Orson Welles: provocaciones desde la tumba

31.01.2020 11:37

Por Fausto J. Alfonso

 

Al otro lado del viento es una película tan curiosa como excepcional, tanto por lo que es en sí misma, como por lo que representa y todo lo que la rodea. Orson Welles la comenzó en 1970 y un grupo de profesionales la terminó en 2018, siguiendo las indicaciones que el director había dejado oportunamente. Entre una y otra fecha ocurrieron tantas cosas -artísticas, políticas, financieras, emocionales- que han dado para escribir libros enteros sobre este peculiar film. A la hora de su estreno, el 31 de agosto de 2018 en el Festival de Venecia, casi toda la gente que intervino en ella ya estaba muerta; y a esa altura muchos dudaban de que lo que se proyectaba tuviese que ver con lo craneado por Welles.

Sin embargo, la impronta está, es innegable, y siguiendo el carácter experimental ensayado en F for fake (Fraude, 1973), Welles y sus sucesores nos enroscan en una intrincadísima trama a un mismo tiempo ficcional y documental (bueno, falso documental). La misma habla del director Jake Hannaford (John Huston), quien en el día de su cumpleaños setenta, frente a amigos, productores, periodistas y colados, proyecta parte de lo que es su último film (Al otro lado del viento), que no puede redondear por problemas económicos. La idea es aprovechar la ocasión para tentar a alguien con dinero y resolver el asunto. Nuestra película se alterna con la que ven los personajes, a lo que se suma un equipo de documentalistas que filman toda la situación, en la línea que luego abordaría la Intervista (1984) de Fellini.

Al otro lado del viento es un film que como muy muy muy pocos requieren del espectador llegar a él con cierto caudal de información. Es un triple experimento, tan pensado como manoseado, plagado de referencias a la vida de Welles y a la de muchos otros que intervienen en la cinta. Cada personaje está inspirado en alguien del mundo cinematográfico, cuando no en la mezcla de dos o más personas (actores, productores, guionistas, directores, críticos, etc.). Hannaford, sin ir más lejos, es la cruza de Welles con Hemingway. El carácter testimonial está además reforzado por el hecho de que muchos cineastas famosos (Chabrol, Mazursky, Hooper y otros) participan en calidad de sí mismos. Otros, asumen personajes, como el caso de Peter Bogdanovich (Brooks Otterlake), que es clave en la trama (o tramas), además de ser uno de los impulsores del acabado de la película y un experto en Welles. Su libro This is Orson Welles (Ciudadano Welles) es indispensable para conocer al genio.

Tras su presentación en Venecia, El otro lado del viento siguió su curso, y hasta hoy lo sigue, por Netflix (que se da un poco de chapa citando al autor de Sed de mal). Aunque tiene planos que solo una pantalla gigante puede exhibirlos como merecen, el espectador inquieto puede arrimarse hoy a la plataforma. Allí encontrará un discurso fragmentadísimo, con cortes abruptos, tan nervioso como desorientado (y desorientador). Una especie de trabalenguas en imágenes, que alterna el color con el blanco y negro, e incluso a veces juega con ambas cosas en un mismo plano. Los toques psicodélicos y de efectos ópticos le dan un aspecto de pesadilla colectiva. Los formatos y texturas varían, a veces caprichosamente, y casi que ninguna escena se parece en términos estéticos a la siguiente. En ese marco, decenas de personajes se cruzan todo el tiempo dejando a su paso altas cuotas de ironía, desprecio y envidia.

Sin dudas, el film muestra los pliegues más opacos de la farándula cinematográfica, con sus abusos y traiciones, pero revestidos de un carácter festivo (de hecho, una fiesta a media luz ocupa gran parte del metraje), donde reina la hipocresía y la frustración. La figura del director se presenta como la de un todopoderoso sin plata (como Welles), quebrado tras una lujosa fachada y rodeado de un séquito de siervos y aduladores más y menos fieles, conocidos como los “mafiosos”. Un mundo sensual y peligroso, como la película dentro de la película.

En esta última, una pareja de jóvenes juega a las escondidas en lugares desérticos (lo que dificulta el juego, claro) en lo que parece una relación histérica, pero también apasionada y peligrosa. Nada queda muy claro (bueno, se trata de un film a medio hacer), excepto la indisimulable referencia al Antonioni de Zabriskie point (1969), con una bella Oja Kodar (por entonces y hasta el final la pareja de Welles) totalmente desnuda y a las corridas por la inmensidad.

Ese cine moderno, que Welles homenajea, se contrapone al cine clásico y del sistema de estudios que Hollywood impulsó y que en los ’70 empezaba a decaer. La película marca ese momento de transición y en ese sentido hay mucho sarcasmo, como también críticas y reivindicaciones en los diálogos entre Hannaford y todos los que lo rodean.

Hacia el final, el film se va poniendo cada vez más ácido. Los periodistas cada vez más insidiosos y sensacionalistas, los amigos cada vez menos amigos, los imprevistos cada vez más recurrentes. Mientras, Hannaford se despacha con máximas que son más propias de un Capone que de un artista. Las referencias y homenajes también se intensifican (la secuencia en el autocine nos remite de una a Targets -1968-, de Bogdanovich) y el conjunto termina siendo un sincero retrato sobre el poder y su agonía.

Al otro lado del viento es una experiencia ardua y seductora. Quien esté dispuesto a pasarla se tiene que hacer de coraje y voluntad en altas dosis. Pero es muy probable que tras ella se descubra motivado a internarse por los pasillos más secretos y sorprendentes del cine.

 

Ficha:

Al otro lado del viento (The other side of the wind, Francia, 1970-2018, 122’). Dirección y guión: Orson Welles. Intérpretes: John Huston, Peter Bogdanovich, Susan Strasberg, Oja Kodar, Bob Random, Joseph McBride, Lilli Palmer y Edmond O’Brien. Música: Michel Legrand. Fotografía: Gary Graver. Montaje: Bob Murawski.