de un asalto. Pero en el afloje, se sueltan las lenguas, y éstas no tardarán en develar que esos hombres no son tan diferentes ni mucho menos prototípicos de lo que sus apariencias exhiben. Son argentinos, con la complejidad que eso ya de por sí encierra, pero además pertenecientes a una generación a la cual la historia (bueno, ciertos personajes de la historia) obligó a un juego cruel, inusual.
Escrita por el propio Torres y José Kemelmajer, Pozo de zorro –título que se revela tan explícito como metafórico- es un reencuentro con la temática Malvinas, pero desde una perspectiva diferente. Porque, en definitiva, a lo que apunta es a ilustrar cierta persistencia nuestra desde aquellos 80 a hoy, en desoír al otro, en ningunearlo, en observarlo distante con -en lo posible- nuestra mayor reserva de prejuicios. Ni hablar de “ponerse en el lugar del otro”, algo que en esta puesta aparece de modo gráfico, literal, y que le permite al actor descargar un arsenal de inspirados recursos tragicómicos que no solo alimentan una acción a ritmo completo, sino también una de las mejores actuaciones de su extensa carrera. A lo largo de 60 minutos, logramos ver en su cuerpo las marcas de dos vidas muy curtidas, que no se propusieron ser antagónicas. El peso de los ancestros, las impotencias propias de la clase a la que se pertenece, los modos cultos o populares; en síntesis, todo lo que hace a alguien. Mostrado con el atractivo de un buen actor que domina el espacio.
Kemelmajer es, a la vez, el director. Quien mucho tiene que ver con ese ritmo completo, al resolver las transiciones actorales de Torres en compañía de apropiados cambios lumínicos (todavía perfectibles, eso sí) y la suma de objetos clave, en momentos por demás oportunos, que alimentan la intriga policial o descubren los gustos (gastronomía) o la sensibilidad (música) de estos personajes que a priori parecieran distanciados por un abismo cultural. La banda de sonido, dicho sea de paso, contrapuntea Mona Giménez con Antonio Vivaldi, pero también incluye una composición titulada Malvinas, de Gonzalo de Borbón. Una hermosa melodía que tercia entre aquéllas, como también buscando, sin querer queriendo, arrimar posiciones.
Pozo de zorro está lejos de la evocación oportunista, tanto como de la ceremonia solemne. De hecho, tiene un humor “descacharrante”. Sí se acerca a una suerte de ensayo (dramático, no literario) sobre cuánto de azaroso, cuánto de predestinado y cuánto de decisión personal hace a la vida de cada uno.
De la dupla Kemelmajer-Torres aun recordamos con agrado aquella puesta de Tiempos de paz, que, estrenada en 2015 y con dirección de Daniel Posada, desandó numerosos escenarios por años. También allí, con los dos sobre el escenario, se insistía sobre el prejuicio hacia el otro y la imperiosa necesidad de comprender (entre varios temas más).
Reencontrarlos en Pozo de zorro es gratificante. No solo por el resultado artístico, sino porque nos demuestran que el teatro es lo suficientemente hábil para atender tanto a los problemas sociales crónicos como a los coyunturales. Otra dualidad que se contrasta y se complementa.
Un último dato. Torres es veterano de Malvinas. Conoce también el otro teatro, el de operaciones. Claro que no nos debemos dejar condicionar por eso a la hora de juzgar sus méritos. Pero es inevitable, ya sabiendo ese dato, no sumar un escalofrío y una admiración adicionales.
Ficha:
Pozo de zorro. Dos destinos cruzados por Malvinas, de G. Torres y J. Kemelmajer. Dirección: José Kemelmajer. Intérprete: Gustavo Torres. Asistencia de dirección: Santiago Silva. Asistencia técnica: Santi & Santi. Sala: Casa Teatro, Aguado 241, Ciudad, Mendoza. Función del 28-03-2026.